El santo temor a la deuda
Fernando González Urbaneja
ABC
Hizo fortuna a finales del siglo XIX la expresión del “santo temor al déficit” que tenía que ver con las dificultades de la hacienda pública, tradicionalmente maltrecha y precaria. Era el temor al déficit propio del pobre, que no tiene con qué responder al acreedor, cómo respaldar deuda y cómo aspirar a la condición de deudor, que suele tener conexa la de disponer de crédito, de merecer confianza.
Algunos comentarios recientes sobre el inquietante endeudamiento de las familias me han traído a mientes aquel decimonónico temor al déficit. La deuda como indicio de debilidad, incluso de pecado; la deuda como indicador de pasión incontrolada, quizá de vicio; la deuda como incitador de consumismo, algo indeseable, inmoderado, impropio de gente mesurada y de orden.
Pues no es así, no discurre el razonamiento económico por ese carril. Endeudarse es signo de confianza en el futuro, de poder pagar y poder cobrar. La deuda no es buena ni mala en sí misma, depende del destino que atienda. La deuda bien respaldada sólo significa adelantamiento y acercamiento de expectativas y oportunidades.
Detrás de la deuda suele haber acreedores atentos, que quieren recuperar lo prestado, que han tomado garantías, que saben gestionar riesgos, porque esa es la naturaleza de su trabajo. Y también deudores avisados que están dispuestos a cumplir sus compromisos, entre otras razones porque en caso contrario van a tener problemas.
A la hora de valorar el endeudamiento conviene atender a su naturaleza y formular algunas preguntas elementales. ¿Qué sustenta ese endeudamiento? ¿Son profesionales los acreedores?
Si la deuda tuvo como objeto y destino activos, conviene analizar su rentabilidad, y el saldo entre activos y deuda, ¿valen los activos tanto como la deuda y el servicio de la misma? Si la respuesta es favorable el monto deudor no es problema.
Otra pregunta esencial es la calidad y profesionalidad del acreedor. Quien presta sabe que incurre en riesgos, que lo que puede perder supera en mucho la expectativa de beneficio y que las garantías de recuperación son esenciales.
\Por eso las economías dependen mucho de la calidad de sus sistemas financieros, no es posible un buen funcionamiento económico si el sistema de pagos y de gestión financiera del ahorro y el crédito es deficiente. Nadie mejor que el acreedor sabe poner límites y cerrar el grifo. Y en ese sentido el sistema financiero español cuenta entre los más avezados del mundo, aprendió a tiempo y a conciencia la gestión de riesgos y tiene acreditada eficacia.
Hoy y aquí las cifras de morosidad efectiva y los indicadores anticipados de fallidos, o retrasos en las amortizaciones, no parecen ser ni preocupantes, ni siquiera relevantes. Se puede defender que las familias españolas están endeudadas hasta las cejas, más que nunca, pero también hay que decir “a renglón seguido” que cuentan con más activos de respaldo.
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