El comercio, los mercados y la paz

15 de septiembre, 2003

Second Prize ($5,000)

“El progreso de la libertad depende más del mantenimiento de la paz y de la propagación del comercio y de la difusión de la educación que de la labor de los Gabinetes o de las Oficinas de Asuntos Exteriores”.
—Richard Cobden

1. Introducción

En una reseña de la obra de Hayek Camino de Servidumbre George Orwell (1944) declaraba: “El capitalismo conduce a filas en busca de una limosna, al esfuerzo por conseguir los mercados, y a la guerra”. Si observamos al siglo pasado, advertimos los significativos progresos en los mercados, pero al mismo tiempo advertimos un siglo plagado por las guerras. ¿Marchan de la mano el capitalismo y los conflictos? ¿Son los ejércitos y los mercados complementarios?

En efecto, muchos conservadores defensores de los mercados son también apasionados partidarios de los ejércitos, y muchos que se oponen a la guerra se oponen también a los mercados. El escritor del siglo diecinueve Richard Cobden sostenía justamente lo contrario. Afirmaba que los ejércitos y los mercados eran substitutos: más ejércitos significaban menos mercado.

A pesar de que las ideas plasmadas en The Political Writings of Richard Cobden tienen ya un siglo y medio de antigüedad, Cobden analizaba muchos de los argumentos sobre la intervención militar que aún son esgrimidos en la actualidad. Cobden discurrió acerca de sí el gasto militar era beneficioso o no para la economía, el comercio y la paz, y en todos estos tres casos su respuesta fue que no lo era.

Tanto los conservadores como los liberales tienen mucho que aprender del análisis de Cobden sobre el comercio, los mercados y la paz. Como Cobden lo demuestra, el defensor de los mercados es un defensor de la paz.

2. Los costos del gasto militar

Cobden inicia su libelo con una cita extraída del discurso de despedida destinado al pueblo estadounidense de George Washington: “La gran regla de conducta para nosotros con relación a las naciones extranjeras es, a efectos de extender nuestras relaciones comerciales, la de tener con ellas la menor conexión política que sea posible”. (3) Allí donde Washington hizo una causa política en favor del comercio con todos y enredos con ninguno, Richard Cobden delineó una causa económica.1

El primer aspecto sobre el que Cobden enfatizó fue el de los costos de oportunidad del gasto militar. A diferencia de los economistas que le sucedieron, influenciados por Keynes, Cobden no era un adherente de la falacia de la ventana rota (Hazlitt, 1996). Cobden reconocía que cada millón gastado por el gobierno era necesariamente un millón (o más) no gastado por el sector privado. Cuando el gobierno destina recursos a los ejércitos y a las armadas, ello tiene un costo, “cada cuarto de penique sale, bajo la forma de impuestos, de los bolsillos del público”. (197)

La cuestión era importante para Cobden debido a que él no veía todos los gastos del gobierno como promotores del bien público. Veía al gasto militar británico como un desperdicio para la economía. En la medida en que el gobierno consume más recursos, menos recursos pueden ser dedicados a la riqueza privada que es la que genera las actividades. Los agentes gubernamentales pueden beneficiarse con este gasto público creciente, pero quien pierde es el público.2 Escribió Cobden:

Nuestra historia durante el siglo pasado podría ser denominada la tragedia de ‘la intervención británica en la política de Europa’; en la cual los príncipes, los diplomáticos, los pares del reino, y los generales, han sido los autores y los actores—y el pueblo las víctimas; y la moral será exhibida para la más última posteridad en 800 millones de deuda. (196)

Cuando el Estado dirige los recursos sus beneficiarios ciertamente ganan, pero desgraciadamente es el público quien carga con la cuenta.

Consideraba que los ciudadanos productivos no se beneficiaban con las actividades británicas alrededor del globo. Cobden deseaba educar a la clase empresarial para que vieran que ellos eran los que tenían que solventar todos los proyectos gubernamentales. Cobden escribió:

Pero si pudiese ponérsele de manifiesto a los sectores comerciales e industriosos de esta nación, quienes no han tenido ni honores ni una ambición interesada de ningún tipo en esta cuestión, que mientras nuestras dependencias coloniales son apuntaladas a su costa, mediante la tributación directa, de más de cinco millones al año, las mismas no sirven como suntuosos y ponderosos apéndices para aumentar nuestra ostensible grandeza, sino en realidad para complicar y magnificar nuestro gasto gubernamental, sin mejorar nuestro balance comercial. (24–5)

Cuando el gobierno crea programas alrededor del mundo, la burocracia sólo puede crecer. Mientras que ello puede lucir bien a los ojos del gobierno, la persona común obtiene poco beneficio cuando el gobierno ejerce su influencia en el exterior.

