Las utopías regresivas
Por Julio María Sanguinetti
La Nación
Nuestra América latina, ¿está incorporándose al mundo globalizado, está insertándose en el comercio mundial, está generando las condiciones de modernización que nos aproximen a aquellos sistemas que serían nuestro paradigma, algo así como España, como Francia o como Italia?
Nadie discute que estamos en el mejor momento del siglo para esa aproximación al desarrollo, y que los famosos “términos del intercambio” de que hablaba Prebisch hace medio siglo por primera vez nos son favorables, o sea, que nuestras importaciones nos “cuestan” menos exportaciones de nuestras materias primas. El mercado mundial absorbe nuestra producción a excelentes precios e incluso el ingreso nacional (7.2%), en 2006, volvió a superar al del PBI (5.3%), por el aumento de las remesas recibidas del exterior. Estamos en el cuarto año consecutivo de crecimiento y el tercero que muestra una tasa superior a la del mundo.
En medio de este panorama tan favorable, basta abrir nuestros diarios para asumir que, desgraciadamente, estamos muy lejos de poder responder afirmativamente a la pregunta inicial. El único país que, con 54 acuerdos de libre comercio, se ha insertado en la globalización es Chile, aunque su coyuntura (muy favorable por los precios internacionales de cobre, celulosa y harina de pescado), no registra -por motivos circunstanciales- la dinámica de años anteriores. El resto transitamos en medio de una gran dualidad de criterios, llenos de dudas, o abiertamente por viejos caminos ya trillados y abandonados.
Es el caso de las nacionalizaciones bolivianas. Cuando su Estado está recomprando plantas petroleras a Petrobras, por 112 millones de dólares, la pregunta obvia es ¿tiene sentido invertir en algo que ya está construído y produciendo y que está administrado por una empresa estatal de un Estado amigo y socio? ¿Es que no hay otros desafíos, en innovación tecnológica, en telecomunicaciones, en educación, que estén requiriendo con acuciosidad esos fondos destinados simplemente a transferir la titularidad de una propiedad sin aumentar ni un gramo la producción ni, seguramente, mejorar un dólar su rendimiento?
La vieja utopía nacionalista subyace en lo profundo de una sociedad predispuesta a pensar que producirá mejor aquello que compremos para nuestro Estado, desalojando a un propietario extranjero. Ya ese sueño lo vivimos, en etapas diversas de nuestro desarrollo, y si en algunos momentos pudo tener su lógica, hoy -en el actual mundo globalizado- es tan anacrónico como un dinosaurio en la ciudad. ¿No reconocemos el ejemplo de China, que todos los días incorpora millones de ciudadanos a su mercado de consumo, aumentando su bienestar, sobre la base de una dinámica corriente exportadora que impulsa la inversión extranjera? En nuestro hemisferio, desgraciadamente, pueden más las lejanas consignas de un pasado que todavía nos condena, que estos ejemplos, rotundos, de nuestro presente.
Sueños análogos se suman a la otra utopía -la revolucionaria- para llevar a Venezuela, dueña hoy de una gigantesca reserva monetaria de 24 mil millones de dólares, a soñar con que están en tiempos de la guerra fría y son la vanguardia de un socialismo de economía planificada en competencia con el mundo democrático de la economía de mercado.
Pero la guerra fría terminó, y por lo tanto Chávez no es Fidel. Este representaba, en los años sesenta y setenta, un inmenso poder político y militar conducido desde Moscú, que ya no existe; era la vanguardia de una ideología marxista que, por entonces, todavía brillaba esperanzada para mucha gente que hoy ya asumió su estrepitoso fracaso, simbolizado en la caída del ominoso muro de Berlín. Fidel, además, era el líder de una revolución y Chávez, con su “bolivariana”, está lejos de aquel pasado heróico y romántico de guerreros barbados que bajaban de la selva luchando contra una dictadura.
La consecuencia de todo esto es que esa economía enriquecida por el petróleo no está invirtiendo en las palancas de un desarrollo autonómico, sigue inflando un gasto público que ya se comió un tercio de la reserva monetaria y continúa comprando empresas existentes y que, en muchos casos, como en las de telefonía fija, sus propios dueños están conformes en vender.
Si estas utopías transitan por los gobiernos, otras amenazan desde la oposición. ¿Qué son los Sin Tierra brasileños? Su ideal es una especie de mundo bucólico y primitivo, en que los “buenos salvajes” de Rousseau, incontaminados de la enfermedad capitalista, volveríamos a vivir de nuestras manos y nuestra tierra. Han recibido miles de hectáreas de varios gobiernos, su rendimiento es pésimo, pero siguen soñando con ese paisaje rústico, en un tiempo en que los satélites, la informática y la bioquímica nos cambian la vida cada semana. Ni siquiera se han aproximado al poder, es verdad, pero con el monopolio de la buena conciencia paralizan a viejos izquierdistas que, resignados al pragmatismo, quedan a la mitad del camino, acosados por las voces que les recuerdan sus viejas promesas.
Estas ideas, que desgraciadamente aún poseen enorme resonancia en muchos ámbitos universitarios brasileños, le han privado a Lula -con la enorme fuerza política que le da su condición de mito nacional- del impulso necesario para resueltamente llevar a Brasil hacia el nuevo tiempo. No podemos ignorar que el más grande de América latina es el que menos ha crecido y aprovechado esta gran oleada del comercio internacional.
Algo parecido podríamos decir de México, donde un nuevo gobierno se encamina con inteligencia a proseguir con el proceso que un día abrió su país al mercado norteamericano, pero que debe luchar con la utopía revolucionaria y hasta con un Comandante Marcos que, como los Sin Tierra, mantiene vivas esas banderas imprecisas de la redención por la “lucha antiimperialista”.
Quien razone tal cual lo venimos haciendo, es de inmediato apostrofado de neoliberal, como si la apertura de las economías no fuera conciliable con Estados socialdemocráticos, socialmente responsables. Europa es un ejemplo claro, lo es el Reino Unido, lo es Francia, lo es España, repúblicas de “centro” en que las rotaciones entre socialistas y liberales no han cambiado las reglas del mercado en el primer caso, ni derrumbado los sistemas de seguridad social en el otro. Naturalmente, dentro de una racionalidad asentada en el equilibrio macroeconómico.
No somos pesimistas, porque hay lecciones aprendidas: todos reconocemos que la inflación es un maligno impuesto a los pobres, que el equilibrio fiscal es la condición necesaria de la inversión y que la deuda externa es bueno administrarla y reducirla, en lugar de pintar carteles que claman a su default , como se hizo durante tantos años.
No basta, sin embargo, con no recaer en estos viejos errores. Hace falta sacudirse de una buena vez los fantasmas de estas utopías regresivas y asumir con convicción la idea de modernizarnos para tener un lugar en esta globalización que, con sus luces y sombras, llegó para quedarse.
- 15 de agosto, 2022
- 21 de mayo, 2008
- 8 de febrero, 2008
Artículo de blog relacionados
El Cronista Comercial Los sueños de poblar el país a través de la...
3 de febrero, 2010- 25 de abril, 2015
El precio del crudo ha sufrido un rally alcista debido a factores...
25 de septiembre, 2013- 13 de enero, 2008













