Se me olvidó que te olvidé
Por Gina Montaner
El Nuevo Herald
Es uno de los grandes misterios de la memoria. Por qué olvidamos ciertas cosas. O por qué recordamos otras para siempre. Incluso eventos o personas que querríamos borrar del todo. Fantasmas que nos persiguen y viven solapados para salir cuando menos los esperamos.
Cada vez más los neurocientíficos nos ayudan a desentrañar los cables y mecanismos que conforman el cerebro y que dan forma a las emociones. Porque al final el corazón de verdad, el palpitante, habita en nuestra cabeza y no en el pecho que da cobijo a un músculo del tamaño de un puño cerrado. Que es el corazón metafórico.
Recientemente unos científicos de la Universidad de Stanford han publicado un estudio en Nature Neuroscience en el que llegan a la conclusión de que, paradójicamente, el ejercicio de olvidar es parte del proceso para recordar. Es decir, nuestro disco duro tiene una memoria selectiva que va almacenando en un desván cierta cantidad de reminiscencias para dar espacio a otras informaciones. No sólo hacemos acopio, sino también seleccionamos. Según el estudio, cuando no logramos recordar algo y creemos que somos víctimas de la desmemoria, en realidad el cerebro sufre de un atasco informativo y no somos capaces de encontrar lo que buscamos. Como cuando revolvemos un cajón lleno de objetos y no conseguimos hallar lo que tenemos a nuestra vista.
Así son los recuerdos. Una inmensa madeja de vivencias que vamos trenzando con el tiempo y los años. Se enredan entre sí y se mezclan con sus olores, sus sabores, sus penas y gozos. Querría pensar que elegimos quedarnos con los que nos devuelven la sonrisa al pensar en ellos. Los amores primeros. Los viajes inolvidables. Las palabras definitivas. Los afectos imperecederos. Las pasiones irrepetibles. También querría creer que suprimimos aquellos episodios que nos causaron aflicción. Los que nos decepcionaron. Los desamores. Las promesas incumplidas. Los viajes a ninguna parte. Lo que nunca nos dijimos.
Cuando se trata de remembranzas que tienen que ver con el amor o, mejor dicho, con el desamor, pareciera que fallan los resultados del estudio de Stanford. Si resultan incómodas y dolorosas, por qué razón la memoria nos traiciona y siguen brotando como lava intermitente. No hay evocación selectiva que valga. Ni baúl con siete llaves al que podamos recurrir. Simplemente surgen como apariciones y la ráfaga del momento nos asalta como un derechazo en pleno centro del corazón. O sea, no en el pecho, sino en la corteza cerebral. Donde albergamos el fotomontaje de nuestras vidas.
Olvidamos para recordar. Justo lo contrario de lo que pretendía el protagonista del filme Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Aquejado de mal de amores, encuentra una máquina que le borrará todos las vivencias que le devuelven el triste recuerdo de la mujer que lo ha abandonado. Pero olvidar es, también, renunciar a sentir. Una suerte de eutanasia emocional. Poner a dormir eternamente nuestros pálpitos. No padecer es no sentir. Que es otra forma de morir. Cuando el hombre se da cuenta de lo terrible que sería vivir sin el recuerdo de a quien un día amó, desanda el camino desesperadamente para rescatar su pasado de la amnesia.
Olvidamos para recordar y al parecer recordamos para, de alguna forma, olvidar. Ya lo dice la canción “Se me olvidó que te olvidé. A mí que nada se me olvida”.
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