¿Pelear o no pelear?

Los beneficios de la guerra para los líderes de los EE.UU. y el pueblo estadounidense
8 de marzo, 2007

Hace diez años, en un breve comentario, llamé la atención acerca de la cercana asociación que existe entre la guerra y los presidentes estadounidenses calificados como “grandes” o “casi grandes” en las encuestas de los historiadores. Mi ensayo ha despertado mucha atención con los años. Incluso la quintaesencia del historiador tribunalicio, el fallecido Arthur M. Schlesinger, Jr., lo consideró apropiado como para citarlo con una coincidencia ostensible en un artículo de 1997 aparecido en el Political Science Quarterly. Después de que el Mises Institute redistribuyó mi ensayo el Día de los Presidentes del corriente año, el mismo volvió a ser mencionado y difundido ampliamente y provocó una cuantía considerable de comentarios en Internet.

A pesar de que uno difícilmente pueda discutir la cercana asociación existente entre la intima participación en la guerra de los presidentes y su calificación en materia de grandeza presidencial, uno puede disentir—y a lo largo de los años una serie de escritores han disentido—con mi conclusión de que “la lección parece obvia. Cualquier presidente que anhela un alto lugar en los anales de la historia deberá apresurarse a empujar al pueblo estadounidense a una orgía de muerte y destrucción. No importa cuán equivocada pueda ser la guerra”. Por lo general, las desavenencias corresponden, primero, a mi argumento general de que muchas de las guerras, sino todas, en razón de las cuales los presidentes con las calificaciones más altas alcanzaron su grandeza eran claramente innecesarias y, segundo, a mi acusación especifica a Abraham Lincoln, Woodrow Wilson, Franklin D. Roosevelt, Harry Truman, y Lyndon B. Johnson por “sus políticas de guerra soberanamente catastróficas”.

Pese a que no podemos esperar resolver un gran debate histórico mediante una aproximación común y corriente, tal vez podemos clarificar nuestro pensamiento respecto de esta cuestión en particular con la ayuda de una representación más sistemática de los temas relevantes. Sugiero entonces que organicemos nuestros pensamientos según los criterios presentados en el cuadro analítico adjunto, cuyo contenido explicaré. El cuadro exhibe una tabla de contigencia de dos por dos levemente complicada.

Los líderes de los EE.UU. eligen
Amenaza para el pueblo estadounidense
Existencial
Menor o espuria
Initciar la guerra
El pueblo estadounidense pierde

Los líderes de los EE.UU. pierden

El pueblo estadounidense pierde

Los líderes de los EE.UU. ganan

Evitar la guerra
El pueblo estadounidense gana

Los líderes de los EE.UU. ???

El pueblo estadounidense gana

Los líderes de los EE.UU. ???

En su parte superior, el cuadro muestra sí la amenaza para el pueblo estadounidense en general (como algo distinto de, digamos, la amenaza para el propio gobierno o la amenaza para ciertos grupos de intereses especiales nacionales o extranjeros) es “existencial” o “menor o espuria”. Por supuesto, dividir a todas las amenazas percibidas en solamente estas dos clases discretas es una forma cruda de diferenciarlas, y dividirlas en más de dos clases u ordenarlas según una integración contínua es posible, pero para mis actuales propósitos, dichas complicaciones adicionales resultan innecesarias.

Por una amenaza existencial, me refiero a una que amenace la supervivencia nacional. Durante la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses a menudo describían al conflicto como una “lucha de vida o muerte” o una “guerra por la supervivencia nacional”, pero no creo que en verdad fuera así. Ninguno de los enemigos en esa guerra, ya sea actuando por separado o en concierto con todos los demás, tenían la capacidad de destruir a la nación estadounidense, “tomar el control del país”, “destruir nuestro modo de vida” o infligir un grado de daño comparable. No obstante, una amenaza existencial puede surgir, y ciertamente una prevaleció por décadas durante la Guerra Fría, en virtud de que un intercambio nuclear a gran escala entre los Estados Unidos y la USSR hubiese causado una devastación tan horrenda que los sobrevivientes probablemente habrían envidiado a la muerte, y la vida económica se habría vuelto, en el mejor de los casos, extremadamente primitiva e incapaz de mantener a una gran población.

