Sesenta años después, la CIA sigue siendo blanco de críticas
Por Juan Carlos Chávez
El Comercio, Lima
MIAMI. Hace seis décadas, el presidente de Estados Unidos Harry S. Truman accedió a seguir el consejo de un grupo de asesores y analistas de la Casa Blanca que estaban horrorizados con la desorganización que existía entre el Buró de Información Militar (OWI) y el Departamento de Servicios Estratégicos (OSS).
La ausencia de una comunicación fluida y un intercambio de datos clasificados oportuno habían resultado tan negativos para los intereses de la nación que el mandatario tardó solo segundos en validar el proyecto. Y así de un plumazo, en una tarde del 25 de mayo, nació la Agencia Central de Inteligencia (CIA), un organismo cuya historia de vida está abotagada de tantos secretos y anomalías que quizá nunca lleguemos a conocer del todo.
El actor y director estadounidense Robert de Niro acaba de lanzar un largometraje relacionado con la formación de este organismo y las primeras etapas que acompañaron a su desarrollo, torcido desde el arranque.
La CIA en realidad debió copiar muchos de los esquemas y estrategias operativas de los ingleses y, ciertamente, de los alemanes que, con un predominio más amplio de la forma en que se debían abordar cuestiones de seguridad nacional, impusieron una metodología de espionaje total y feroz, en la que la única ley permisible era que no había terreno privado o vetado para meter las narices.
Los quehaceres de la Segunda Guerra Mundial y las circunstancias que rodearon el ataque de los japoneses en Pearl Harbor dieron a EE.UU. una lección inequívoca de que el mejor despliegue era adelantarse a los hechos y desconfiar hasta del mejor amigo. Era un momento de la historia en el que las insuficiencias estaban descartadas de plano.
Allan Dulles, uno de los primeros directores de la CIA, entendió que la fórmula no solo debía concentrarse en montar un aparato de espionaje interno y totalizador, sino una maquinaria de empuje con fibra y carácter capaz de manipular una infinidad de terrenos: desde los medios de comunicación y la opinión pública hasta el soporte económico de movimientos guerrilleros entonados con sus objetivos inmediatos.
Asimismo, se propuso alentar golpes de Estado con tal de inyectar los ideales que mejor le acomodaban, frenando en seco las resistencias ideológicas y los rebrotes de nacionalismo e integrismo de izquierda que ya eran bien vistos en la Europa de mitad del siglo XX y, luego, en América Latina.
A nivel económico, el asunto estaba más o menos resuelto. Estados Unidos había forjado, tras los combates de la Segunda Guerra Mundial, varios anzuelos para recorrer con comodidad los vertiginosos caminos de aquellos tiempos como, por ejemplo, el Plan Marshall en el continente europeo, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
La batalla de las ideas se había convertido entonces en prioridad y meta, ya que el dinero y la fluidez de caja no eran problema. Para lograrlo, la CIA hizo el papel de hilo conductor, con formas y prácticas embellecedoras de la palabra y los mensajes que calzaban perfectamente para ver como malo todo aquello que iba en contra del mundo libre y los valores occidentales.
Para ello fue necesario que la CIA desperdigase un mensaje musculoso y arrasador sobre el imaginario colectivo, penetrando cultural e ideológicamente donde fuese necesario. La Unión Soviética y la KGB se convirtieron en los blancos perfectos de sus ataques y en la mejor razón de su existencia en los años que vendrían con la llamada Guerra Fría. Pero la historia ha demostrado que los rusos, en realidad, no constituían una amenaza certera, sobre todo después de los años iniciales que siguieron al derrocamiento de Hitler y la rendición del imperio japonés.
LA BATALLA DE LAS IDEAS
La CIA fue extremadamente cuidadosa en no mezclar en una sola olla sus esfuerzos militares y la guerra ideológica que se había autoimpuesto para ejercer una influencia en campos universitarios, académicos y de propaganda.
Los primeros cuarenta años son los de una infatigable sucesión de acuerdos bajo la mesa y un derroche de subsidios de programas de interés académico para crear entidades culturales y círculos de intelectuales a la cabeza, como Arthur Koestler y George Orwell, ambos informantes a sueldo de la CIA, y de un centenar de personajes de la época que presumiblemente actuaban como ganchos y simpatizantes de bloques comunistas.
