El placer de los libros
Por David Gallagher
El Mercurio, Santiago
Tengo un amigo que lee mucho, pero cuando termina el libro, lo descarta, como un diario o una revista. No le interesa guardarlo. Tengo otros amigos que compran muchos libros, los guardan toda la vida, los cuidan, pero rara vez los leen. Para ellos, lo interesante es coleccionar libros que, por alguna razón, son escasos.
Entre los dos extremos, ambos muy legítimos, yo, como la mayoría de la gente, estoy en una posición intermedia. Compro libros para leerlos, pero, dada la cantidad que compro y la lentitud con que leo, es obvio que no siempre pienso leerlos de inmediato. Si compro libros antiguos, es más por el tema que por la rareza del ejemplar, y si es una primera edición, lo es porque el libro no alcanzó a llegar a la segunda. Esta falta de exigencia me brinda ahorros. Hace poco en el Strand, una librería independiente que sobrevive en Nueva York, encontré “Exploración del valle de la Amazonía”, un libro sobre la selva peruana publicado por dos marinos norteamericanos en 1854. Lo encontré en ese gigantesco tercer piso que hay en el Strand, dedicado a libros usados. El librero me advirtió que algún vándalo le había arrancado ocho láminas. Pero me lo llevé feliz, por una suma irrisoria. Las láminas que quedaban eran magníficas y lo que me estimulaba no era adquirir un tesoro de colección, sino descubrir cómo se comparaba el río Ucayali surcado por esos marinos hace 150 años, con el que yo visité en febrero.
Cuando llegué al Strand ese domingo con Juan Manuel, un erudito amigo español que visita la librería casi todos los días, no tenía idea de que me iba a topar con un libro sobre la Amazonía peruana. No era lo que buscaba. Uno no va al Strand a buscar algo. Sobre todo en el tercer piso: una de sus gracias es que los libros están colocados en los estantes sin ningún orden. Es así que, entre una introducción a la trigonometría y una historia de Escocia, me encontré con una edición inglesa, de 1930, de “Los doce césares” de Suetonio. Me la llevé por las exuberantes ilustraciones que tenía de Frank C. Pope.
“Agarra un canasto”, me aconsejó Juan Manuel al entrar al Strand. “Por último, si hace mucho calor puedes dejar allí la americana”. En las horas siguientes, mientras subíamos y bajábamos escaleras para alcanzar los libros en los estantes superiores, reflexioné sobre mi relación con los libros. ¿Por qué me gusta tanto el eclecticismo, o el azar, con que están colocados los libros en el Strand?, me pregunté. ¿Tal vez por tener yo mismo gustos eclécticos e impredecibles?¿Por las sugerentes correspondencias que se dan entre libros dispares colocados aleatoriamente? ¿O por la súbita alegría que produce un libro descubierto al azar, que uno sabe va a dar placer? No ahora, necesariamente, pero algún día. Porque uno no sólo compra libros para leerlos ahora. Uno los compra como inversión para el futuro.
Es lo que me digo mientras voy llenando la canasta, sin ya importarme que se arrugue la chaqueta que deposité allí. Como inversión para un día de lluvia, en que no haya más remedio que quedarse en la casa, leyendo, pienso. ¿Una inversión también para la vejez, cuando habrá muchos días de lluvia? ¿Una vejez con chimenea, música y libros, muchos libros? Tantos, pienso, que me daré el gusto de escoger el que el capricho me dicte en cada momento.
A la gente que junta libros les preguntan a veces cuántos tienen. En esos casos viene a la mente una entrevista en que una periodista le preguntaba a Bioy Casares cuántos metros tenía su departamento en Buenos Aires. “¡Y qué sé yo!”, exclamó Bioy. Supongo que contar los libros es otra forma de no leerlos.
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