Paraguay: ¿Por qué se tarda tanto en traspasar el poder?
Por Edwin Brítez
ABC Digital
Muchas cosas nos diferencian de los franceses en el aspecto político. Una de ellas es el balotaje y otro el plazo establecido para la entrega del poder de la República, una de las cuestiones que en el sistema político paraguayo es inexplicablemente largo.
Aquí, entregar el poder al presidente electo tarda cuatro meses, de abril a agosto, mientras que los franceses lo hicieron en esta oportunidad en diez días, después de las elecciones en segunda vuelta, o sea: balotaje.
Allá es apenas un acto protocolar, tan formal y de aspecto rutinario que el presidente electo, Nicolás Sarkozy, pocas horas después de jurar ya estuvo en su primer acto oficial en el exterior, compartiendo con la canciller alemana Angela Merkel.
Salvo aquellos que van a continuar por otro período, o los que ejercen un liderazgo dominante, el presidente saliente es generalmente una figura decorativa, es apenas un símbolo sin capacidad de operar y menos aún de ejercer el poder.
Esto debería ser suficiente para empalmar cuanto antes la entrega del poder con la asunción del nuevo presidente o presidenta, sin entrar a considerar la sospecha que provoca una transición tan prolongada.
Estar en la condición de presidente saliente debe ser bastante incómodo como para que el mismo sea el más interesado en hacer el traspaso cuanto antes.
El plazo para la entrega del poder no debería ser tan extenso, ¡y menos en Paraguay!, donde todavía se confunden los roles entre Estado y partido y hasta el patrimonio de uno y otro con los bienes particulares.
El pretexto de que los cuatro meses son utilizados para poner en orden la casa a ser entregada o para que el nuevo inquilino se ocupe de conocer los detalles de todas las instituciones, no se ajusta a la racionalidad.
La casa debe estar siempre en orden, no solo cuando deba ser entregada a otro, sino cuando se le ocurra hacer una visita a la Contraloría, a la justicia o al Congreso. Y cuatro meses tampoco son suficientes para conocer todas las facetas de las instituciones a ser dirigidas, si uno ya no estuvo antes ocupándose de ellas.
Hay varias cuestiones en la Constitución Nacional que se arrastran desde el pasado bajo el pretexto de una tradición republicana. Una de ellas es esta prolongada transición, que en el caso de los parlamentarios es un poco más corto.
Si no fuera por la reelección de que los congresistas disfrutan, el cambio de la totalidad de los miembros de ellos, cada cinco años, tampoco se ajustaría a la racionalidad. En otros países se renueva solo la mitad y hay elecciones a mitad del mandato presidencial, además del que coincide con las presidenciales.
Otra cuestión es el ridículo receso parlamentario, por el que los funcionarios-representantes mejor pagados del país se toman vacaciones –inmerecidas– por tres meses y en reemplazo entra a funcionar otra no menos ridícula Comisión Permanente, por cuya presidencia los líderes residuales se disputan con meses de anticipación. ¿Para qué? Para que viva la República !Ja¡
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