Morirse de vergüenza, no de frío
Por Claudio A. Jacquelin
La Nación
Treinta personas murieron como consecuencia del frío esta semana. El número escandaliza y sensibiliza y con razón. Aunque lamentable, seguramente la cifra real debe de ser más alta, como la de los accidentes de tránsito, la de las víctimas de la inseguridad y, también, la de los precios, pero es la que se difundió y la que llegó a los medios.
El crecimiento sostenido a niveles asiáticos de los últimos cuatro años no alcanzó todavía para evitar que estos hechos que nos deberían avergonzar sigan sucediendo, como en los países asiáticos, como para darle la razón al Presidente cuando dice que todavía no salimos del infierno.
Aunque muchos argentinos han mejorado su situación, como lo muestran las cifras que se difunden y las situaciones que se ven, todavía queda mucho por lograr.
La cifra y las causas de esas muertes dan escalofríos, como da escalofríos recordar que la otra noticia dominante de esta estación es la fundamentada sospecha de que se han pagado alrededor de 50 millones de pesos en un paquete de obras públicas.
La asociación no es casual si se tiene en cuenta que esas obras eran para construir gasoductos, que esos gasoductos no se han terminado y que esos gasoductos podrían haber evitado varios de los cortes que se registraron esta semana por el aumento de la demanda debido al frío.
Pero no hay que ser tan lineal, podrán decir los funcionarios del área hoy tan mal vistos, porque la energía que debía circular por esas cañerías (para no decir caños, que hoy remiten a otras polémicas situaciones) sería para abastecer a la industria y no a hogares congelados.
Eso es cierto y no es bueno caer en la simplificación, el reduccionismo y la escandalización fácil, porque la mayoría de esas familias afectadas por la tragedia probablemente tampoco habrían tenido en estos días un modo mejor de calefacción si las obras hubieran estado terminadas, ya que eso depende de muchos otros factores.
Tan cierto es eso como difícil es explicar que se afecte la economía nacional mientras sigue habiendo situaciones de extrema pobreza que podrían ir paliándose y sí podrían evitar las condiciones paupérrimas en que viven y mueren muchas familias.
Aunque mucho más difícil resulta explicar que se encarezca el costo de una construcción para enriquecer a quienes deben cuidar lo que es de todos y que además nos lo hagan pagar a todos más caro. Como para pasar del escalofrío al calor abrupto sin siquiera ponernos a pensar cuánta asistencia social podría haberse brindado con esos 50 millones.
La Argentina se suele caracterizar por imitar lo que se hace afuera (aunque casi nunca copie lo mejor) y suele refugiarse en su excepcionalidad para explicar lo que a otros les parece inexplicable. Hay otro país al que le sucede algo similar, pero de distinto signo, Japón, que hasta no hace mucho era, a la par que la Argentina, el paradigma de los países inclasificables.
Que ambos integren el mismo subgrupo no hace más que subrayar sus diferencias abismales, tantas como la que fue noticia hace seis días.
El lunes pasado se difundió que el entonces ministro de Agricultura Toshikatsu Matsuoka se había suicidado antes de ir a responder al Parlamento sobre las acusaciones por malversación de fondos públicos que pesaban sobre él.
Se sabe que en Japón el suicidio es visto como una forma digna de escapar de la humillación pública. Pero no es un buen ejemplo.
Matarse no es lo debido. Sobre todo aquí. Aunque alguna vez algún funcionario podría morirse de vergüenza. Y nadie debería morirse de frío cuando se lo puede evitar.
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