Los beneficios para el público son oscuros, pero los costos son claros como el cristal: el público es quien debe pagarlos. Cobden reconocía que los impuestos son una carga sobre la economía y que el disminuir el gasto militar en el exterior tiene como resultado ahorros significativos. Escribió:

No sabemos de otra cosa que fuese tan adecuada para lograr una disminución de nuestras cargas, que la reducción de los gastos del ejército, la marina, y la artillería (los que ascienden a catorce millones al año), como un adecuada comprensión de nuestra posición relativa respecto de nuestras posesiones coloniales.(24)

A pesar de que los asuntos internacionales de Inglaterra fueron encarados bajo el pretexto de mejorar el bienestar público, Cobden consideraba que gran parte de las políticas públicas beneficiaban exclusivamente a ciertos intereses especiales. Escribió (34): “Los honores, la fama y los emolumentos de la guerra no les pertenecen a [las clases medias e industriosas]; el campo de batalla es el sembradío de la aristocracia, regado con la sangre del pueblo”.

Los intereses políticos especiales, por supuesto, no son algo necesariamente bueno para el resto de la economía. En la época de los escritos de Cobden, Gran Bretaña tenía soldados de tierra en un número más de diez veces superior al de los Estados Unidos y también una armada significativamente más grande (82–84). Cobden veía esos gastos militares como recursos desperdiciados. En lugar de alentar el comercio, el ejército y la marina eran un derroche para la economía. Como lo ha discurrido Higgs (1992), la ‘prosperidad’ brindada por el gasto de las fuerzas armadas es una ilusión.

Desarrollando una elemental comparación institucional entre Inglaterra y los Estados Unidos, Cobden esbozó la hipótesis de que el motivo por el cual el ámbito empresarial en los Estados Unidos se había convertido en algo tan importante en un periodo tan breve se debía a que el mismo se encontraba relativamente libre de la carga de pesados tributos:

Ninguna persona que esté en su sano juicio negará que nosotros, quienes consideramos necesario recaudar por encima de treinta millones al año para las necesidades de la vida, debemos de vernos saturados con penosas desventajas, cuando involucramos a la competencia comercial del trabajo no gravado impositivamente de los habitantes de los Estados Unidos.(81–2)

Los Estados Unidos habían seguido “una política de la cual mucha riqueza, prosperidad, y grandeza moral ha brotado. Los Estados Unidos…son un espectáculo de los efectos beneficiosos de esa política la cual puede ser sintetizada en esta máxima: Cuanta menor comunicación sea posible entre los Gobiernos, una mayor conexión será posible entre las naciones del mundo”. (215)

La hipótesis de Cobden pareciera estar corroborada por la reciente labor empírica de Gwartney, Lawson, y Block (1996), la cual destaca que cuanto mayor es el gasto gubernamental en una economía, peor será el desempeño de la misma. La información del panel de Knight, Loayza, y Villanueva (1996) también indica que el gasto militar retarda el crecimiento económico. Knight y otros (1996:27–8) formulan la hipótesis de que “el gasto militar afecta de manera adversa al crecimiento; a saber, mediante el desplazamiento de la inversión de capital humano y fomentando la adopción de diferentes clases de restricciones al comercio”.

La clave para una economía exitosa no es un pesado gasto militar sino una fuerte confianza en los mercados. Cobden (79) sostenía: “Ha sido a través de las pacíficas victorias del tráfico mercantil, y no mediante la fuerza de las armas, que los Estados modernos han dado lugar a la supremacía de las naciones más exitosa”. Cobden (103–4) esgrime al gasto militar más bajo de los Estados Unidos como un modelo a ser emulado: “El primero, y, en efecto, el único paso hacia la disminución de nuestro gasto gubernamental, debe ser el de la adopción de esa línea de política exterior a la cual los estadounidenses se han aferrado, con gran sabiduría y pertinacia, desde que se convirtieron en un pueblo”. El recortar el gasto gubernamental es la manera más sencilla de mejorar el desempeño económico.

3. ¿El comercio como una justificación para la guerra?

