Ojo con tu firma…¡Y con tu dinero!
Por Julie Stav
La Opinión
Ser cosignatario de un préstamo puede traerte más problemas de lo que te imaginas. Entérate por qué no debes prestar tu firma
No pasa semana en mi programa de radio sin que alguna persona me cuente algo parecido: “Puse mi crédito para responder por el préstamo que necesitaba un amigo. ¡Pero esa persona no ha pagado y ahora yo soy responsable de su deuda!”
En asuntos de dinero, lo mejor es actuar sin ambages y con realismo. Una amiga mía siempre dice que la única persona a quien hay que prestarle sin pensarlo es a la propia madre de uno. Para todos los demás, allí está el banco. A menos que estés con toda conciencia dispuesto a asumir la deuda de esa persona (y esto casi nunca sucede), la respuesta para alguien que te pide que seas su cosignatario es un rotundo “no”.
Digamos que ya metiste la pata y tu amigo no puede, o no quiere, pagar el préstamo que consiguió gracias a ti para comprar, por ejemplo, un automóvil nuevo. Al ver que no se han realizado los tres últimos pagos mensuales, ya la institución que efectuó el préstamo estará lista para recuperar el carro y tú te encuentras metido en este lío por la irresponsabilidad de otra persona a quien quisiste ayudar.
Si el deudor no quiere dar el frente a la situación —y no sólo no responde a los acreedores, sino tampoco a tus llamadas por teléfono—, deja tu orgullo a un lado y contáctalo personalmente para hacerle entender su responsabilidad en este asunto y establecer un plan de pagos aceptable para el deudor, el acreedor y tú, lo que te quitaría un gran peso de arriba. Si la gestión es inútil, vas a tener que darle tú la cara al acreedor y ver cómo mejor arreglas tu situación. Si tu amigo (quién dejará de serlo de ahora en adelante) lleva ya varios meses sin pagar, y el acreedor amenaza con apropiarse del vehículo, probablemente te convenga ponerlo a tu nombre y continuar tú con los pagos. Aun cuando ya tengas un auto con el que eres feliz, una buena solución sería venderlo y usar ese dinero para que te ayude en el refinanciamiento del otro. No es lo ideal, pero por lo menos es una opción llevadera.
Por otro lado, quién sabe si tienes al alcance de tu mano una persona conocida que se entusiasma con el vehículo y el precio, y a quien le gustaría asumir la deuda o refinanciar nuevos términos con el acreedor. Claro, si la cantidad que se debe en el auto es más de su valor total, posiblemente tendrías que hacer el sacrificio de poner dinero de tu parte —es decir, pagar una nueva entrada— para que esta transacción funcione. Eso es mejor que esperar a que el acreedor se apropie del vehículo y lo venda en subasta. ¡Esto sería terrible!
Si lo vende por menos de su costo —que es lo más seguro que suceda—, tú tendrás que pagar la diferencia, además de los honorarios legales (¡Y te quedarás sin el auto!). En ese caso, si esa diferencia no llega a la cantidad que es necesaria para establecer una demanda legal, podrías llevar a tu ex amigo al tribunal de pequeñas reclamaciones, preparar bien tus papeles y rogar porque luego se establezcan las presiones legales para sacarle el dinero que debe. Mientras, tú tendrás que seguirle pagando al acreedor y tu buen crédito se habrá ido al piso.
Es una lección difícil, pero que te puedes ahorrar desde ahora si lo piensas antes de servir de cosignatario de un préstamo… ¡Y después de pensarlo mucho, de todos modos dices “no”!
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