Francia necesita una buena izquierda
Por Guy Sorman
La Nación
PARIS – En Francia, hace falta una buena izquierda. Es sumamente improbable que surja en un futuro inmediato. No obstante, muy pronto será indispensable no sólo para la izquierda, sino para bien de todos. Nicolas Sarkozy tiene asegurada una abundante cosecha de votos en las próximas elecciones parlamentarias. Para los socialistas, quedarán migajas; para los otros, todavía menos. Francia se encontrará entonces ante una concentración excesiva de poder, sin que ninguna fuerza venga a equilibrar a la del presidente.
Me objetarán que tal es la lógica de la Quinta República. De acuerdo, pero no hay razón alguna -de las buenas, se entiende- para alegrarse por la concentración total del poder en una democracia. Los resultados nunca son satisfactorios. Por otro lado, la personalidad de Sarkozy y el equipo que ha elegido acentúan todavía más la monarquización implícita de nuestro Estado. Ya anunciaron que el presidente se ocupará de todo y que su primer ministro no se opondrá. En cuanto a los demás, ya están bajo la supervisión de los directores de gabinete aceptados por el Elíseo, comenzando por Bernard Kouchner.
¿Hace falta dicha concentración para hacer aprobar las reformas inscriptas en la plataforma de Sarkozy? Dentro de una lógica monárquica, sí. Desde una perspectiva republicana, no. Sería mejor que toda iniciativa se debatiera entre una mayoría consolidada y una oposición con argumentos. De no haber argumentos, la resistencia a las reformas y al poder excesivamente concentrado será dirigida en las calles por las llamadas “minorías activas”, que invocan el trotskismo. A Sarkozy le vendría mejor discutir con una izquierda real, tanto más porque, de entrada, quiso negociar con los sindicatos, que en Francia no son muy representativos que digamos.
Esa izquierda existe en toda Europa, menos en Francia. El motivo es sociológico: desde hace largo tiempo, el Partido Socialista es un rehén de la burocracia. Es natural, pues, que defienda sus intereses y comparta su visión del mundo.
Tal situación está cambiando gracias a la afluencia de los nuevos militantes que apoyaron a Ségolène Royal. Ella misma se encuentra en la confluencia entre dos tradiciones históricas de la izquierda: la girondina y la jacobina. Una posición forzosamente incómoda.
Para comprender a nuestra izquierda, acosada por la historia, no viene mal recordar sus orígenes revolucionarios. Para los jacobinos que, hasta ahora, han dominado el socialismo francés, la formación de la buena sociedad incumbe al Estado: Blum, Mitterrand y Jospin pertenecen a esta tradición. Para los girondinos, esos mencheviques del socialismo francés, la buena sociedad es el producto del equilibrio entre los poderes: el gran pensador de esta izquierda fue el filósofo Alain. Esta mentalidad girondina es, precisamente, lo que falta en Francia. El Partido Socialista podría restaurarla y Royal lo mencionó, pero sin entrar en detalles.
Así, la izquierda podría oponer a la concentración del poder la descentralización de las responsabilidades públicas, hasta ahora anodina. Podría exigir la prohibición del cúmulo de mandatos electivos, indispensable para una verdadera descentralización. Podría promover nuevas garantías a la independencia del Poder Judicial, el Legislativo y los medios. No sería absurdo que esta izquierda, en nombre de la descentralización, propusiera la autonomía de las universidades, hospitales y aseguradoras de salud, así como la asignación de más responsabilidades en el Parlamento y el Tribunal de Justicia europeos. Imaginamos una izquierda antiburocrática, evidentemente girondina.
Queda la economía, que he dejado adrede para el final. Al centrar su atención de manera obsesiva en el manejo de la economía, el Partido Socialista nunca ha hecho otra cosa que cometer errores. ¿De qué sirve oponerse al mercado, un factor que ya existe e impulsa el crecimiento mundial? A la izquierda más le valdría interesarse por las personas y su formación frente a este mercado, antes que por administrar el océano globalizado.
Esa izquierda sería deseable y, llegado el momento, accedería al poder. Una izquierda arcaica, eternamente jacobina, sólo podrá anhelar el fracaso de la mayoría actual y eso sería desastroso para todos los franceses. Pienso en el marqués de Sade, que obraba mal y, a veces, pensaba bien. Uno de sus panfletos de actualidad se titulaba: ¡Franceses, un esfuerzo más para llegar a ser republicanos!
Traducción: Zoraida J. Valcácel
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