A pesar de que todos los economistas capaces reconocen al gasto militar como costoso, podría ser el caso de que esos costos resultasen necesarios para la existencia de los mercados. De serlo, la oposición al gasto militar sería efectivamente la oposición a los mercados—la postura de muchos conservadores. Esta línea de argumentación posee una larga historia. Por ejemplo, en el siglo diecisiete, el Rey Guillermo III declaró: “La necesidad de mantener el poderío marítimo del país, y de brindarle una adecuada protección al vasto comercio de mis súbditos, ha ocasionado cierto incremento en los presupuestos de la rama naval del servicio público”. (citado en Cobden, 217). Cobden veía como los argumentos en favor de los ejércitos eran vertidos en nombre de la empresa: “Todavía es popular, el pretexto de que las guerras y los armamentos permanentes, son para la protección de nuestro comercio”. (217)

Mientras que el comercio ciertamente posee características beneficiosas y la guerra no, quizás la sociedad deba mezclar a lo bueno con lo malo. Las únicas dos opciones podrían ser entonces las de aceptar a los mercados y al militarismo o la de oponerse a ambos. Cobden reconocía la popularidad de este punto de vista:

Una propuesta para reducir nuestros armamentos será resistida en base a la súplica de mantener una actitud adecuada, tal como se la denomina, entre las naciones de Europa. La intervención británica en la política de estado del Continente ha sido por lo general excusada bajo los dos pretextos arraigados de mantener el equilibrio de poder en Europa y de proteger a nuestro comercio. (196)

Pero para Cobden, este era un matrimonio falso: los mercados y los ejércitos no van de la mano. Consideraba que la justificación del comercio para el gasto militar era ilegítima:

Nos confesamos estar en gran medida en desventaja para comprender qué se quiere significar aquí con la protección del comercio a través de un incremento en los presupuestos navales. Nuestro comercio es, en otras palabras, nuestras manufacturas; y el primer interrogante que necesariamente tiene lugar es el de, ¿Necesitamos de una justificación para la fuerza naval, a efectos de custodiar a nuestros ingeniosos artesanos e industriosos trabajadores, o para proteger a aquellos preciosos resultados de su ingenio mecánico y a las manufacturas de nuestros capitalistas? (217–8)

El éxito de una economía depende de los logros de la libre empresa, la cual no depende del gasto militar.

Podemos observar esto viendo allí donde el gobierno destina sus recursos militares. Cobden (223) analizaba cuánto comercio existía entre Inglaterra y los Estados Unidos y se preguntaba: “Actualmente, ¿qué precaución es tomada por parte del Gobierno de este país para cuidar y regular a este valioso flujo de tráfico?” El comercio era extremadamente importante, pero los comerciantes se encontraban en gran medida dependiendo de ellos mismos. Con gran pasión, Cobden sostenía que el comercio difícilmente era dependiente de la armada:

¿Cuántas de estas costosas embarcaciones de guerra, las cuales son mantenidas a expensas del adicionado de muchos millones de libras al año, suponen nuestros lectores que se encuentran estacionadas en las bocas de Mersey y Clyde, para darles la bienvenida y para escoltar hasta Liverpool y Glasgow a los navíos mercantes procedentes de Nueva York, Charleston, y Nueva Orleans, acarreando todos ellos el inestimable cargamento de lana de algodón, del cual depende nuestra existencia comercial? ¡Ninguno! (223–224)

O el ejército:

¿Qué sector de nuestro ejército permanente, el que cuesta siete millones por año, se encuentra ocupado en defender esto más que al río Pactolus—esta dorada corriente de comercio, sobre la cual flota no solamente la riqueza, sino las esperanzas y la existencia de una gran comunidad? ¡Cuatro inválidos en la Batería de Perch Rock ocupan el codiciado cargo de defender al puerto de Liverpool! (224)

El mundo es demasiado grande como para vigilar cada milla del mismo, por lo que los comerciantes fueron librados a su suerte.

Pero nuestras exportaciones a los Estados Unidos alcanzarán …más de diez millones de libras esterlinas, y casi la mitad de esta suma va hacia Nueva York:—¿qué porción de la armada Real se encuentra estacionada en ese puerto para proteger la carga de nuestros comerciantes? La aparición de un navío del Rey en Nueva York sería un evento de una rareza tal que atraería la atención especial de los periódicos públicos; mientras que, a lo largo de toda la costa Atlántica de los Estados Unidos—la que se extiende, como lo hace, por más de 3.000 millas, y a la cual enviamos un cuarto de nuestras exportaciones totales anuales—se encuentran estacionados solamente dos navíos británicos, y estos dos poseen también sus estaciones en las Indias Occidentales. ¡No! Este comercio, sin paralelos en cuanto a su magnitud, entre dos naciones distantes, no requiere de armamento alguno como su guía o salvaguardia. (224)

El comercio entre las naciones era inmenso, pero los comerciantes británicos simplemente no podían contar con su armada para que los defendiese cotidianamente. Las fuerzas armadas británicas, pese a ser significativas, no estaban dedicando sus recursos a proteger a los comerciantes.

