¡Libertad!
Por Diego Márquez Castro
Correo del Caroní
“Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento“. Voltaire
¡Libertad! ¡libertad! ¡libertad! La maravillosa palabra brota incansablemente como flumen auream elocuentia de las gargantas juveniles que en estos tiempos le anuncian a Venezuela la presencia actuante de una nueva generación que aspira y lucha por una sociedad reconciliada, unida, justa y… libre, verdadera y auténticamente libre de ataduras y camisas de fuerza ideológicas inspiradas en esquemas y sistemas políticos ya superados por la historia. El tema de la libertad se coloca en el centro de la discusión de los venezolanos contemporáneos. Valga, pues, una reflexión desde el campo de la Filosofía sobre la libertad del hombre.
A los efectos, debemos partir de la definición de la libertad como concepto y he aquí que el mismo procede del latín libertatem que literalmente se traduce en su significado como la facultad del ser humano de llevar a cabo o no una determinada acción. La libertad se constituye en un estado que define a quien no es esclavo ni sujeto al deseo de otros de forma coercitiva. En otras palabras, la libertad le permite al hombre optar y decidir si quiere hacer algo o no, lo cual lo hace un ser libre, pero también responsable de sus actos porque la libertad constituye la capacidad que cada ser humano tiene en tanto y en cuanto su autodeterminación de voluntad que le permite a la persona actuar como desee.
Vale para esta reflexión hacer referencia al concepto de libertad en el pensamiento de John Stuart Mill (1806-1873), quien escribió sobre el tema en su libro Sobre la libertad, el cual se considera como la obra de mayor divulgación de este autor a través del tiempo. El tema en cuestión tratado por J.S. Mill alude a una de las grandes ideas motoras de toda la historia del hombre de Occidente, acentuándose a partir del siglo XVIII, continuando su profundización y toma de conciencia sobre ella durante los siglos XIX, XX y el actual. El mencionado pensador asume el tema de la libertad más allá de la concepción del libre albedrío, valga decir, entender la libertad en sentido ético-moral o metafísico.
En efecto J.S. Mill plantea que la libertad toca con el sentido no solamente individual del hombre sino que abarca lo social y lo civil. En tal aspecto es posible compaginar la conceptualización de libertad que desarrolla este pensador con la singularidad y pluralidad de la idea, dentro de una contextualización sociopolítica que envuelve a la libertad y las libertades como sinónimo de más y mejor democracia. Para J.S. Mill, en este orden de ideas, la libertad se convierte en una suerte de fabulosa deidad. ¿Por qué fabulosa? Por su capacidad de metamorfosis como por su sustancia ilusoria.
¿Qué quiso significar el pensador con dicha afirmación? Simplemente que debe considerarse el hecho de que siempre el hombre ha creído y cree apresarla y poseerla, pero en la misma medida, la libertad hace que el hombre se plantee la situación paradójica de necesitarla y solicitarla de nuevo. Tal argumento lo sustenta J.S. Mill sosteniendo que a lo largo de la historia que va a partir del siglo XVIII al presente, se ha pretendido que el Estado se convierta en depositario de la libertad. Por ello no es raro oír de aquellos que ejercen el gobierno desde una posición y una práctica inequívocamente autoritaria o totalitaria insistir más que nadie en que son respetuosos y guardianes de la libertad y las libertades… Paradójico ¿no? Esta situación, de acuerdo al pensador consultado, encierra de por sí una contradicción irremediable, por cuanto el Estado es considerado como el órgano natural de la coacción y, por tanto, de la antilibertad.
¿Cómo superar tal contradicción? J.S. Mill manifiesta que es dentro de la concepción de un Estado liberal, constitucional, democrático, representativo que sea intérprete y servidor de la opinión pública. Asimismo plantea que desde la antigüedad se entendió a la libertad como la protección del hombre contra la tiranía de los gobernantes políticos por lo que, en consecuencia, el remedio a toda tentación de tiranía consiste en asignar límites al poder. De esta manera las vías a transitar para obtener el logro de este objetivo son en primera instancia la obtención de inmunidades y en segunda instancia el establecimiento de frenos constitucionales que impidan que cualquier gobernante actúe a su antojo movido por sus visceralidades y apasionamientos.
Lo anterior se vincula en el pensamiento de J.S. Mill con la instauración y consolidación del principio democrático representativo en el cual los magistrados y funcionarios del Estado fuesen representantes o delegados de la sociedad que los eligió libremente, pudiendo ser revocables a voluntad como expresión de esa misma sociedad que los eligió. Un Estado auténticamente democrático es entonces aquel que limita el poder del gobierno sobre los individuos que adquieren el carácter de ciudadanía, lo que implica que merced la libertad y las libertades no puede pensarse que el ciudadano lo sea sólo de nombre, a conveniencia del gobernante.
El tema de la libertad en J.S. Mill se relaciona con el tema de la diversidad y éste, por supuesto, puede conectarse con los principios de pluralismo y pluralidad política. Enfatiza el pensador en que la diversidad es una consecuencia de establecer la primacía de la persona para favorecer el crecimiento de sus potencialidades, por ello es de la opinión que la libertad se constituye de manera irrevocable en un derecho y un principio necesario para proteger la individualidad en cada individuo y se torna en “indispensable para una buena condición de los asuntos humanos”, por lo que tiene como corolarios otros derechos establecidos en las constituciones modernas y que deben ser respetados por el Estado y los gobiernos, estamos hablando de la libertad de pensamiento, la libertad de opinión, la libertad de discutir libremente para probar y demostrar las ideas y buscar la verdad, la libertad de prensa, la libertad del ciudadano en cuanto controlar efectivamente el gobierno.
¿Debe el hombre renunciar a su libertad y sacrificarla a un líder, un sistema, una ideología, en nombre de la construcción de una supuesta sociedad igualitaria? ¿Se justifica moralmente que el hombre se doblegue ante el poderoso de turno para preservar su sobrevivencia? La respuesta no proviene de J.S. Mill sino de Benjamín Franklin: “Aquellos que cederían su libertad esencial para adquirir una seguridad temporal, no merecen ni libertad ni seguridad”.
Las cadenas de la esclavitud pueden, por un tiempo, atar el cuerpo pero no el pensamiento. El pensamiento es libre y no hay fuerza material que pueda encerrarlo. Salud, divina libertad.
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