La vida, variada; la muerte, uniforma (II)
Por Armando de la Torre
Siglo XXI
Porque en el cementerio ya no hay leyes que hayan antecedido a la muerte.
La estulticia humana ha ensayado muchas veces borrar las diferencias entre los vivos.
Donde la ley rige de veras igual para todos, es decir, donde la justicia se aplica a los individuos sin consideración alguna de su pertenencia a “grupos” privilegiados, los resultados han de ser necesariamente desiguales, como desiguales somos cada uno de nosotros en salud, educación, edad, profesión, ambiciones o inteligencia.
Es ésa, precisamente, la riqueza acumulada de lo vivo, aun desde el nivel más elemental, el de las flores, que nos deleitan con sus múltiples fragancias, formas y colores… el presupuesto universal son las “leyes”, iguales de la vida.
En el cementerio, en cambio, se nivelan las diferencias; al mismo polvo se reduce el rey, o el millonario —o la muy bella—, que el plebeyo anónimo, el mendigo o el que en vida fuera deforme. Porque en el cementerio ya no hay leyes que hayan antecedido a la muerte.
La estulticia humana ha ensayado muchas veces borrar las diferencias entre los vivos; pero cada vez ha desembocado, como en la Cambodia de Pol Pot, en el monótono silencio de los camposantos.
Es verdad que a lo largo de la historia grupos de hombres se han confabulado, una y otra vez, para expoliar a los demás. Y que para ello han fabricado pretextos como los de ciertos matices en el color de la piel, o en el habla, o lo “escandaloso” de sus ritos, o lo “inusual” que se les antojaban sus costumbres, o hasta lo antagónico que creían percibir sus intereses colectivos, en particular, los económicos y políticos.
Triste historia.
Los “ilustrados” del siglo XVIII creyeron haber encontrado el remedio definitivo en el recurso enérgico a la igualdad de todos ante la ley. Para los británicos, traducida en el sometimiento de todos a la misma jurisdicción de mismos jueces. Para los norteamericanos, además, al proceso que se debe a todos por igual.
Para los franceses —y nosotros, afrancesados iberoamericanos— al reconocimiento de derechos humanos abstractos y en la provisión legislativa de sanciones idénticas para delitos idénticos.
Todo ello magnífico en teoría constitucional.
Pero, paradójicamente, a la luz de esa igualdad proliferaron otras desigualdades hasta entonces poco conocidas, que Marx resumiera en aquellas que a sus ojos se agrandaban de continuo con la para él “injustificable” cauda de una brecha exponencial entre “burgueses” y “proletarios”.
Se equivocó al largo plazo.
Su tan mentada “depauperización” del proletariado fue contradicha, y a la vista de todos, entre 1848 y 1898, lo que le echó en cara uno de sus discípulos más incisivos, Eduardo Bernstein. Porque en ese medio siglo de revolución industrial —aunado al patrón oro, al libre comercio y a la ampliación de la franquicia electoral— se había propiciado un vertiginoso crecimiento,… pero el de la clase media.
Ante tan inesperado fenómeno, la “socialdemocracia” del siglo XX, en cuanto fenómeno de masas, hubo de recombinar el impulso libertario de la Ilustración con el Estado benefactor incoado poco ha por Bismarck (1881).
Esa intención benefactora, sin embargo, se extravió en el espejismo de la justicia “social”. Porque, movidos por ésta, los legisladores positivistas multiplicaron de nuevo, a discreción, los privilegios de grupo. Su criterio esta vez fue el de la compasión hacia aquellos catalogados en abstracto como de “más vulnerables”.
Y la herramienta oportuna para lograrlo, el concepto jurídico de “tutela” por parte del Estado.
Este artificio, del que los políticos a la caza de votos se han valido a su antojo, nos ha devuelto a la sociedad de los privilegios, en la que la justicia a secas se nos hace, paulatinamente, imposible.
De ahí la feroz competencia entre grupos de presión por asegurarse esa “minoría de edad” otorgada por quienes detenten el monopolio del poder coactivo.
Y la vida humana se marchita, bajo la mole privilegiante de Estados engreídos, que alucinan poder organizar mejor este mundo de Dios guiados por los minúsculos alcances de sus ambiciones cortoplacistas.
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