¿Entonces por qué tantos argumentos en favor de los ejércitos han sido vertidos en nombre del comercio? Un motivo puede ser el legado del mercantilismo, bajo el cual el gobierno jugaba un activo rol intentando manejar a la economía. Esto incluía el establecimiento de monopolios para el comercio con el exterior mediante la ley. Dado que el gobierno mantenía a estos monopolios comerciales por medio de las fuerzas armadas, la discusión sobre el comercio y los ejércitos iban juntas. Cobden explicaba:

Mientras que nuestro comercio descansaba sobre nuestras dependencias en el extranjero, tal como era el caso a mediados del siglo pasado—razón por la cual, en otras palabras, la fuerza y la violencia eran necesarias para dirigir a nuestros consumidores hacia nuestros fabricantes—era natural y consistente que casi todo discurso del rey debía aludir a la importancia de proteger al comercio del país, mediante una armada poderosa. (222)

Pero para Cobden estas políticas mercantilistas son inconsistentes con el libre comercio. Los ejércitos no necesitan involucrarse en el mantenimiento de monopolios.

Cobden favorecía el abandono de la conquista militar para el beneficio del ‘comercio’ y el reemplazarla con un sistema de libre intercambio. El involucramiento militar con el comercio es en su totalidad innecesario, tanto que el gasto superfluo podría ser recortado sin ningún perjuicio para el mercado. Se preguntaba (86): “¿Pero pretenderá alguien que entienda del tema, decirnos que nuestro comercio sufrirá con tal cambio?” El recortar el gasto no afectará al comercio. Cobden sostenía que el legado del mercantilismo debía ser abandonado:

Inferimos que es un principio del gobierno el de que la extensión de nuestro comercio con las naciones extranjeras exige para su protección del correspondiente aumento de la armada real. Ésta, somos concientes, era la política del siglo pasado, durante la mayor parte del cual el lema, ‘Buques, Colonias, y Comercio’, plasmado sobre el blasón nacional, se convirtió en la consigna de los estadistas, y era el sentimiento favorable de los escritores públicos; pero esto, lo cual significaba, en otros términos—‘Hombres o guerra para conquistar a las colonias, a fin de brindarnos un monopolio de su comercio,’ debe ahora ser rechazado, al igual que muchos otros igualmente resplandecientes pero falsos adagios de nuestros antepasados, y en su lugar debemos sustituirlo por la más casera, pero perdurable máxima siguiente: El abaratamiento, es lo que regirá al comercio; y cualquier otra cosa que sea necesaria lo seguirá en su séquito. (221)

La solución simple es la de implementar políticas amistosas hacia las empresas. El triunfo en el mercado mundial está determinado por la empresa privada exitosa, la cual no depende de la superioridad militar sino de los costos más bajos. Achicando drásticamente a las fuerzas armadas, esos ahorros podrían ser trasladados a los emprendimientos productivos.3

Para Cobden, las políticas de libre comercio precisan de poco respaldo militar. En verdad, Cobden sostenía que los mercados deberían sustituir a los ejércitos. El reemplazar a las relaciones militares con las relaciones comerciales conduciría a un significativo ahorro en impuestos, así como también a una mayor paz. Escribió:

Pero, además de dictar el desuso de los establecimientos bélicos, el libre comercio (para esa benéfica doctrina de la que estamos hablando) acoraza a sus devotos con su propia naturaleza pacífica, en esa verdad eterna—cuanto más una nación trafica con el exterior sobre principios libres y honestos, menos se encontrará la misma en peligro de guerras. (222)

En vez de generar relaciones antagónicas, el comercio alienta las relaciones pacíficas entre las naciones. Nada estimula tanto a la cooperación como un emprendimiento que resulta mutuamente ventajoso. La clave entonces está en la promoción del comercio, especialmente a expensas de los ejércitos. Continuó volviendo sobre este tema:

¿Dónde, entonces, deberíamos de buscar la solución para las dificultades, o cuánto importa para la necesidad que reclama un incremento de nuestro poderío naval? El comercio de este país, repetimos, radica para decirlo de otro modo en sus productores. (218)

La fortaleza naval no es la llave, la producción lo es. Lo que es bueno para los productores es bueno para la economía.

