La herencia que kirchner le dejará a…quien gane
Por Juan Carlos de Pablo
Revista Fortuna
En nuestra turbulenta Argentina, los traspasos presidenciales implican normalmente hacerse cargo de herencias pesadas. Alfonsín tuvo que hacerse cargo de la (para entonces) altísima tasa de inflación del final del Proceso, Menem tuvo que hacerse cargo de la hiperinflación del final de Alfonsín, Duhalde tuvo que hacerse cargo del estallido de la convertibilidad del final de De la Rúa. Comparativamente, De la Rúa recibió de Menem, y Kirchner de Duhalde, situaciones económicas mucho menos dramáticas.
En qué medida la situación económica será un activo, cuando el próximo 28 de octubre elijamos presidente de la Nación para el período 2007-2011, era algo descontado hasta hace poco por la enorme mayoría de los economistas, y por consiguiente por la enorme mayoría de los analistas políticos (que en esta materia, lo único que pueden hacer es leer lo que dicen los economistas).
Hoy está mucho menos claro, porque como vengo sosteniendo en el último par de meses, tanto en el plano político como en el económico la realidad se volvió vertiginosa. ¿Se acuerda cuando se decía que desde el punto de vista económico, cuanto antes se celebraran las elecciones presidenciales, mejor? Supongo que en la Casa Rosada más de uno debe estar recordando esto, porque no sé cómo estará la realidad económica en octubre próximo, pero casi seguro que no tan bien como estuvo en marzo pasado.
Pero el eje de estas líneas no es si en octubre próximo la situación económica será un activo o un pasivo, sino que es que la situación económica, como la vida misma, llegará de alguna manera hasta las elecciones, y continuará luego de ella, y por consiguiente vale la pena plantear en qué condiciones.
Los resultados económicos de la gestión 2003-2007 del presidente Kirchner derivan de una situación internacional sumamente favorable, del arranque en condiciones de una economía deprimida, de la importante inversión en infraestructura que se hizo en la década de 1990, y del “colchón” que posibilita cada uno de nosotros, cuando se vuelve a la normalidad.
Esto hizo que luego de la fuerte caída del nivel de actividad económica se produjera una fuerte recuperación, la cual se está morigerando rápidamente; posibilitó aumentar fuertemente la cantidad de dinero y el gasto público, sin que al comienzo las presiones inflacionarias se fueran de cauce; y posibilitó atender una creciente demanda de energía y combustibles sin realizar las correspondientes inversiones, etc.
Pero no hay que ser un genio de la economía para advertir que un enfoque económico basado en la suerte internacional y el consumo de los stocks, tiene como límite la modificación de la suerte internacional y la reposición de los stocks. El primer integrante de su familia que regresa a su casa puede hacerse un sandwich con lo mejor que hay en la heladera, el segundo con lo mejor de lo que queda, y así sucesivamente, hasta que algún miembro de la familia se queda sin comer. Y como es bien sabido, no son ni Melchor, ni Gaspar ni Baltasar quienes reponen el fiambre y el queso en la heladera, sino alguien que hace de tal operación su modo de vida.
Esto quiere decir que, no importa cuánto aplaudan al Presidente los gobernadores, los titulares de las entidades gremiales obreras y empresarias, etc., quien esté a cargo de la presidencia entre 2007 y 2011 no podrá simplemente repetir lo que se hizo a partir de 2003, para reproducir los resultados del cuatrienio que acaba de finalizar.
En estos días en la Argentina se están planteando algunas cuestiones importantes, como la del tipo de cambio real, objeto de análisis en unas recientes Jornadas que tuvieron lugar en el Banco Central, que motivaron una urgente reunión de dirigentes de la UIA con el Gobierno. Cuestión importante porque en un país como la Argentina no hay nada menos neutral, tanto desde el punto de vista sectorial como regional, que diferentes niveles del tipo de cambio real.
Ahora bien, como economista estoy entrenado para identificar en cada situación, cuál es el talón de Aquiles, el cuello de botella o la “restricción operativa”, nombres rimbombantes para designar una idea que mi mamá tenía clara cuando antes de comenzar a preparar una torta de chocolate, se aseguraba de tener chocolate, harina y un recipiente para mezclar todo.
No es imaginable un período presidencial 2007-2011 sin un replanteo, pero en serio, de la “política energética” que Duhalde primero y Kirchner después, aplicaron a partir de 2002; y lo mismo hay que decir de la política de control directo de precios, de la prohibición de importaciones, de la carga tributaria sobre el sector formal de la economía, etc.
Y ni qué decir si los chinos dejan de crecer, dejan de comer soja para comenzar a comer arroz, o los rusos aumentan tanto la productividad de su producción agrícola, que nos desplazan por completo en el mercado chino (para que no pueda dormir de noche le recuerdo que más de la mitad de la producción total de granos de Argentina, está concentrada en un producto –la soja- que no tiene mercado interno). Mejor que los chinos nos sigan comprando…
Estoy tan interesado como los demás con el resultado de las distintas elecciones que se están llevando a cabo en Argentina durante este año, pero desde el punto de vista económico no me agoto en el plano electoral. Quien se haga cargo de la presidencia, a partir del próximo 10 de diciembre, más allá de la ideología que tenga, enfrentará una apretada agenda dictada por las implicancias de cómo se encaró la política económica a partir de 2002.
No estaría mal que los candidatos presidenciales lo fueran pensando, no estaría mal que quienes se consideren potenciales receptores de ofertas ministeriales lo vayan teniendo en cuenta. Porque no se trata de un desafío menor.
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