Mediocridad
Por Jaime Bayly
El Nuevo Herald
Me considero un hombre de éxito porque nunca pasé una noche en la cárcel. Mi mayor ambición es que no me arreste la policía.
Soy escritor porque no se me ocurre otra manera de ganar dinero quedándome en casa.
Salgo en televisión no por cariño al público sino para ganar suficiente dinero que me permita alejarme de él.
No creo en Dios, pero rezo por las dudas. Lo hago sin convicción, como cuando compro un boleto de la lotería.
Me siento un buen hijo si veo a mi madre tres veces al año: en navidad, en su cumpleaños y en el día de la madre.
No aspiro a tener amigos. Prefiero tener empleados. Me tratan con más cariño y no vienen a verme a la casa.
Mis enemigos no son muy distintos de mí. Me reconozco en ellos. Son mediocres como yo. Saben que no pueden ser mis amigos y se resignan a odiarme.
Es mejor tener amigos que animales. No tengo que darles de comer ni recoger sus cacas.
No me gusta hablar en inglés. Siento que estoy traduciéndome a mí mismo y nadie me paga por ese trabajo.
Si un libro mío se vende cien años después de mi muerte, habré triunfado. Si la edición es pirata, el triunfo será indiscutible.
Mi oficio es hablar. Me pagan por hablar. Me pagan incluso cuando estoy en silencio, escuchando. Es el mejor oficio del mundo. Te sientas, sonríes y hablas una hora o dos. Ni siquiera tienes que saber lo que estás diciendo. Sólo tienes que hablar como si tuvieras la razón.
No me gusta hablar por teléfono porque ya me acostumbré a que me paguen por hablar. Cuando hablo por teléfono, siento que alguien me queda debiendo dinero.
No es que haga preguntas en televisión porque tenga curiosidad sino porque debo llenar los silencios. Si alguien me pagase por estar una hora en silencio, dejaría de hacer preguntas.
Mi idea de la felicidad se reduce a defecar siempre en el baño de mi casa. Eso me obliga a pasar la mayor parte del tiempo en mi casa. Por eso me hice escritor, para defecar en casa.
No es cierto que se aprende mucho viajando. Se aprende más estando quieto en un lugar.
En mi caso el colegio y la universidad no sirvieron para nada. No recuerdo siquiera vagamente las cosas que me enseñaron. Las olvidé porque eran inútiles o porque soy un inútil.
No me interesa que mis hijas vayan a la universidad. Me sentiría más orgulloso de ellas si no van a la universidad. Así no pierden su tiempo y me ahorran el dinero.
Me alegro cuando alguien pierde dinero en la bolsa de valores, especialmente si es de mi familia y tiene más dinero que yo.
Cuando muera, sólo aspiro a no dejar deudas y a que ningún cura venga a mis funerales.
No sé por qué tendría que querer especialmente a las personas que nacieron en el país en que nací, si ellas, que yo sepa, tampoco me quieren especialmente por esa razón ni por ninguna.
He ahorrado algún dinero porque comprar cosas o hacer negocios requiere un esfuerzo del que me siento incapaz.
Todo lo que espero de la ropa es que sea suave y que no sea roja o amarilla. Si cumple esos requisitos, puedo ponerme cualquier cosa, incluso si tiene huecos, mejor si tiene huecos.
Mis planes para el futuro son dormir todo lo que pueda, viajar lo menos posible y escribir sólo lo que sea inevitable.
Cuando escribo una novela, sigo una técnica simple: llenar trescientas páginas con lo primero que se me ocurra, sin pensar mucho ni investigar nada. La trama termina cuando me doy cuenta de que ya pasé las trescientas páginas.
Nunca seré un buen escritor. Prefiero ver un buen partido de fútbol que leer una buena novela. Prefiero ver un buen clásico que leer un clásico.
Todos los escritores que ganan más dinero que yo son mis enemigos. Por esa misma razón, todos los que ganan menos dinero que yo tienen derecho a considerarse mis enemigos. Por consiguiente, todos los escritores son mis enemigos.
Me alegra hacer una promesa sabiendo que voy a incumplirla.
Me gusta que me pidan plata para negarla con mentiras educadas y recordar el placer de sentirme mezquino.
Mi odio a los gatos se origina en la sospecha de que son más inteligentes que yo. No quisiera morirme sin envenenar a un gato.
No sueño con un mundo mejor. Sueño con dormir mejor. Cuando duermo mejor, el mundo me parece mejor.
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