Cobden creía que el comercio florecería mientras los fabricantes fuesen capaces de reducir sus costos. Al igual que los economistas que se concentran en el principio de las ventajas comparativas, Cobden escribió:

En una palabra, nuestra existencia nacional depende del éxito de nuestros productores… Se nos pregunta, ¿Cómo se protege al comercio y mediante qué medios puede ser el mismo ampliado? La respuesta sigue siendo, mediante el abaratamiento de nuestras manufacturas. (219)

Como lo saben los economistas modernos, cuando los socios se especializan en aquello en lo que poseen ventajas comparativas, ello conduce a un incremento de la producción y del consumo para todas las partes involucradas. Desde entonces la economía moderna ha demostrado que el mercantilismo es una doctrina cuestionable a la que podemos reemplazar con políticas amenas al libre comercio.

4. ¿La libertad como justificación para la guerra?

El dilema acerca del comercio internacional es el de que el mismo involucra a más de una parte. Si un país adopta políticas hostiles hacia los mercados, ello reduce las oportunidades de otros para el comercio. ¿Podría beneficiar el liberar a dicho país tanto a sus ciudadanos como a sus libertadores? Los ciudadanos obtendrían el derrocamiento de su gobierno, y los libertadores tendrían a novísimos socios comerciales, por lo tanto ¿sería esta, después de todo, una situación en la cual ambas partes ganan? Cobden se refirió a estas justificaciones para el involucramiento militar en el exterior. Vio que los ruegos por la participación militar eran efectuados en nombre de promover el bien:

Nos toparemos aquí con una preposición muy general en favor de nuestra permanencia la que se encuentra llamada a ordenar entre los estados del Continente—lo cual significa…que Inglaterra deberá ser consultada antes de que cualquier otra de las naciones pretenda reñir o combatir; y que ella deberá estar lista, y deberá ser convocada, para tomar parte en toda contienda, ya sea como mediadora, segunda, o como principio. (194)

Cobden favorecía la preservación de la paz, pero se resistía a considerar que el involucramiento militar fuese un medio eficaz. Cobden juzgaba que el mismo no era favorable ni para el interés de la nación interventora ni para el del país distante.

Cobden esgrimió en primer término sus argumentos apelando al interés personal de sus compatriotas. Sostenía que un país podía complicarse a sí mismo en los asuntos de otros países, pero lo haría a costa de su peligro. Escribió:

Nuestro único propósito es el de persuadir al público de que la política más sabia para Inglaterra, es la de no tomar parte en ninguno de estos remotos altercados…Debemos sostener el derecho de colocar al tema sobre el fundamento del interés propio. No nos imaginamos, ni por un momento, que sea necesario para nosotros demostrar que no estamos llamados a preservar la paz y el buen orden del mundo entero. (127)

Pese a que existen muchos problemas, involucrarse en cada uno de ellos sería en vano. Escribió:

¿Sobre qué principio, comercial, social, o político—en resumen, sobre qué fundamento, consistente con el sentido común—la secretaría de asuntos extranjeros involucra a Gran Bretaña en las bárbaras políticas del gobierno Otomano, al riesgo manifiesto de guerras futuras, y del sacrificio pecuniario presente para atender a los armamentos permanentes? (211)

No solamente son costosos tales esfuerzos, sino que los mismos llevan a un país a la guerra. ¿Por qué debería de sorprenderse un país cuando el mismo es atacado después de que su gobierno ha estado enredado en problemas lejanos? Cobden consideraba que los países que no mantienen una presencia internacional estarían bajo un riesgo menor.

Incluso cuando otros gobiernos se encuentran proclives a equivocarse, ¿por qué correr el riesgo de enlodar las ya turbias aguas? Cobden veía al involucramiento británico con las naciones extranjeras como un problema. Afirmaba que los británicos no tenían nada que hacer al interferir con la política en ultramar. Escribió (195): “Si nos retrotraemos a los debates parlamentarios de los recientes reinados pasados, encontraremos a esta singular característica de nuestro carácter nacional—la pasión por inmiscuirnos en los asuntos de los extranjeros”. Con suficientes problemas en casa, ¿por qué preocuparnos de los problemas del mundo entero? Cobden escribió (33): “La opinión pública debe experimentar un cambio; nuestros ministros no deben ya más asumir la responsabilidad por las contiendas políticas cotidianas de toda Europa”. Para Cobden, la intervención es contraproducente:

Lo decimos nuevamente (perdónennos por la repetición de este consejo, pero escribimos con el único propósito de aplicarlo), Inglaterra no puede sobrevivir a su bochorno financiero, excepto si renuncia a esa política de intervención en los asuntos de otros Estados, la cual ha sido la fuente fecunda de prácticamente todas nuestras guerras. (104)

El involucrarse en el exterior coloca a una nación más en riesgo de padecer hostilidades. La guerra, por supuesto, es costosa para los ciudadanos de un país.

