Sobre “El desafío de las sectas”
Por Marcos Antonio Ramos
Diario Las Americas
El artículo de mi admirado amigo Alvaro Vargas Llosa publicado la semana pasada es sumamente interesante y creo que ha interpretado formidablemente el nuevo pluralismo religioso que se ha ido imponiendo en América Latina. Los iberoamericanos han acogido nuevos estilos de expresar el sentimiento religioso en concordancia con la tendencia universal de apertura a otras formas de religión, preferible al excesivo secularismo del Viejo Mundo. Hace muy bien don Alvaro en mencionar que “la competencia jamás perjudicó a un consumidor. Ni siquiera en las cuestiones del espíritu”.
La Reforma del Siglo XVI facilitó una extraordinaria renovación de la Iglesia Católica y la llegada masiva de inmigrantes católicos obligó al protestantismo estadounidense a adoptar nuevas metodologías.
Acierta el columnista al resaltar que instituciones tradicionales que disfrutaron de mucho poder pueden perder contacto con las realidades de nuestro tiempo. Y la radicalización de un sector del clero y la promoción de la Teología de la Liberación, independientemente de su énfasis en los pobres, contribuyó a desconcertar a sectores de la población que rechazan sabiamente posturas revolucionarias. Una contribución notable es reconocer ciertos énfasis del movimiento evangélico, o de un sector del mismo, en relación con la necesidad de no depender tanto del Estado para “la solución de todos sus problemas”. Reconoce generosamente que los evangélicos “alentaron… a los pobres a establecer toda clase de asociaciones de ayuda voluntaria para suministrar los servicios que las autoridades nunca se cansaban de prometer pero se mostraban incapaces de proporcionar”.
Pero hay problemas con sus datos históricos. Aunque don Alvaro reconoce, sobre el desafío al espacio tradicionalmente ocupado por el catolicismo, que “la amenaza no es tan reciente”, algunas afirmaciones suyas no coinciden con la historia del movimiento evangélico en América Latina. Según el columnista “aunque el protestantismo logró penetrar furtivamente en América Latina incluso en la época colonial… el verdadero desafío comenzó en la década de 1950 con la llegada de los Testigos de Jehová…”
Lo “furtivo” del protestantismo en la “época colonial” es correcto, aunque pudiéramos señalar datos interesantes desde el siglo XVI. No olvidemos las colonias de hugonotes y calvinistas destruidas por portugueses en Brasil. Ahora bien, cuando hace la transición hacia 1950 se nota una apreciable inexactitud. El protestantismo no siguió siendo simplemente una presencia “furtiva” después de la independencia como parece implicar. Mucho menos “el desafío” tiene relación con la “llegada de los Testigos de Jehová”, un movimiento que jamás ha sido aceptado, ni siquiera remotamente, por los protestantes históricos o por los nuevos movimientos evangélicos. Nada tan distante del protestantismo como los Testigos de Jehová, únicamente los mormones de Utah y el autoproclamado “Anticristo” de Hialeah.
El protestantismo histórico entra en América Latina despacio y gradualmente a partir de la independencia. Entre sus “conversos” o sus más entusiastas partidarios estuvieron figuras tan notables como José María Luis Mora el gran escritor liberal mexicano de mediados del siglo XIX. La lista es larga. Para aquella época, el emperador don Pedro II de Brasil abría la puerta del país a decenas de miles de protestantes extranjeros y Benito Juárez favorecía, casi abiertamente, al protestantismo sobre el catolicismo en México. Algunos pudieran llamar a don Benito “el padre del protestantismo mexicano” a pesar de que no se le podía reconocer una afiliación confesional como gobernante. Al llegar el 1900 había infinidad de iglesias y escuelas protestantes en todos los países latinoamericanos, incluyendo las últimas posesiones españolas de Cuba y Puerto Rico.
En 1916 se celebró en Panamá un congreso panamericano de iglesias y misiones protestantes con representación de toda América Latina, superado numéricamente por el celebrado en La Habana en 1928. A fines de este año 2007 en el Volumen VII de la Historia General de América Latina publicada por la UNESCO aparecerá un trabajo mío acerca de la relación entre el protestantismo y la llegada al poder de los liberales en América Latina en el siglo XIX y otro sobre el proceso de separación Iglesia/Estado en la región.
En 1950, fecha ofrecida por Don Alvaro, ya había algunos millones de protestantes en América Latina, entre ellos 360,000 en Cuba, y casi una docena de presidentes de nuestros países habían estudiado en escuelas protestantes.
En Perú el misionero presbiteriano John A. Mackay futuro rector de Princeton había sido profesor de Metafísica en San Marcos y en biografías de Víctor Raúl Haya de la Torre se menciona a Mackay como la persona que le daba asilo a don Víctor Raúl en su casa en épocas de persecución política en Lima. Ya para entonces la revista protestante “La Nueva Democracia” circulaba en toda la región con artículos de Haya, de mi inolvidable Luis Alberto Sánchez y de otros grandes escritores, no necesariamente protestantes pues incluían curiosamente a Raúl Roa, Juan Marinello y hasta a José Vasconcelos, enemigo del protestantismo en México, pero amigo de los protestantes en el extranjero.
Eso sí, sería, sería en las décadas de 1950 y 1960 que entraría significativamente el pentecostalismo, movimiento algo marginal para la teología protestante, y que hoy agrupa a decenas de millones de latinoamericanos.
Aclarado esto, en base a mis pasiones con datos que quizá no interesen a mucha gente, felicito a don Alvaro por su magnífica interpretación de la actual realidad protestante latinoamericana. Eso es lo que importa. Lo de “sectas” lo dejo para otro día.
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