Mejor descentralización en vez de más gasto
Por Eugenio D’Medina Lora
Mirada Crítica
Después de cinco años de largado el proceso actual de descentralización, los avances siguen siendo lentos. Durante la Administración Toledo, el énfasis se dio a las transferencias de competencias. En la Administración García, parece que la idea es que habrá más descentralización cuando aumente la capacidad de gasto público. Ambos enfoques tiene su parte de acierto. Por tanto, tienen también su parte de desacierto.
Las transferencias de responsabilidades sin transferencias presupuestarias no tienen impacto. Pero esto no significa que más gasto nos lleva a más descentralización. Lo peor es que no conduce necesariamente a una mejor descentralización, que en realidad debe ser el objetivo final. Conceptualmente una mejor descentralización se mide por la capacidad de mejoras sostenidas en el bienestar ciudadano general del país, lo que significa no sembrar, en camino, bombas de tiempo. Dentro de este contexto, hay dos errores en el argumento de vincular la descentralización con el gasto fiscal expandido.
El primero es que no es cierto que más descentralización tenga que significar, necesariamente, más gasto público. Si el dinero se gasta en inversiones de escaso retorno social, por ejemplo en la construcción de “elefantes blancos” o en programas y proyectos ineficientes, no habrá impacto en el desarrollo del país, aunque pueda haber beneficios para ciertas zonas específicas. Como los recursos fiscales tienen costo de oportunidad, el dinero que se invierte en pavimentar una vía secundaria que no requiere más que un tratamiento de afirmado, dado el escaso nivel de tráfico que alberga, puede beneficiar a determinadas poblaciones de cierta zona, pero a costa de dejar de construir postas médicas o escuelas en otras zonas. De modo que, más gasto público indiscriminado – es decir, sin SNIP – a la larga puede debilitar la remisión de recursos a ciertos proyectos con mayor necesidad de implementación, pero ubicados en otras zonas que no hayan sido presentados suficientemente “rápido”.
El segundo es que con un SNIP debilitado aumentan los incentivos para que las burocracias locales puedan gastar a discreción con objeto solamente de perennizar caudillismos y relaciones de clientelaje. Esas del tipo de “si votas por mí, te hago la obra”. Nada sería más perjudicial para la descentralización que convertirla en un instrumento de más poder estatal sobre los ciudadanos, desnaturalizando su esencia.
Son dos los cuellos de botella que impiden un mejor funcionamiento del SNIP. Uno está en el MEF, que requiere mejorar su capacidad de procesamiento de proyectos y de incorporar otros proyectos como por ejemplo los que se desarrollen a través de esquemas participativos público-privados. El otro está en los gobiernos subnacionales, que necesitan los cuadros técnicos para alcanzar un mínimo de capacidad de formulación de proyectos. Inclusive los que ahora cuentan con recursos por el incremento del canon y regalías, no hacen gran esfuerzo por adquirir expertos de primer nivel.
Para resolver ambos escollos, la solución es fortalecer al SNIP, en vez de debilitarlo. Sin embargo, tanto oficialistas como la mal llamada oposición se esmeran en debilitarlo, convirtiendo así a la descentralización en una política tránsfuga para camuflar una nueva manera de aumentar el gasto público. Un indicador de hasta qué punto está arraigada en nuestros políticos, desde Unidad Nacional a Patria Roja, la “propensión al gasto”, para utilizar una categoría keynesiana tan cercana ideológicamente a ellos.
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