En contraste, una amenaza para el pueblo estadounidense puede ser menor o espuria―no un riesgo para la supervivencia nacional ni siquiera para la prosperidad nacional y quizás para nada una amenaza real. La mayoría de las guerras en la historia de los Estados Unidos claramente pertenecen a esta categoría: la Guerra de 1812, la Guerra mexicano-norteamericana, la Guerra española-norteamericana, la Guerra filipino-norteamericana, la Primera Guerra Mundial, la Guerra de Corea, la Guerra de Vietnam, y ambas guerras contra Irak, por ejemplo, para no mencionar a las muchas acciones militares menores de los EE.UU. en todo el mundo, desde los ataques contra la Costa de Barbary hace dos siglos a los ataques contra Serbia hace ocho años.

Aunque la secesión de los estados sureños en 1861 amenazó a la continuación de la unión política existente, no tenía porque causar la muerte de nadie, y la “Guerra entre los Estados” se tornó la cuestión terriblemente devastadora que fue tan solo debido a que Lincoln y aquellos que apoyaban su liderazgo se negaron a aceptar a la secesión de manera pacífica.

Al igual que Bruce Russett, considero que los alemanes y sus aliados no constituían un “peligro claro y actual” para el pueblo estadounidense en general antes del ingreso de los EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial, y por ende la administración Roosevelt carecía de una razón convincente para provocar al imperio japonés con una prolongada serie de sanciones económicas, amenazas y exigencias a fin de abrir una “puerta trasera” para entrar a la guerra en Europa. Difícilmente necesite añadir que muy pocos estadounidenses, ya sean académicos o gente común, coinciden conmigo respecto de la Segunda Guerra Mundial, pero esta cuestión de evidencia y juicio histórico no es una que se pueda decidir adecuadamente mediante el voto de la mayoría.

En el lado izquierdo del cuadro, la distinción es entre sí los líderes de los EE.UU. eligen o no iniciar una guerra. Esta variable nos recuerda que “el pueblo” no toma tales decisiones; solamente el presidente y su camarilla lo hacen. En épocas pretéritas, también el Congreso estaba profundamente involucrado, pero incluso entonces, las cuestiones de la guerra y la paz por lo general podían ser decididas de hecho con anterioridad a cualquier participación parlamentaria formal, mediante suposiciones presidenciales y por la creación de ciertos hechos consumados o incidentes―las supuestas incursiones mexicanas en territorio reclamado por los Estados Unidos (1846), el supuesto hundimiento español del navío de guerra U.S.S. Maine (1898), los supuestos complots alemanes para ayudar a los mexicanos en la recuperación del territorio perdido en la Guerra mexicano-norteamericana (1917), los supuestos ataques alemanes no provocados contra barcos de guerra estadounidenses en el Atlántico Norte (1941), los supuestos ataques norvietnamitas no provocados contra naves de guerra de los EE.UU. en el Golfo de Tonkin (1964), la supuesta provisión iraní de las municiones utilizadas para matar a soldados estadounidenses en Irak (2007), y así sucesivamente. Solamente un circulo presidencial extraordinariamente torpe carece de la imaginación para concebir un casus belli atractivo.

El foco en el cuadro analítico sobre la decisión de los líderes puede sugerir también (correctamente) que toman su decisión para servir a sus propios intereses—y, por supuesto, los de su crucial coalición de apoyo formada por los grupos de intereses especiales—no en búsqueda del interés del pueblo. Naturalmente, invariablemente declaran que todas sus acciones no reflejan otra cosa que su inmaculado intento de servir al interés del público en general. Cualquiera que crea en esta clase de historias de nursery está necesitando seriamente una inmersión más profunda en los hechos de la historia, para no mencionar a la disciplina de la elección pública.

Entre los muchos libros de historia que uno podría recomendar a aquellos que padecen de candidez sobre cómo nuestros gloriosos líderes toman las decisiones de política exterior, algunos de mis favoritos son The Politics of War: The Story of Two Wars Which Altered Forever the Political Life of the American Republic (1890–1920) de Walter Karp, la obra clásica editada Perpetual War for Perpetual Peace de Harry Elmer Barnes, The Illusion of Victory: America in World War I de Thomas Fleming, The New Dealers’ War: F.D.R. and the War within World War II de Fleming, y A Pretext for War: 9/11, Iraq, and the Abuse of America’s Intelligence Agencies de James Bamford. También recomiendo sinceramente que las transcripciones de las cintas de la Casa Blanca de Nixon sean leídas inicialmente y a menudo.

