Los libros nos hacen libres
Por Miguel Godos Curay
El Regional de Piura
No es fácil promover la lectura con maestros poco afectos por los libros. La lectura bajo presión no surte ningún efecto mágico ni provoca ningún goce espiritual intenso. Pocos son los privilegiados que leen placenteramente disfrutando de historias alucinadas y apasionantes. Un buen libro es como un bocado exquisito que convoca hambre insaciable, es una provocación interior. Un libro se disfruta como la belleza femenina y como el agua a sorbos en el oasis.
Como en la especie humana hay buenos y malos autores. Los hay aburridos, cacofónicos, insulsos, repetitivos, aflautados, torpes, resentidos, ahuecados y estreñidos. No faltan los precarios, coprolalicos, arrogantes y estúpidos. Hay libros con vocación de eternidad pero también para morir en el olvido. Hay libros que provocan rebeldía interior y sacuden el alma humana y la inflaman para los raptos revolucionarios. Hay libros que convocan la alegría y despierten en nosotros el niño que mantenemos oculto bajo la piel. Hay libros contestatarios que demuelen el orden establecido e inflaman con inaudita rebeldía.
Hay libros que encajan perfectamente en la desolación adolescente y en la fantasía juvenil esos son colocados junto al corazón como un indescriptible privilegio humano. Hay libros llenos de ciencia que construyen los pilares de la lógica y la inteligencia. Hay libros que nos recuerdan las primeras letras y nos llenan de emoción porque fueron el primer silabario de la escuela. Hay libros que despiertan el héroe que llevamos dentro y nos elevan por encima de nuestras miserias.
Hay libros blasfemos que desafían a Dios y que nos recuerdan los tormentos interiores de las almas cautivas en el calabozo de la razón. Hay libros que huelen a pañuelo limpio y a papel nuevo que nos emocionan con alegría. Hay libros de páginas húmedas por las lágrimas. Hay libros de cura o de abogado releídos la vida misma porque de ahí se extrajeron respuestas necesarias. Hay libros de viajero que son verdaderos compañeros de viaje en la soledad del trajinante. Hay libros de maestro de escuelita rural que reposan como guerrero al final de la batalla en la alforja pobre. Hay libros que como panza de gentil burgués envejecen sin haber sido leídos en un estante.
Hay libros de biblioteca pública mutilados por una alimaña escolar. Hay libros que tienen precio de sangre y son los que como botín de guerra las hordas salvajes arrancan de los pueblos. Hay libros de universidad que esperan ser catalogados para cumplir su función docente. Hay libros que nos consuelan al final de la vida y son como un bálsamo para el moribundo. Como repetía la vieja maestra en la escuela: “Un libro roto es un alma que sufre, un libro abierto es un maestro que enseña, un libro cerrado es un amigo que espera”. Los libros son para la inteligencia como el agua para la vida. Los libros hacen a los hombres libres de las ataduras de la ignorancia y del desconsuelo. Una ciudad sin libros. Un pueblo sin lectores es una comunidad de seres sin sustancia humana. Sin inteligencia y sin la indescriptible emoción de hacer realidad sus más grandes aspiraciones y sueños de grandeza y universalidad.
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