¿Un presidente gaullista sin política exterior?
Por Alejandro Deustua
El Comercio, Lima
“Luego de la victoria, el presidente electo se refirió a Estados Unidos, a Europa, a los países del Mediterráneo y al África, pero no al mundo”
La extraordinaria participación ciudadana (85%) en el proceso que eligió a Nicolas Sarkozy como nuevo presidente de Francia revela bastante más que la revaluación de la política en esa gran potencia occidental. Si la preocupación que ella demuestra por la marcha de la economía y del orden social evidencia una recuperación del interés por el destino colectivo, la redefinición del vínculo entre ideología y modernidad (significado que los franceses han otorgado a la opción por Sarkozy) constituye una verdadera revolución política.
Sin embargo, a pesar de que lo que la mayoría apoya esta redefinición (53% que votó por una suerte de liberalismo que no excluye el fuerte rol del Estado), esta no asegura cohesión nacional. En efecto, al margen de que la izquierda mantenga una visión distinta de la Francia gaullista, esta permanece radicalmente confrontada con el estilo del nuevo presidente. La dimensión de esa polaridad, en un contexto donde la marginación es una realidad que contradice los ideales republicanos franceses, podrá medirse mejor en las elecciones parlamentarias de junio próximo.
Lo que no será resuelto en esa fecha, sin embargo, es la opción entre diversas visiones del mundo en tanto el parroquialismo ha caracterizado la elección presidencial. Aunque la política exterior no gana elecciones en ninguna parte, el electorado francés normalmente ha concurrido a las urnas con ciertas convicciones internacionalistas generalmente basadas en el rol global que Francia pretende para sí. Este no ha sido el caso en el 2007: los grandes lineamientos de la opción internacional del candidato ganador se conocieron recién en el discurso postelectoral de la Plaza de la Concordia.
En efecto, luego de la victoria, el presidente electo se refirió a Estados Unidos, a Europa, a los países del Mediterráneo y al África, pero no al mundo.
Sin duda que la disposición a restablecer el vínculo transatlántico desprovisto de su patología antinorteamericana es un alivio no solo para Estados Unidos sino para Europa, mientras fortalece a Occidente.
Y aunque reiterar el rol de Francia como pilar de la Unión Europea sea redundante, hacerlo con una vocación de “protección” y de sustitución del proyecto de Constitución por un tratado menor a ser aprobado parlamentariamente sin recurrir a referéndum es una novedad estratégica que merece precisión.
Por lo demás, el hecho de que Francia pretenda liderar el actual vínculo europeo con los países del Mediterráneo será una iniciativa mayor si este evoluciona hacia una “unión” (un objetivo que desafía la realidad presente) y un proyecto desafiante si es que esta pretende para Turquía un escenario alternativo al de la accesión europea.
En cuanto al África, Francia deberá conciliar su vocación de asistencia con su persistencia en la muy proteccionista Política Agraria Común que impide el mejor acceso de exportaciones africanas.
¿Y América Latina? La región, que tiene una prioridad menor a la asiática, no puede admitir que el señor Sarkozy delegue en el Consejo Europeo la definición de su interés con esta parte del mundo. Y menos cuando parte de Latinoamérica pretende esforzadamente una mejor inserción en Occidente.
A pesar de su actual disposición parroquial y de su excluyente preocupación migratoria, el presidente electo de Francia tiene en la definición de su política exterior una deuda con su Estado y con el mundo. En el entendido de que los intereses de Francia son globales y no restringidos, América Latina requiere que el presidente electo sufrague esa obligación, como seguramente lo hará, de manera desagregada y específica.
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