Resulta perturbador encontrar a uno mismo en completo acuerdo con Hermann Göring, pero el dirigente nazi ciertamente estaba en lo correcto cuando, durante una conversación nocturna en su celda en Nuremberg, le dijo a Gustave Gilbert, un oficial de inteligencia y psiquiatra que hablaba alemán:

Por supuesto, el pueblo no quiere la guerra. Por qué querría algún pobre sabandija en un rancho arriesgar su vida en una guerra cuando lo mejor que puede obtener de ella es regresar entero a su granja. Naturalmente, la gente común no desea la guerra; ni en Rusia ni en Inglaterra ni en los Estados Unidos, ni igualmente en Alemania. Eso está entendido. Pero, después de todo, son los líderes del país quienes determinan la política y ella es una simple cuestión de arrastrar a la gente, ya sea que se trate de una democracia o una dictadura fascista o un Parlamento o una dictadura comunista. . . . Con voz o sin voz, el pueblo siempre puede ser atraído al ofrecimiento de los líderes. Eso es fácil. Todo lo que tiene que hacer es decirles que están siendo atacados y denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y por exponer al país al peligro. Funciona de la misma forma en cualquier país.

Por lo tanto, dado que el pueblo en general y sus intereses son esencialmente irrelevantes para las decisiones que toman los líderes nacionales, somos prudentes si nos concentramos en cómo esos dirigentes creen que la guerra o el rechazo a la guerra servirá a sus propios intereses.

En consecuencia, en la parte inferior de mi cuadro analítico, indico aproximadamente el resultado esperado de la elección en cada uno de los cuatro casilleros. En cada uno, la entrada en la sección superior indica el resultado para el pueblo estadounidense en general, y la entrada en la sección inferior indica el resultado para los líderes del gobierno de los EE.UU..

Considérese el primer casillero en la primera hilera―la situación que se genera cuando ha surgido una amenaza existencial y los líderes eligen iniciar la guerra. Conjeturo que el resultado esperado es poco atractivo para ambas partes debido a que en una guerra así contra una amenaza verdaderamente grave, el resultado probable será horrible para todos, sin perjuicio de que el peligro que el gobierno está intentando evitar sea grande y genuino. La única amenaza existencial que el pueblo estadounidense enfrentó alguna vez fue de las armas nucleares de la Unión Soviética, y afortunadamente para todos, esas armas nunca fueron utilizadas contra nosotros, tal como lo habrían sido, en represalia, sí los líderes de los EE.UU. hubiesen elegido iniciar la guerra contra la USSR, como el General Curtis LeMay y el General Thomas Power, entre otros en la elite del poder, lo deseaban.

La belleza de la Guerra Fría, si es que se puede hablar de una cosa así, es que la amenaza de una represalia soviética sirvió para disciplinar a los líderes de los EE.UU., quienes comprendían que podrían resultar muertos en una guerra nuclear, y que incluso sí sobrevivían, ya no presidirían más sobre un país apacible y prospero, sino sobre un páramo contaminado por la radiación y habitado por sobrevivientes desesperados, enfermos y hambrientos―una situación apta para quitarle todo lo divertido a la preeminencia en la clase dirigente. Así, el casillero superior izquierdo en el cuadro da cuenta de los incentivos que hicieron que funcionase una “destrucción mutuamente asegurada” (MAD en inglés). Lamentablemente, en virtud del sustancial potencial de los lanzamientos accidentales de misiles, el mal funcionamiento de las señales de alerta, y las fallas en el comando y control, la MAD en sí misma estuvo repleta de riesgos atroces, tal como debe estarlo cualquier sistema basado en el lanzamiento presto de misiles nucleares.

Descendiendo al casillero inferior derecho del cuadro, vemos el resultado probable si se presenta una amenaza existencial y los líderes evitan la guerra. Claramente el pueblo en general se beneficia enormemente; será capaz de seguir con su vida normal y no tiene que padecer las muertes masivas y otros graves perjuicios que la guerra contra una amenaza existencial probablemente traería aparejados. El resultado para los líderes, sin embargo, es un tanto menos obvio. A pesar de que se benefician de la continuidad de una vida normal, tal como lo hace el pueblo, no obtienen ninguna aclamación especial ni el poder grandemente realzado que podría ser parte de su “victoria” en una guerra contra una amenaza existencial, asumiendo que dicha victoria es concebible.

