La sociedad del mérito. ¿dónde estás, Ortega?
Por Bernardo Rabassa
ABC
Yo acuso a la sociedad española actual, en la que me incluyo, de frívola, acomodaticia y ramplona, adocenada, instalada en el servilismo y en la contracultura, abotargada y hedonista, egoísta y preocupada sólo por el bienestar material, como lo demuestran las encuestas del CIS, y sólo parcialmente interesada por la opinión publicada, básicamente de las televisiones, que ponen a disposición de todos los ciudadanos la mayor y más amplia bazofia cultural de toda la historia de nuestro país, salvo contadas y rarísimas excepciones.
Yo acuso a la sociedad española de ser insensible al dolor, de los miles de muertos por el tráfico, o por el terrorismo, o por la enfermedad. De insensibilidad ante el sufrimiento ajeno, apenas mitigado por la falsa caridad, transformándola en ocupación a veces lucrativa de las ONG, o de la Seguridad Social, o de la Ley de Dependencia, de Violencia de Género, etc…
Yo acuso a la sociedad española de corrupción en el nivel más alto jamás alcanzado, y donde los corruptos son modelos a seguir por el resto de los que no tienen oportunidad de serlo.
Yo acuso a la sociedad española de “famoseo”, donde por lo general los “famosos” objetos del deseo brillan de forma especial por sus defectos y por la incapacidad de “esforzarse” lo más mínimo, salvo para pavonearse como pavos reales.
Yo acuso a la sociedad española de “crispación” de ping-pong diario y permanente entre el Gobierno y la oposición, sin llegar jamás a ningún lado, a la vez que de profunda escisión entre izquierdas y derechas.
Yo acuso a la sociedad española de admitir la “chulería” de los terroristas vascos, que no sólo violan la legalidad sino que hacen burla de ella.
Yo acuso a la sociedad española de mentir en el día a día, de no respetar el medio ambiente, la ciencia o la
cultura, y de no valorar ningún esfuerzo que no suponga dinero.
Carpe diem. Hegel nos lo gritaría a voces: “¡sois esclavos y no señores!” Porque nos gusta mucho más abrillantar zapatos que arriesgar en la aventura de la vida. Nadie quiere ser empresario, todos funcionarios.
¿Quién respondería que sí a un anuncio como el siguiente en los principales periódicos?: “Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo bajo. Mucho frío. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito…”
Los hombres que contestaron en 1914 a este anuncio de Ernest Henry Shackleton pasaron dos años en la Antártida con su barco, el Endurance, aprisionado y destruido por los hielos. Sólo la tenacidad de su capitán logró, después de un largo viaje por los hielos, devolverlos dos años más tarde a su país.
¿Honor y reconocimiento? Son hoy palabras vacías. ¿Es que acaso el mérito no significa nada para las nuevas generaciones de españoles? Y el mérito se adquiere en la educación, que desgraciadamente, ley tras ley, ha ido fracaso tras fracaso, perdiéndose el respeto no ya a los maestros y profesores, sino a la propia cultura y a la ciencia. ¿Quién necesita aprender si una máquina diabólica como el ordenador y algún que otro buscador, nos resuelve el problema inmediato? Es cierto que Internet nos ha llevado a una Sociedad de la Información, de tales magnitudes que resulta incomprensible, sin el adecuado entrenamiento para poder establecer una crítica, como la de la Razón Pura de Kant.
Ante la globalización, la única solución es la revolución del ciudadano, individuo, frente a lo social, para poder sentirse libre en un mundo urbano, lleno de millones de seres. Debe, pues, buscar en sí mismo la razón de su existir como ser único e irrepetible, libre de elegir. Pero para ello, el conjunto de los ciudadanos debe volver a regenerar en toda la Sociedad el mérito y el valor de la ciencia, la cultura y la civilización, que nuestros mayores nos legaron, y para ello hay que luchar, que denunciar, como el “yo acuso”, de Emile Zola en la Francia de Dreyfus. Ortega y Gasset no fueron dos, como algunos estudiantes lerdos creen, sino el hombre que consiguió canalizar la libertad y los valores en el siglo XX, que el acervo cultural de los españoles había reunido en los pasados siglos.
Hoy, estamos faltos de un filósofo de su talla, que proclame con voz firme la importancia de los valores y del mérito para la sociedad del futuro.
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