“Lo que se ve y lo que no se ve”
Por Armando de la Torre
Siglo XXI
En cualquier comunidad de iguales unos aportan más que otros, unos son más laboriosos.
No se quiere aceptar el hecho de que los hombres diferimos en nuestras capacidades.
Así lo enunció Federico Bastiat hace casi dos siglos. Quería subrayar la importancia de lo que no se ve a la hora de explicarnos los fenómenos sociales que sí se ven.
Ese mismo pensamiento lo retomó Henry Hazlitt en su lúcido ensayo “La Economía en una Lección”, para recalcar que las cosas vistas desde un “largo plazo” que quizás hasta ni siquiera lleguemos a vivir, sólo así se nos vuelven, sin embargo, inteligibles.
En un sentido parecido interpretaron los economistas de la London School of Economics —Lionel Robbins a la cabeza— el concepto construido por ellos del “costo de oportunidad”.
Bastiat, Hazlitt, Robbins, cada uno a su manera, coincidieron en la importancia decisiva de lo que al presente no se ve para entender, y aún predecir, lo que siempre se ve.
El costo, por ejemplo, de una casa, no se agota en lo que por ella se paga, sino que también habría que ponderar aquellas otras opciones alternativas, que permanecerán invisibles, en las cuales también se podría haber hecho la inversión.
Aunque pueda parecer traído por los pelos, este detalle afecta también nuestra valoración de lo justo.
Porque en cualquier comunidad de iguales, unos aportan más que otros, unos son más laboriosos que otros. Y a la hora de distribuir los resultados es injusto medir por el mismo rasero a los que aportaron.
Tal opuesto criterio nivelador ha estado a la base, asimismo, de las cooperativas, y por eso, a la larga, se han visto menos eficientes que las sociedades, familiares o anónimas, que distribuyen los beneficios en proporción a las desiguales contribuciones marginales de los socios.
Cuando los “peregrinos” puritanos llegaron a Plymouth, Massachussets, en 1620, decidieron organizarse según el espíritu “comunista” que creían haber aprendido de la experiencia colectivista de la Iglesia primitiva de Jerusalén. No habría entre ellos propiedad privada, ni se intercambiaría por dinero, y cada uno recibiría la misma cantidad en alimentos y vestuario que el resto.
El experimento no duró ni dos años. Porque muy pronto se les hizo evidente que entre ellos unos trabajaban más y otros menos. Dicho de otra manera, que algunos devengaban rentas que correspondían a otros.
En el siglo XIX, Robert Owen se consagró a la fundación de cooperativas también sobre líneas más o menos igualitarias. Todas fracasaron y por la misma razón que las de los puritanos: porque unos aportaban más que otros.
En pleno siglo XX, muchos judíos rusos emigraron a Tierra Santa y fundaron los famosos “kibbutzim”. Aún persisten, pero su naturaleza la han cambiado radicalmente: ahora admiten la propiedad privada, el dinero como único medio de intercambio, y respetan el derecho a rentas variadas. Esas reformas obedecieron a idénticas experiencias, unos aportaban más, otros menos.
Por supuesto, sabemos del fracaso reciente del llamado “socialismo real” en la Unión Soviética y sus Estados satélites, que algunos empecinados aún añoran.
No se quiere aceptar el “hecho” de que los hombres diferimos en nuestras capacidades y, sobre todo, en nuestra voluntad de trabajo. Es ésta la última raíz antropológica del mercado.
La justicia “social” se estrella contra esta roca. Y por eso en su nombre se cometen a diario injusticias monstruosas.
Cabe preguntar por qué hay personas inteligentes y bien intencionadas que se aferran al despropósito “social”.
Son varias las razones.
En primer lugar, no distinguen entre lo que se ve y lo que no se ve, ni entre el corto y el largo plazo.
En segundo lugar, los “beneficiados” por esa supuesta justicia son bien visibles, bien concentrados y bien vociferantes, mientras que los perjudicados son invisibles, dispersos por el amplio tejido social y anónimos.
En tercer lugar, porque con el pasar de los años se consolidan esos intereses creados de tantos privilegiados que oponen una resistencia feroz a cualquier intento de alterar el “status quo”.
Y en cuarto lugar, porque quienes hacen las leyes viven de eso.
(Continuará)
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