Era concebible para el General “Buck” Turgidson en el clásico film sobre la Guerra Fría Dr. Strangelove y para varias generaciones de los verdaderos estrategas nucleares del gobierno de los Estados Unidos en base a quienes Turgidson y el General Jack D. Ripper de Strangelove fueron modelados. Como escribe John Newhouse en War and Peace in the Nuclear Age: “A través de los años, la hermandad de especialistas, en su mayoría civiles, que ha hecho un llamado a la estrategia nuclear ha crecido. Repasan todas las incógnitas—verdaderamente insondables—que subyacen al despliegue de armas nucleares y cualquier utilización concebible de ellas. Pergeñan escenarios para una guerra nuclear prolongada y para una guerra nuclear limitada”. Newhouse se refiere a “el modo simplista con el cual el clero civil discutía planes para el empleo de armas nucleares en situaciones de combate”.

Supongo que relativamente pocos dirigentes estadounidenses importantes han pensado que personalmente encabezarían el inicio de una guerra nuclear, pero los dirigentes sin duda han disfrutado de iniciar guerras contra amenazas respecto de las que falsamente sostenían que podían ser existenciales, tal como los funcionarios de la administración Bush lo insinuaban con sus alusiones a la “nube con forma de hongo” respecto de las supuestas “armas de destrucción masiva” de Saddam Hussein. Este pretexto fraudulento para una agresión no provocada embaucó al grueso del electorado, convirtió a Bush y compañía en héroes durante una temporada (hasta que los pollos innegablemente regresaron a casa para dormir durante la prolongada ocupación estadounidense de Irak), y llevó a Bush y Cheney a la reelección en 2004. Nótese en contraste, sin embargo, el paciente recurso a la diplomacia de la administración Bush al lidiar con Corea del Norte, un país cuyo régimen puede verdaderamente poseer algunas armas de destrucción masiva. Últimamente, los líderes de los EE.UU., sabiendo que el régimen iraní no puede eficazmente tomar represalias directamente contra ellos, han venido contemplando seriamente el empleo de armas nucleares contra objetivos en Irán―un plan que parecería reflejar la desesperación política o personal y la completa separación de la realidad y la decencia humana.

Moviéndonos hacia el casillero inferior del cuadro, observamos nuevamente que el pueblo gana si sus líderes se abstienen de iniciar una guerra incluso contra una amenaza menor o espuria. Dichas guerras pueden aún costar una gran cantidad de dinero, devorar varios miles de vidas e implicar la represión de las libertades civiles y económicas. Además, debido a que alivian poca o ninguna amenaza verdadera para el pueblo, carecen de genuino valor excepto en la medida que la propaganda de la conducción pueda engatusar al pueblo para imaginar un beneficio—la guerra en Vietnam evitaba que los dominós comunistas cruzaran todo el sudeste de Asia; la guerra en Irak evitaba que Saddam Hussein “desestabilizara” a todo el Oriente Medio; blah, blah, blah.

Una vez más, sin embargo, el resultado para los líderes no es claro. Si evitan las guerras contra amenazas menos que existenciales, reciben poco o ningún crédito por hacerlo, y sacrifican los poderes realzados, la aclamación pública y el crédito de los historiadores por la grandeza que la victoria en una guerra así puede traer. Peor aún, sus rivales políticos pueden culparlos por no ir a la guerra. Lyndon Johnson, por ejemplo, se preocupaba de que los conservadores lo acusasen de ser “blando contra el comunismo” a menos que escalara la participación militar estadounidense en Vietnam en un intento visible por “ganar la guerra”.

Los presidentes pueden beneficiarse enormemente con el inicio de la guerra contra amenazas menos que existenciales o completamente espurias. Derrotar a una potencia de tercera clase y robar una gran porción de su territorio, tal como James K. Polk lo hizo en la Guerra mexicano-norteamericana, lo dejó en un sitial seguro entre los “casi grandes” de los historiadores. Tras ayudar a instigar la guerra con España, Theodore Roosevelt cabalgó hacia la vicepresidencia y desde allí, después del asesinato de William McKinley, a la propia presidencia en base a la fuerza de su atolondrado retozo entre los cadáveres esparcidos a lo largo de las colinas cubanas. Muchos estadounidenses lo adoran hasta la fecha, impávidos de que era un protofascista cegado por la ambición cuyo anhelo insaciable de poder sobre sus compatriotas expiró solamente con su último aliento. Así, cualquier amenaza menor a una manifiestamente existencial y personalmente peligrosa uno puede probar que es una tentación irresistible para los líderes de los EE.UU. deseosos de “grandeza”.

