Ser banquero mundial ofrece sus riesgos
Por Emilio J. Cárdenas
La Prensa
Abdelmoumen Rafik Khalifa no olvidará nunca el día en que decidió ser propietario del primer banco privado en Argelia. Jamás. Porque sus sueños de construir poder y grandeza -que duraron un buen rato- terminaron por estrellarse duramente, contra la realidad. Y sus “vivezas” terminaron como era de esperar, en un monumental desastre.
Para él y, lamentablemente, también para otros. Hoy Khalifa ha sido condenado (en ausencia) a la cárcel, donde deberá cumplir prisión perpetua; de por vida, entonces. Pero para que esta grave amenaza de tragedia personal se transforme en una realidad deberá, previamente, ser extraditado desde Gran Bretaña, país en el que ha buscado refugio.
Ser “banquero” en el mundo en desarrollo, donde las reglas son “flexibles” y suelen “adaptarse” a las distintas realidades, no es fácil. Es, más bien, difícil. Porque hay que resistir a presiones de toda índole que, desde todas las direcciones y orígenes caen (cual catarata) sobre los “banqueros”, y no cejar en conducirse realmente como un buen “banquero”, esto es ser siempre -y a pesar de todo- prudente y honesto. Y no todos necesariamente lo saben y, si lo saben, quieren serlo. Es necesario saber ser medidos, sobrios, profesionales, respetuosos de las normas, honestos en las conductas, y, en alguna medida al menos, firmes frente a las presiones de una realidad que desgraciadamente, suele enloquecer, cuando no engañar o confundir a muchos.
Un desastre anunciado
El “Banco Khalifa” quebró, finalmente, en el 2003. Dejó un verdadero tendal de damnificados tras de sí. Deudas con el Estado, del orden de unos 1.500 millones de dólares y cientos de miles de depositantes cuyos ahorros jamás serán devueltos. Un escándalo de grandes proporciones, entonces.
Un desastre. Las acciones judiciales contra los responsables, posteriores al colapso de la entidad, apuntaron contra nada menos que 104 ejecutivos de la joven (y fracasada) entidad financiera. Los cargos que se presentaron contra ellos fueron de todo tipo: estafa, fraude, corrupción, incompetencia, etcétera. De todos los procesados, 55 fueron condenados y 49, en cambio, resultaron finalmente absueltos. Por un buen rato, la entidad gozó aparentemente de alguna “protección política”, esto es del favor oficial.
Para “tapar” conductas indebidas, a cambio de “favores” inmorales, como suele ocurrir en algunas latitudes. No obstante, el propio Banco Central de Argelia llegó a denunciar formalmente al Ministro de Hacienda que la entidad del joven Khalifa estaba violando las normas cambiarias. Pero nada, absolutamente nada, sucedió. Todos miraron “para otra parte”, más que sugestivamente. Mientras tanto, las entidades públicas, las cooperativas que financian la construcción de viviendas, y los mismos Fondos de Pensión argelinos fueron expresamente autorizados a depositar sus fondos en el “Banco Khalifa”, como si ello no fuera riesgoso.
Por esto el ex Gobernador del Banco Central de Argelia, Abdelwahab Keramane, que aparentemente hizo, por un buen rato, “la vista gorda”, acaba de ser condenado a 20 años de prisión por la responsabilidad que le cupo en este sórdido episodio. Curiosamente, Keramane había -sin embargo- alertado expresamente a muchos acerca de los riesgos que suponía operar con el vertiginoso “Banco Khalifa”.
Pero ocurre que Keramane también endosó a un rival del todopoderoso Presidente de Argelia, Abdul Aziz Bouteflika, en las recientes elecciones del 2004, razón por la cual cayó -inmediatamente- en desgracia y, como suele suceder en el mundo en desarrollo, terminó siendo “el pato de la boda”, o sea el que paga los platos rotos por otros cual “chivo expiatorio”.
Un “niño de oro”
El señor Khalifa, al que se llamaba “el niño de oro” de Argelia, hoy tiene apenas 40 años. Con audacia sin par, construyó (de la noche a la mañana) un imperio financiero, en solamente cinco años, a partir de 1998. El mismo que luego explotara en mil pedazos, en el 2003, cuando varios ejecutivos de la entidad fueran detenidos en el aeropuerto de la capital, con valijas repletas de euros, en grandes denominaciones. Seguramente tuvo algunos cómplices enquistados en lo más alto del poder.
Pero éstos, en rigor, nunca aparecen. Y al final, se desdibujan. Con los bolsillos llenos, no obstante. El banco del señor Khalifa creció, según queda visto, vertiginosamente, hasta alcanzar los 20.000 empleados. Y en su derredor (como suele también ocurrir) aparecieron enseguida, de la noche a la mañana, una empresa aérea privada, una estación de televisión satelital, algunas empresas de publicidad, varias compañías de alquiler de automóviles, empresas del sector de la construcción y del de la industria farmacéutica.
El “Grupo Khalifa”, seguramente. Un imperio que nació y murió con la misma espeluznante rapidez. Como consecuencia de lo sucedido pagarán muchos justos por algunos pocos pecadores.
La privatización del sector financiero de Argelia, indispensable para su modernización, se demorará y será presumiblemente mucho más lenta. Pero, además, algunas cosas seguramente mejorarán. Entre ellas, la gran responsable de lo sucedido: la calidad de la supervisión que debe realizar el Banco Central. La gente (impulsada desde el sector público) le echará la “culpa” al “maligno” sector privado, fácil de demonizar, contra el cual cargará sus iras y sus frustraciones, sin advertir -claro está- que el propio Estado es también uno de los responsables directos de la defraudación de la que muchos fueran víctimas, quizás por aquello de ganar un poquito más, arriesgando terminar como terminaron.
Desde la izquierda se cargarán las tintas, destilando los resentimientos de siempre. La misma historia típica del mundo en desarrollo, donde la ignorancia de muchos y la complicidad de algunos permiten que este tipo de escándalos se repita, como si fueran inevitables. Y ciertamente no lo son.
A veces, basta con observar a las entidades y a las conductas de sus respectivos titulares con algún cuidado para sospechar qué tipo de futuro puede existir para ellas. Otras, sin embargo, no. Y esto es un problema, porque desde el sector oficial se las encubre con velos que ocultan una realidad de la que se benefician personajes que -con frecuencia- están tanto dentro como fuera de las entidades financieras que se utilizan para cometer este tipo de tropelías.
Peligroso caballero es Don Dinero. Aún para algunos que -no sin audacia- pretenden jugar a ser “banqueros”.
El autor es ex embajador de la Argentina ante las Naciones Unidas.
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