Sarkozy, una luz de esperanza para Francia
Por Gerardo Bongiovanni
El Diario Exterior
Hace algunos años, un economista amigo oriundo, me pidió que lo acompañase, durante el tórrido verano madrileño, a escuchar la conferencia de un político francés que organizada una fundación.
“Será Presidente de Francia”, profetizó por ese entonces mi amigo con suma seriedad. “O al menos, debería serlo, ya que es el único político francés que dice cosas distintas y modernas”. De hecho, Nicolás Sarkozy -el joven y casi desconocido disertante- no parecía francés, su apellido parece más polaco que galo y su lenguaje directo distaba mucho de aquel al que acostumbra la dirigencia franca.
Pero lo que más me llamó la atención fue lo que Sarkozy decía, sus afirmaciones no solo apuntaban a las causas profundas de los problemas de Francia, sino que además llegaban al corazón de sus “vacas sagradas”: el sistema laboral; el gravoso estado de bienestar; la política cultural; el mito de mayo del `68 y tantos otros equívocos, que habían convertido a ese país dinámico y admirable en la post-guerra, con De Gaulle y Rueff a la cabeza, en esta sociedad anquilosada, conservadora en el peor sentido de la palabra, e incapaz de modernizarse o entender con claridad hacia donde marcha el mundo. Y sobretodo, responsabilizando de sus males siempre a otros.
La victoria de Sarkozy en la reciente elección abre una esperanza al postergado cambio en Francia. La pregunta del millón es ¿lo logrará?
El estancamiento, en números
En 1975 el PBI per capita francés era uno de los primeros del mundo, apenas 1.500 dólares por debajo del americano. Hoy la diferencia entre el ingreso medio americano y el francés llega a casi 10.000 dólares (40.000 en EEUU, 30.000 en Francia), ocupando Francia un lejano lugar 20 en la privilegiada tabla.
El Índice de Libertad Económica que elaboran el Wall Street Journal y Heritage Foundation, ubica a Francia en el puesto nº 45, por detrás de países como Portugal, Hungría, las nórdicas -y supuestamente socialistas- Suecia y Noruega, y aún del Reino Unido (puesto nº 6) y de la propia Alemania (nº 19). Esto explica que Gran Bretaña haya superado no sólo el producto global, sino también el per cápita de los franceses, desplazándola como segunda potencia europea luego de décadas.
El Índice de Competitividad que prepara el World Economic Forum ubica al país galo en el puesto nº 18, y el Doing Business del Banco Mundial (que mide la facilidad para hacer negocios, por parte de las PyMES) en el puesto nº 35, detrás de Armenia y Sudáfrica, por ejemplo. Tampoco parece brillar en su integración al mundo, ya que el Índice de Globalización ubica a Francia en la posición nº 18, muy léjos de la exitosa Irlanda y superada incluso por Croacia y la República Checa.
Otros indicadores económicos e institucionales, muestran también la perfomance mediocre de Francia; ocupa el lugar nº 18 en Percepción de Corrupción (Indice de Transparency International), el nº 27 en el ranking de Opacidad (Kurtzman Group), y el nº 19 en el de Tecnología, por detrás de Austria y Corea, por ejemplo.
El prestigioso Politécnico no le ha permitido tampoco mantener un gran posicionamiento en Eficiencia Gubernamental, en donde apenas ocupa el lugar nº 19, por detrás incluso del ineficiente gobierno americano.
Alguien dirá, ¿y los indicadores sociales? Porque los gobiernos franceses se han dedicado a lo social, ¡y cómo! Las Naciones Unidas -que nadie tilda de pro capitalistas- dan cuenta de que Francia dejó de estar hace tiempo en los “Top Ten” de Desarrollo Humano (PNUD, 2005), ocupando hoy un modesto puesto nº 16, a la cola de países mucho más globalizados y con mayor libertad económica como Australia, Holanda y Finlandia. También claro, de EEUU y otra vez de la propia Gran Bretaña (que para daño del orgullo galo también la ha superado en este aspecto).
La posición de Francia en el severo ranking de exámenes educativos TIMSS, da cuenta que tampoco ha podido evitar que los nuevos dragones, Singapur, Corea, y Hong Kong, le saquen notables diferencias en lo que a educación refiere.