La segunda clase de argumentos para la intervención militar en el exterior es de tipo humanitario. Sí, es cierto, la intervención militar implica costos, pero cuando un país se encuentra bendecido con más libertad, la compasión exige ayudar a que los demás también la obtengan. Cobden reconocía esta línea de argumentación:

Inglaterra…parecía ocupar el cargo de un oficial de justicia del planeta. Por supuesto dicho puesto de honor no podría ser mantenido, o su dignidad afirmada, sin una adecuada concurrencia de guardias y funcionarios, y consecuentemente hallamos por eso en este periodo de la historia que grandes ejércitos permanentes comenzaron a ser convocados…y las provisiones reclamadas por el gobierno de tanto en tanto bajo la súplica de preservar las libertades de Europa. (197)

Mientras que Cobden favorecía la libertad a través de Europa, consideraba además que la acción militar no era la respuesta.

Cobden cuestionaba, sí, la guerra podría ser utilizada para promover los mercados. Como lo demuestra Higgs (1987), la guerra casi siempre conduce a incrementos de las facultades gubernamentales. Mientras que los argumentos a favor del militarismo son esgrimidos a menudo bajo el pretexto de promover la libertad, las guerras poseen el efecto de disminuirla. Simplemente destituyendo y reemplazando a los líderes del país no conducirá a más libertad. Cobden escribió:

No permitamos que jamás sea olvidado, que no es por medio de la guerra que los estados se tornan aptos para el disfrute de la libertad constitucional; por el contrario, mientras tanto el terror y el derramamiento de sangre reinen en el territorio, involucrando a las mentes de los hombres en los rigores de las esperanzas y de los miedos, no puede existir proceso alguno de pensamiento, ni ninguna educación encaminada, solamente mediante la cual puede un pueblo ser preparado para el disfrute de la libertad racional. (35–6)

La libertad precisa de la ilustración, la cual sólo puede provenir a través de la persuasión y de la educación, no de la fuerza militar.

La opinión pública necesita experimentar el cambio hacia el respeto por los derechos de propiedad; de otra forma una economía de mercado no puede existir. Cobden describía como los franceses estaban teniendo muchas dificultades precisamente debido a la guerra:

Así, tras una lucha de veinte años, iniciada en nombre de la libertad, no había transcurrido mucho desde las guerras de la revolución francesa, que todas las naciones del continente retornaron a su condición de servidumbre política previa, por la cual han estado, aún desde la paz, calificando para rescatarse a sí mismas, mediante el proceso gradual del progreso intelectual. (36)

Cobden veía a la transición hacia la libertad como una de aprendizaje que no podría ser impuesta mediante la fuerza bruta. Como lo escribiera Mises (1962:93): “La misma no puede ser alcanzada mediante un régimen despótico que en lugar de iluminar a las masas las hundan en la sumisión. En el largo plazo, las ideas de la mayoría, cuan perjudiciales las mismas puedan ser, continuarán”. Si deseamos mercados, el público tiene que estar convencido, no forzado, a apoyarlos.

Debido a que la guerra no hace prosperar a la libertad, las naciones extranjeras deben ser dejadas para que resuelvan sus propios asuntos, sin importan cuan complicados sean esos problemas. El sentirse motivado para intervenir y controlar la situación es una reacción natural, pero Cobden la consideraba una mala idea. En vez de tratar de reparar cada problema empleando su poderío, Inglaterra debería de permanecer al margen:

Con Francia, aún en las congojas de su última revolución, conteniendo a una generación de jóvenes y ardientes espíritus, sin los recursos del comercio, y de esa manera ardiendo por la excitación y la ocupación de la guerra; con Alemania, Prusia, Hungría, Austria, e Italia, todas dependientes para su tranquilidad de la frágil ligazón de sus súbditos a una anciana pareja de paternales monarcas; con Holanda y Bélgica, cada una enarbolando una espada; y con Turquía, no cediendo demasiado a la presión de Rusia, a medida que se hunde en un inevitable destino político y religioso—seguramente, con dichos elementos de discordia fermentando a toda Europa; se vuelve más que nunca nuestro deber el buscar un refugio natural ante la tormenta, para no ingresar en aquello de lo cual no podemos esperar beneficio alguno, sino tan solo terribles y renovados sacrificios. (35)

