La economía visualizada como proceso decisorio
Por Juan Carlos de Pablo
Revista Fortuna
Cuando James Lipton, vicepresidente del Actor’s Studio, al director de “Cantando bajo la lluvia” le preguntó cómo se filmaba un musical, Stanley Donen contestó: “Miro bailar y me pregunto; ¿dónde pongo la cámara?”. Con esta respuesta Donen indicó que la clave está en la perspectiva desde la cual se analiza la realidad.
Casi cuatro décadas de analizar cotidianamente la política económica argentina y sus resultados, me convencieron de la enorme utilidad de visualizar eso que denominamos “economía” desde la perspectiva de los procesos decisorios.
Se trata de un enfoque personalizado, en el sentido de que le quita importancia a las mercaderías y los servicios como tales, para privilegiar a los seres humanos que a través de sus decisiones, las relacionan. Ejemplo: el cine y el helado pueden ser sustitutivos para Juan, quien no consiguiendo entradas para ver su película favorita se compró un flor de cucurucho lleno de americana y chocolate; y complementarios para Pedro, quien no puede comer un helado excepto luego de ver una buena película.
En el caso de la política económica, más que realizar pronósticos numéricos o utilizar la técnica de los escenarios, identifico quién manda (no importa el lugar que ocupe en el organigrama formal del Gobierno. Ejemplo: en la Argentina hoy miro al presidente Kirchner, no a la ministra Miceli), lo semblanteo, y me pregunto cuán intensiva en información y decisiones es la política económica, y si tiene el tiempo a su favor o en contra.
Visualizar la economía a través del prisma de los procesos decisorios no es un acto de voluntarismo, porque el proceso decisorio humano tiene sus reglas, sus restricciones, su “estilo”, etc. Y como enseña la experiencia, los estilos no se cambian porque se llevan en la sangre, de manera que constituyen un buen punto de partida para conjeturar pasos futuros del gobernante, de cuyas decisiones depende quien me hace una consulta profesional.
Todo esto viene a cuento cuando, observando lo que hizo el Gobierno con el INDEC, las exportaciones de carne vacuna, la política de control directo de precios o la “política energética”, algún colega sugiere lo fácil que resultaría superar determinada dificultad, para lo cual habría que introducir modificaciones en el proceso decisorio.
Ejemplos: el Poder Ejecutivo podría decir que se equivocó de medio a medio con el INDEC, por lo cual dispone volver a calcular el índice de precios al consumidor como se lo venía haciendo hasta fines de 2006, al tiempo que repone en sus cargos a los funcionarios desplazados; podría decir que se equivocó de punta a punta con el control directo de los precios, por lo cual dispone la correspondiente liberación; y podría decir que se equivocó fiero con el congelamiento de las tarifas de los servicios privatizados o concesionados en la década de 1990, y podría disponer correcciones tarifarias y nuevas convocatorias, pero en serio, a los prestadores, para que –luego de los años necesarios para recuperar el tiempo perdido– la situación volviera a normalizarse.
Quien pretende ser relevante nunca argumenta en el vacío. Se argumenta aquí y ahora, en una circunstancia internacional, con un contexto político local definido, y dentro de un estilo. Como consecuencia de lo cual, eso que en ausencia de “restricciones institucionales” luce muy fácil, de hecho es casi imposible. Cuando escucho argumentar como si las restricciones decisorias no existieran me acuerdo de quienes tienen la solución de todos los problemas matrimoniales de los demás, pero todavía no dieron en la tecla con los problemas de su propio matrimonio.
Principio que en las Sagradas Escrituras fue clarificado con el “ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”.
Si la perspectiva económica basada en los procesos decisorios sugiere que resulta tan difícil corregir un rumbo, anticipa que las correcciones se hacen a las trompadas. Como la salida del tipo de cambio fijo en marzo de 1962 (Frondizi, Guido), a mediados de 1970 (Krieger Vasena, Dagnino Pastore), marzo de 1981 (Martínez de Hoz) o diciembre de 2001 (Cavallo). Como la salida de los controles directos de precios y congelamientos en 1974 (Acuerdo Social) y 1986 (Plan Austral). ¿Por qué le pegamos a Rodrigo, Sigaut o Remes Lenicov, y no a quienes generaron las condiciones que los volvieron necesarios?
Aquí y ahora en la Argentina tenemos estancamiento manufacturero y de la construcción, tasa de inflación variable dependiendo del producto que se venda, y el lugar donde se vende (pero en todos los casos superior al “dibujo” oficial), y aumento salarial de por lo menos el doble de la publicitada cifra oficial. En estas condiciones, el horizonte decisorio de cada uno de nosotros necesariamente se reduce.
Sólo Dios sabe si el Gobierno introducirá ajustes en su política económica, ahora que la crisis energética dejó de ser el “cuco” del que hablaban los nostálgicos de la década de 1990, para transformarse en una realidad que cada día aprecian más compatriotas. Pero frente a la ingenuidad implícita en quienes creen que las decisiones se pueden modificar con la facilidad con la que se cambia el neumático del auto, la perspectiva de los procesos decisorios plantea dudas originadas en la inercia propia de dichos procesos.
Distingamos entre posibilidad y probabilidad. Posibilidad es un concepto cualitativo (las cosas son posibles o imposibles), probabilidad es un concepto cuantitativo (frecuencia con la que aparece el número 4 en la cara superior, cada vez que se arroja un dado). ¿Es posible que el presidente Kirchner cambie su estilo decisorio, que el próximo 24 de junio Filmus le gane a Macri, y que Julia Roberts conteste afirmativamente mis e-mails? Es posible. Pero apostaría muy pero muy poco a cualquiera de los tres eventos mencionados.
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