El gran encanto de las firmas de capital privado
Por David Wessel
The Wall Street Journal
Chrysler tiene una manera especial de marcar eras en el mundo de los negocios en Estados Unidos.
En los años 20, la marca representaba el despertar de la industria automotriz cuando el ex ferroviario Walter P. Chrysler forjó una gran compañía a partir de fabricantes alicaídos y un diseño inteligente de motores. En 1980, Chrysler se convirtió en el ejemplo perfecto de cómo el gobierno salía en rescate de compañías a punto de quebrar. En los 90, fue la imagen de la globalización al unirse con la alemana Daimler-Benz.
Ahora, Chrysler es uno de los casos más recientes de compañías de marca que cotizan en bolsa que acaban en manos de una firma de capital privado. Esto hace que sea un buen momento para preguntarse ¿por qué tantas compañías en bolsa se están saliendo de ella?.
Dinero de sobra
Las firmas de capital privado, que han amasado miles de millones de dólares de gente acaudalada e instituciones, complementados con grandes cantidades de dinero prestado, tienen efectivo de sobra para gastar. Estas firmas les han entregado generosos retornos a sus inversionistas, en parte porque en 2002 y 2003 compraron compañías a precios baratos. Puede que su éxito en el pasado no garantice ganancias futuras, pero sí atrae a los inversionistas. Los bancos y el mercado de bonos se han mostrado ansiosos por prestarles dinero bajo términos y precios favorables.
Esto deja claro por qué los compradores están inundados de efectivo, pero, ¿por qué compañías y presidentes ejecutivos están tan dispuestos a renunciar a las ventajas del mercado accionario? La respuesta rápida de aquellos que creen que la reacción de EE.UU. ante los escándalos corporativos de los 90 fue exagerada es que las compañías quieren evitar los costos de un escrutinio excesivo por parte de los reguladores, fiscales, contadores y los medios de comunicación. Pero, independientemente de que las complicaciones de cotizar en bolsa hayan aumentado, este argumento pierde peso si se tiene en cuenta el repunte del capital privado en otras partes del mundo.
Parte de la respuesta está en la ingeniería financiera. Las compañías que cotizan en bolsa, desde el punto de vista de los accionistas, pueden ser demasiado reacias a asumir deuda.
Los bancos pueden estar más dispuestos a prestar dinero a compañías dirigidas por gerentes de firmas de capital privado que por presidentes ejecutivos, más preocupados por la imagen de sus firmas.
El peso del escrutinio
Pero eso no es todo. Una idea intrigante es que las compañías que cotizan en bolsa en EE.UU. y Europa pasan por un escrutinio tan intenso y tienen tantos accionistas que no pueden hacer lo que le conviene a la empresa: despidos, reestructuraciones, inversiones que no rinden frutos en el corto plazo. Por eso salen de la bolsa, se reorganizan y luego regresan a la bolsa como compañías más fuertes y eficientes.
Eso es exactamente lo que defiende John Snow, el ex Secretario del Tesoro de EE.UU. y ahora presidente de Cerberus Capital Management, el nuevo dueño de Chrysler.
“En este momento preciso de su historia, Chrysler podría tener varias oportunidades en el mundo de las inversiones privadas, las cuales dan más espacio para el crecimiento y la expansión y permiten que la gerencia se concentre más en el negocio del día a día de producir mejores autos”, dijo Snow.
Puede ser. Pero en las últimas dos décadas apenas se ha visto un rechazo por parte de las compañías que cotizan en bolsa a reorganizarse drásticamente. Los sindicatos han perdido fuerza, el gobierno de EE.UU. es menos proclive a intervenir en las decisiones de negocios y la globalización ofrece a la élite gerencial más flexibilidad para recortar costos.
Steven Kaplan, un economista de la Escuela de Negocios de la Universidad de Chicago, sugiere que un motor de esta tendencia es un creciente número de ejecutivos con talento y experiencia que prefieren a los propietarios de capital privado que a los accionistas.
Los propietarios que no cotizan en bolsa son duros: quieren retornos sin excusas. En los viejos tiempos, ser presidente ejecutivo de una compañía que cotizaba en bolsa era más fácil. Los inversionistas eran generalmente pasivos y los directores eran amables y permisivos. Pero eso ya no es así. Los escándalos corporativos no sólo se vieron seguidos de nuevas normas y demandas, sino también de juntas directivas e inversionistas institucionales más agresivos.
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