Precisamente en un momento de tanta discordia, la mejor política es la de la no-intervención. Lo último que un país debería hacer es adentrarse en la tormenta. Una nación, en cambio, debería concentrase en el libre intercambio. Cobden escribió:

Imaginemos que todos nuestros embajadores y cónsules fuesen instruidos de no tomar participación adicional alguna en los problemas internos de las naciones europeas …de dejar a todos esos pueblos con sus propias reyertas, y dedicar nuestra atención, exclusivamente, conforme el ejemplo de los estadounidenses, a los intereses comerciales de su país. (85–6)

En vez de comportarse como la policía del mundo, Inglaterra debería dedicar su energía al comercio. Dejando que los demás resuelvan sus problemas por sí mismos.

Al renunciar a las reyertas políticas, ¿se estaría abandonando a los demás? ¿Sería este el caso de un país que rehúsa ayudar a aquellos que tienen necesidad? Para Cobden, la respuesta era no. Consideraba que la economía de Inglaterra tenía la posibilidad de tornarse más libre cuando la misma carecía de las trabas que implicaba el entremetimiento en el exterior. Escribió:

Aquellos quienes, por un anhelo de asistir a la civilización, desean que Gran Bretaña se interponga en los disensos de los estados vecinos, serían sabios si estudiasen, en la historia de su propio país, cuan bien un pueblo puede, mediante la fuerza y la virtud de sus elementos autóctonos, y sin la asistencia externa de ninguna clase, solucionar su propia regeneración política: ellos deberían de aprender también, por sus propios anales, que es solamente con la paz con otros estados que una nación encuentra el tiempo libre para mirar dentro de sí misma, y descubrir los medios para alcanzar las grandes mejoras domésticas. (36)

Como lo demostrara el caso de Inglaterra, una nación puede mejorar su situación sin interferencias del exterior.

Cobden creía que el curso de acción más humanitario era aquel del laissez-faire. Una política de no-intervención ayudaría en verdad a otras naciones más que las políticas activas. Escribía:

Inglaterra, al dirigir calmadamente sus energías no divididas a fin de purificar sus propias instituciones, para la emancipación de su comercio…ayudaría, sirviendo así como un faro para las demás naciones, más eficazmente a la causa del progreso político por todo el continente, de lo que posiblemente podría hacerlo arrojándose a la contienda de las guerras europeas. (35)

Concentrándose en los problemas internos y en el libre intercambio, una nación se convertiría en un ideal para que las demás lo sigan. Actuar como un modelo para los otros podría ser mucho más útil para las naciones extranjeras que volverse enrevesada en sus conflictos.

Consideremos al comercio entre los Estados Unidos e Inglaterra en el siglo diecinueve. Aún cuando la unificación política estaba ausente, existían las relaciones pacíficas. ¿Por qué? Debido a que los sectores privados de ambas economías se encontraban muy entrelazados. Explicaba Cobden:

Inglaterra y los Estados Unidos se encuentran ligadas juntas con ataduras pacíficas mediante la más fuerte de todas las ligaduras que pueden vincular a dos naciones entre sí, claramente, los intereses comerciales; los cuales, cada año que pasa, hacen más imposible, si puede emplearse el término, una ruptura entre ambas. (78)

Gran parte de la producción de Inglaterra depende de las materias primas importadas desde los Estados Unidos. Cuando los grupos son interdependientes, la agresión es menos probable. Por ejemplo, la posibilidad de que Inglaterra y los Estados Unidos se enfrenten en una guerra es baja. Pero contrastemos a la relación anglo-estadounidense con la de los países donde no existe el intercambio. En tales caso, ambos países tienen menos que perder.

Si consideramos allí donde el conflicto existe, este pareciera ser el caso. El conflicto por lo general tiene lugar allí donde las barreras al intercambio se encuentran presentes. ¿Han producido los embargos alguna vez más cooperación? ¿Han generado los embargos una mayor libertad? La evidencia empírica que muestra la ineficacia de estas políticas es escasa. La interferencia gubernamental con el comercio es lo peor para la paz.