Todo esto es consecuencia de un esquema de “welfare state” exagerado, combinado con una mentalidad anticapitalista muy difundida entre las clases dirigentes, políticas e intelectuales, y una mezcla de rechazo e indiferencia a las posibilidades que ofrece la globalización. Todo ello ha sumido a ese hermoso país en el estancamiento, lo que se refleja en las magras tasas de crecimiento de su economía, que se ubican, junto a Italia, en las más bajas de la zona del euro.
El valor del Trabajo
La carga tributaria total como porcentaje del PBI es en Francia del 51,1%, el doble que en EEUU (26,8%) y muy por encima de Gran Bretaña (37,2%) y Suecia (44,3%), Especialmente gravosa es la carga impositiva sobre el costo salarial total, duplica a la americana y es 60% mayor que la británica.
Justamente, uno de los puntos centrales del discurso de Sarkozy -lo era en aquel verano madrileño y lo es ahora- es la reivindicación del trabajo y la necesidad de que las políticas públicas apunten a la generación de empleo. “La principal política social -dice el Presidente electo- debe ser generar empleos”. Y Francia no los ha generado en los últimos años. De hecho, por cada 100 personas que tenían empleo en 1960, hoy tienen trabajo apenas 130 (mientras que en EEUU por cada 100 puestos de trabajo en 1960 hay hoy 220). En tanto los franceses en edad de trabajar aumentaron desde 1960 el 53%, los puestos de trabajo sólo el 30%, explicándose así el recurrente y sostenido desempleo.
Sarkozy, directo al punto, dice que no se generará trabajo atacando a quienes lo generan, y que “no se puede decir que uno apuesta al valor del trabajo, y al mismo tiempo, generalizar las 35 horas semanales, seguir cargándolo con impuestos y estimular la mentalidad del asistido, del que cobra del estado para no trabajar”. Para lo cuál, propone reformar el estado, “un trabajo que haga verdaderamente su labor, y domine las feudalidades, corporativismo e intereses particulares”, flexibilizar y bajar los costos del sistema laboral, fomentar el incentivo a trabajar, y mejorar la productividad y competitividad de las empresas francesas. “El trabajo -dice Sarkozy, en palabras que parecen para la Argentina- es el respeto, es la dignidad, es la ciudadanía real,. Con la crisis del valor del trabajo, es la esperanza la que desaparece”. (1)
… Y el Mayo Frances?
Pero donde mayor contundencia adquiere Sarkozy es en la identificación de las causas de los problemas y la parálisis de Francia: las herencias de Mayo del 68. “Los herederos del 68 -dice el Presidente electo- han impuesto la idea de que todo vale, de que no hay ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo cierto y lo falso (…) entre el maestro y el alumno (…) que no hay diferencias entre el valor y el mérito. Habían proclamado que todo está permitido (…) que la víctima cuenta menos que el delincuente (…) como si la sociedad fuese siempre la culpable y el delincuente el inocente.”
Y su crítica a la izquierda francesa -otrora admirada y hoy desprestigiada – es también demoledora: “Esos políticos dan lecciones que jamás aplican a sí mismos (…) Proclama: haced lo que yo digo pero no hagáis lo que yo hago (…) Defienden los servicios públicos pero jamás se han subido a un colectivo (…) aman la escuela pública pero mandan a sus hijos a la privada (…) siempre encuentran excusas para los violentos a condición a que se queden en sus barrios, que esa izquierda jamás visita.” Critíca también a los que se dicen defensores de los trabajadores pero promuevan el clientelismo o medidas que impiden generar trabajo, como las polémica jornada de 35 horas o las huelgas salvajes.
Por cierto, más allá de las diferencias de riqueza y desarrollo entre Francia y Argentina, muchas de las cosas que dice Sarkozy parecen escritas para la Argentina.
No le será fácil: los sindicatos, los anacrónicos militantes estudiantiles, los que viven -y quieren seguir haciéndolo- del clientelismo, se opondrán y resistirán los cambios. Porque se dicen progresistas pero son rancios conservadores de privilegios. Y como decía Alberdi, es difícil discutir con alguien cuya supervivencia política depende de no dejarse convencer.
No será fácil. Pero Francia tiene ahora, una pequeña, una muy pequeña luz de esperanza para recuperar su grandeza. La que todos admiramos y añoramos.
(1) Discurso de Bercy, 29/04/2007.
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