De acuerdo con estudiosos y analistas, en los años siguientes a su formación, el aparato de inteligencia de la CIA también halló la manera de colarse en fundaciones conocidas y reverenciadas, como el grupo Rockefeller, Kaplan, Carnegie, Farfield y Ford. El director de esta última decidió, por ejemplo, abandonar la presidencia de la fundación para fungir de asesor principal de Dulles, director de la agencia, en 1964.
Quienes se negaban a comulgar con las ideas de occidente podían ser considerados comunistas y un peligro para la sociedad. Muchos personajes de Hollywood debieron enfrentar el dedo acusador de la CIA que, sin ningún tipo de vergüenza, los tildaba de rojos, marxistas o pro soviéticos cuando era necesario sacarlos del circuito y borrarlos del mapa tal como en una cacería de brujas.
EL HISTORIAL
Teniendo en cuenta el historial oscuro con el que empezó y la información de decenas de documentos desclasificados que ahora se conocen, la CIA planificó y alentó la intervención de fuerzas militares en casi todo el mundo.
En Latinoamérica su debut lo marcó el derrocamiento del coronel y presidente guatemalteco Jacobo Arbenz, quien había ganado las elecciones por vía democrática, pero cometió el error de expropiar tierras a la poderosa United Fruit como parte de una reforma agraria que no funcionó.
A comienzos de la década del sesenta, la CIA también apoyó el derrocamiento del presidente ecuatoriano José María Velasco Ibarra por ser socialdemócrata.
En 1963 operaron de igual forma en Santo Domingo para anular de una sola maniobra al gobierno de Juan Bosh. Dos años después invadían para cerrarle el paso al coronel nacionalista Francisco Camaño Deeno.
También se infiltró en los partidos de izquierda uruguayos y colaboró con la dictadura que gobernaban entonces al país.
La agencia metió las narices en Chile para sacar al presidente Salvador Allende. Junto al apoyo económico que inyectó a la huelga de camioneros y al asesinato del general Schneider, la CIA aportó ayuda militar, una de las más importantes que se han ofrecido en la zona de las Américas.
En 1979, el Frente Sandinista derrocó a la familia Somoza, aliada incondicional de Estados Unidos. Un año después, la Casa Blanca avaló que la CIA dispusiera de sus mejores hombres para entrenar y organizar a los ‘contras’ para vencer a los sandinistas. El resultado: decenas de miles de muertos, acuerdos con narcotraficantes para financiar la guerrilla y ventas de armas de contrabando a Irán para conseguir fondos de emergencia.
Hoy la CIA, dentro de su dinámica de trabajo, está operando bajo un sistema de redes, centros de interrogatorios y cárceles secretas en otros países siguiendo la mecánica de uno de sus directores, George Tenet, quien montó una campaña mundial contra el terrorismo islámico después de los atentados del 11 de setiembre.
Los ataques a Nueva York y Washington pusieron de manifiesto graves deficiencias de organización y de espionaje de la agencia.
A partir de estos hechos, la reforma dejó a la CIA bajo la supervisión del director nacional de inteligencia, entonces un cargo de nueva creación.
En menos de seis años dos directores de la CIA, Tenet y Porter Goss, renunciaron de manera abrupta: el primero presentó su dimisión después de que Estados Unidos confirmó que no se había encontrado armas de destrucción masiva en Iraq. El segundo, un ex legislador republicano, abandonó el puesto luego de un año y medio. Muchos aseguran que su dimisión fue debido a que Washington perdió la confianza en él.
Fracaso en Bahía de Cochinos
El 20 de abril de 1961, Cuba y Fidel Castro aplastaron una fuerza invasora de exiliados cubanos que había desembarcado 72 horas antes en las playas de Girón y Larga.
La CIA proporcionó apoyo militar y aéreo.
El desastre de Bahía de Cochinos desató una crisis internacional que puso a EE.UU. y a la otrora Unión Soviética al borde de una tercera guerra mundial.
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