El hecho de rendirse a esta tentación encuentra su lugar en el casillero superior derecho de mi cuadro, donde el indicio es que los líderes ganan al iniciar la guerra, a pesar, nuevamente, de que el pueblo en general pierde. En todas las guerras estadounidenses modernas, el pueblo ha sido un perdedor neto; en cada caso, hubiese estado mejor si la guerra no se hubiese librado. La mayoría de los estadounidenses disentirán vigorosamente con esta conclusión, por supuesto, proclamando por encima de todo que la Segunda Guerra Mundial no solo fue justa sino necesaria, más aún inevitable. Como ya lo he observado, pienso que se equivocan, pero no puedo hacer un caso convincente en favor de mi conclusión aquí, y en cualquier circunstancia, otros, incluidos Russett y varios de quienes contribuyeron a Perpetual War for Perpetual Peace de Barnes, ya lo han hecho mejor de lo que puedo hacerlo yo. Incluso si uno fuese a admitir la opinión ortodoxa sobre la Segunda Guerra Mundial, no obstante, el resto de las guerras de los EE.UU. seguirían siendo una fuerte evidencia en apoyo de mi afirmación.

En ningún caso admitiré la necesidad o conveniencia del gobierno de los EE.UU. de ir a la guerra contra la Confederación de Estados de América en 1861. El argumento usual de que lo hizo para destruir a la esclavitud no resiste la menor lógica: el propio Lincoln dejó bien en claro que su única razón para luchar era preservar la unión, con o sin esclavitud. A pesar de que la guerra resultó en la destrucción de la esclavitud—lo único bueno que trajo—no fue iniciada con ese propósito. Además, incluso el espléndido resultado podría no haber valido su costo sí, tal como algunos académicos prestigiosos han sostenido, la esclavitud en Norteamérica hubiese terminado pronto de todos modos, sin violencia, como lo hizo en todos los demás países del Nuevo Mundo (excepto Haití), donde había sido institucionalizada durante siglos.

Con excepción de la Guerra Fría, cuando a pesar de que los principales líderes de los EE.UU. expusieron al país a graves riesgos, los mismos se esforzaron por evitar la guerra directa y franca con la Unión Soviética, el pueblo estadounidense ha vivido durante doscientos años en el casillero inferior derecho y, demasiado a menudo, en los casilleros superiores derechos de mi cuadro analítico. En razón de la afortunada ubicación del país, protegido al este y al oeste por dos anchos océanos y lindante al norte y al sur por dos vecinos militarmente débiles, el pueblo estadounidense no tuvo que enfrentar amenazas existenciales antes de la era nuclear. Aún así, una y otra vez, sus líderes han sucumbido a sus ambiciones personales por fama y poder e iniciaron guerras en las que el pueblo en general padeció grandes pérdidas de recursos económicos, vidas y libertades—todo por beneficios que, para las masas, estaban groseramente lejos de los sacrificios padecidos.

Quizás deberíamos admitir que muchos estadounidenses han obtenido, y siguen obteniendo, un gran beneficio psíquico de la distribución de muerte y destrucción del gobierno de los Estados Unidos a los males extranjeros del momento. Añadiendo ese beneficio al cálculo, podríamos tener que alterar en consecuencia nuestro análisis, en reconocimiento de la barbarie roja, blanca y azul. Alternativamente, podemos insistir en que a pesar de ciertas tendencias viciosas en el carácter nacional y pese a la presencia innegable de un elemento sanguinario en la población, la mayoría de los estadounidenses han sido simplemente confundidos por sus líderes, quienes buscaron no el beneficio del pueblo, sino ganancias para sí mismos y su coalición de apoyo formada por los grupos de intereses especiales. Pese a que el carácter nacional puede ser tema para un eterno debate, relativamente poca duda acompaña a la afirmación de que los líderes, repetidamente, han buscado alcanzar sus propias metas llevando a la nación a la guerra, no obstante que en gran medida hacerlo pudiese exigir sacrificios de las vidas, libertades y propiedad del pueblo.

Traducido por Gabriel Gasave

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