Bajo el libre comercio, con cada nueva relación comercial existe un vínculo entre partes que de otra forma estarían separadas. Al expandir el comercio alrededor del globo, las naciones desarrollarán relaciones más pacíficas. En este ámbito las relaciones gubernamentales son superfluas. Cobden escribió:

Inglaterra…ha…unido por siempre a dos hemisferios remotos en los lazos de la paz, colocando a Europa y a los Estados Unidos en una dependencia absoluta e inextricable uno del otro; las clases industriosas de Inglaterra, a través de la energía de sus emprendimientos comerciales, se encuentran en este momento influenciando a la civilización del mundo entero, al estimular el trabajo, excitar la curiosidad, y promover el gusto por el refinamiento de comunidades bárbaras, y, por encima de todo, al adquirir y enseñarle a las naciones vecinas el benéfico apego por la paz. (149)

Las políticas que incrementan el intercambio llevan a un incremento de la paz. Cobden estaba acertado: el comercio es la gran panacea. Si deseamos promover un mundo de paz, debiéramos de promover un mundo de mercados libres.

5. Conclusión

Los argumentos para las fuerzas armadas en nombre de los mercados poseen una larga historia, pero el escritor del siglo diecinueve Richard Cobden trató estos argumentos de modo frontal. El gasto militar no es un fomento para la economía—el gasto militar implica costos significativos. Las campañas del gobierno incrementan el riesgo de la guerra e incrementan la carga sobre los contribuyentes. Pese a afirmaciones en contrario, los ejércitos no son útiles para el comercio. El éxito nacional depende de la empresa privada, no del poderío militar. Las fuerzas armadas deben desempeñar un activo rol regulando al comercio bajo el mercantilismo, pero no bajo el libre comercio. La vasta mayoría del comercio no depende en absoluto de los ejércitos. La clave es crear una atmósfera en la cual las empresas sean libres de innovar y de reducir sus costos—una política que beneficiaría a todas las naciones. Defendiendo los principios del libre comercio y sirviendo como un faro, las naciones puedan afianzar la libertad más eficazmente que yendo a la guerra. El libre comercio promueve la cooperación internacional, y la cooperación internacional promueve la paz. Contrariamente a los puntos de vista prevalecientes, los mercados y la guerra no marchan de la mano. El mercado promueve la paz.

Notas

1. Si bien no era un pacifista en sus principios, Cobden se oponía al gasto militar sobre bases económicas (Bresiger, 1997:48).

2. Cobden trazó una distinción entre el interés de la clase productiva y el interés del gobierno. Como Baumol (1990) lo ha enfatizado, en economías donde demasiado espíritu emprendedor es dedicado al gobierno en vez de al mercado, menos innovaciones beneficiosas tendrán lugar.

3. Cobden (104) escribió: “Por este curso de la política, y solamente por éste, deberíamos de ser capaces de reducir a nuestro ejército y a nuestra armada a un nivel más cercano al de las cargas correspondientes de nuestros rivales estadounidenses.”

Referencias

Baumol, William (1990) “Entrepreneurship: Productive, Unproductive, and Destructive.” Journal of Political Economy 98: 893–921.

Bresiger, Gregory (1997) “Laissez Faire and Little Englanderism: The Rise, Fall, Rise, and Fall of the Manchester School.” Journal of Libertarian Studies 13: 45–79.

Cobden, Richard (1903) The Political Writings of Richard Cobden London: Fisher Unwin.

Gwartney, James, Lawson, Robert y Block, Walter (1996) Economic Freedom of the World: 1975–1995. Vancouver: Fraser Institute.

Hazlitt, Henry (1996) Economics in One Lesson. San Francisco: Laissez Faire Books.

Higgs, Robert (1987) Crisis and Leviathan: Critical Episodes in the Growth of American Government. Oxford: Oxford University Press.

Higgs, Robert (1992) “Wartime Prosperity? A Reassessment of the U.S. Economy in the 1940s.” Journal of Economic History 52: 41–60.

Knight, Malcolm, Loayza, Norman y Villanueva, Delano (1996) “The Peace Dividend: Military Spending Cuts and Economic Growth.” International Monetary Fund Staff Papers 43:1–37.

Mises, Ludwig Von (1962) The Ultimate Foundation of Economic Science. Princeton, New Jersey: Van Nostrand.

Orwell, George (1944) “Review: The Road to Serfdom by F.A. Hayek, The Mirror of the Past by K. Zilliacus.” Observer abril 9.

Traducido por Gabriel Gasave

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