Democracia viciosa y república virtuosa
Por Luis Enrique Pérez
Siglo XXI
Washington, Madison y Franklin jamás pretendieron crear una democracia representativa.
La democracia no es un modo de gobierno; es un procedimiento para elegir gobernantes.
En el día 17 de septiembre del año 1787, terminaban las sesiones secretas de la asamblea que promulgó la Constitución de los Estados Unidos de América (que originalmente tenía sólo siete artículos). Varios ciudadanos se habían congregado ante el Salón Independencia, de Filadelfia, Pennsylvania, en donde se celebraban las sesiones. Uno de los legisladores constituyentes había sido Benjamín Franklin, a quien un ciudadano le planteó esta pregunta: “¿Será nuestra nación una república, o será una monarquía?” Franklin le respondió así: “Una república, si ustedes pueden conservarla”.
En el día 17 de septiembre del año 2000, el presidente Bill Clinton afirmó que los legisladores que habían promulgado la Constitución de Estados Unidos de América, “habían comprendido la enorme tarea que intentaban ejecutar: crear una democracia representativa”. Empero, los legisladores, entre ellos Jorge Washington, James Madison, y Benjamín Franklin, jamás pretendieron crear una “democracia representativa”.
Los legisladores que promulgaron la Constitución de Estados Unidos de América afirmaban que en una república gobernaba el derecho, y en una democracia gobernaba el interés de la mayoría. Debido a que creían que Dios había dotado a los seres humanos de “ciertos derechos inalienables”, entre ellos el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, ni una mayoría ni una minoría, y tampoco un monarca, podía transgredir esos derechos.
Samuel Adams, quien firmó la Declaración de Independencia, afirmó: “La democracia nunca dura mucho… Pronto se gasta, se extingue y se mata ella misma… Nunca ha habido una democracia que no cometa suicidio”. Alexander Hamilton, primer secretario del Tesoro de los Estados Unidos de América, afirmó: “Se ha dicho que una democracia pura, si fuera posible practicarla, sería el gobierno más perfecto. La experiencia demuestra que no hay creencia más falsa. Las antiguas democracias, en las cuales el pueblo mismo deliberaba, nunca fueron un buen ejemplo de gobierno. Su auténtico carácter era la tiranía; su forma, la deformidad”. Y James Madison, llamado Padre de la Constitución, afirmó: “Las democracias siempre han sido un espectáculo de turbulencia y contienda. Han sido siempre incompatibles con la seguridad personal o el derecho de propiedad; y han sido, en general, tan breves en su vida como violentas en su muerte”.
Fisher Ames, que influyó irresistiblemente para que el Estado de Massachusetts ratificara la Constitución Política, afirmó: “La democracia es el gobierno de las pasiones de la multitud o, no menos correctamente, es el gobierno según los vicios y las ambiciones de sus líderes”. Fisher Ames también afirmó que la democracia “es una etapa intermedia hacia la tiranía”. En su obra denominada El fango de la democracia, Fisher Ames evocó que los legisladores constituyentes que promulgaron la Constitución de Estados Unidos de América “querían que nuestro gobierno fuera una república, la cual se diferencia de una democracia mucho más de lo que una democracia se diferencia del despotismo”.
Post scriptum. El mejor modo de gobierno de un Estado es la república. La democracia jamás debe ser un modo de gobierno, sino sólo un procedimiento para elegir gobernantes.
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