La rosa blanca…
Por Diego Márquez Castro
Correo del Caroní
“Un gobierno libre no hace daño a los ciudadanos”
En 1933 un Adolfo Hitler soberbio y rugiente espetó a los alemanes y al mundo el siguiente discurso: “Cuando un adversario declara: no seguiré a su lado; yo digo tranquilamente: sus hijos me pertenecen ya…¿quién es usted? Usted pasará. Sus descendientes, por el contrario, están ahora en el nuevo campo. En poco tiempo ellos no sabrán más que de esta nueva comunidad”.
En 1937, sobre el mismo tema señaló: “Este nuevo Reich no le entregará su juventud a nadie, sino que tomará a la juventud y le dará su propia educación y su propia enseñanza”. ¿Una fanfarronería del Hitler? La verdad que no, sus palabras se cumplieron cuando mediante subterfugios pseudojurídicos los padres perdieron prácticamente el derecho a la patria potestad, el cual fue asumido por el Estado omnipotente.
De esta forma, la niñez y la juventud alemana de ese tiempo fue arropada, regimentada y adoctrinada dentro de los ideales del nacional socialismo. Al respecto el periodista William Shirer comentaba que “antes de 1933, las escuelas públicas alemanas habían estado bajo la jurisdicción de las autoridades locales, y las universidades bajo la de los estados individuales. Ahora todas estaban puestas bajo el férreo mando del ministro de Educación del Reich. Era él también quien nombraba a los rectores y decanos de las universidades, que, antes eran elegidos por el claustro formado por todos los profesores. La Asociación de la Catedráticos de la Universidad, bajo la dura dirección de los nacional socialistas, desempeñó el papel decisivo de seleccionar quiénes iban a enseñar y qué iba a enseñarse de acuerdo a las teorías nazis”. Es decir, que la autonomía universitaria había sido aplastada por el totalitarismo, las universidades habían sido purgadas de profesores y estudiantes disidentes o no colaboracionistas, la libertad de cátedra había desaparecido y las libertades de expresión y pensamiento habían sucumbido en las hogueras en las cuales se quemaron libros de autores execrados por los nuevos inquisidores, ante lo cual el catedrático Roepke dijo: “Fue una escena de prostitución que manchó la honorable historia de la enseñanza alemana”.
Ante tal estado de sopor y de dominación política en el cual fue sumergida la universidad germana, nadie podía ni siquiera sospechar o hacerse la mera ilusión de que del seno de la misma emergiese algún tipo de protesta, disidencia o cuestionamiento al régimen nacional socialista, el cual, confiado al extremo en su poderío y sus métodos de dominación, jamás tampoco previó ese tipo de situaciones. Sin embargo, en lo más profundo del alma mater comenzaba a bullir el espíritu de la libertad. Iniciándose la década de 1940, en la Universidad de Munich, cinco estudiantes que rondaban la veintena, formaron la Sociedad de la Rosa Blanca, la cual abogaba por la resistencia no violenta a los tiranos nazis. Los integrantes de este grupo fueron Hans Scholl y su hermana Sophie, quienes lo lideraban; Christoph Probst, Alexander Schmorell y Willi Graf, a quienes se unió el profesor Kurt Huber.
Ese movimiento universitario estaba basado en principios cristianos y rechazaba el militarismo de la Alemania nazi. Por otra parte la Rosa Blanca creía en una Europa federada adherida a los principios cristianos de la tolerancia y la justicia. En los folletos y manifiestos en los cuales expusieron su pensamiento, citaron ampliamente a la Biblia, Lao Tse, Aristóteles y Novalis, al igual que a Goethe y Schiller, apelando a lo más emblemático del pensamiento germano, el cual consideraron como absolutamente opuesto a la ideología nacional socialista. Al inicio, sus textos fueron distribuidos mediante envíos masivos por correo, dirigidos a remitentes en ciudades de Baviera y Austria, dado que asumían que la gente del sur de Alemania, tal vez menos permeada por el nazismo, sería más receptiva a su mensaje antimilitarista y antitotalitario.
Los varones del grupo, pese a su juventud, ya habían estado en el frente de guerra y conocido de las atrocidades llevadas a cabo en nombre de la supremacía de la raza. Ellos no solamente contemplaron con horror los niveles de deshumanización a los cuales el nacional socialismo había sometido a su generación en los campos de batalla sino que palparon el dolor de los judíos, los gitanos y los disidentes políticos, quienes fueron maltratados y deportados a los campos de la muerte. Obviamente, el Holocausto no fue para ellos una invención del sionismo. Igualmente, a esas alturas de la Segunda Guerra Mundial, eran conscientes de que Hitler estaba conduciendo a su pueblo a la destrucción total y que perdería la guerra…
Es así como a partir de la segunda mitad de julio de 1942, la Rosa Blanca adoptó una posición más determinada y enérgica y, por supuesto, más arriesgada contra Hitler y su régimen, distribuyendo profusamente sus escritos y pintando eslóganes antinazis por todo Munich. Las crónicas de la época relatan que los jóvenes se arriesgaron a llevar tales actividades a las puertas de su universidad y así, el 18 de febrero de 1943, en una jornada en la cual entregaron sus manifiestos a los estudiantes universitarios, Sophie Scholl tomó la decisión de ascender hasta lo alto del atrio de la universidad y lanzar al viento los últimos folletos y en tal situación fue observada por un vigilante, miembro del partido nazi, quien la arrestó junto con su hermano. Fue el principio del fin para el grupo. Sobre ellos cayó la Gestapo, siendo interrogados y remitidos a un enjuiciamiento por parte de un tribunal… nazi.
De esta manera, el 22 de febrero de 1943, los Scholl, sus compañeros y el profesor Huber fueron encontrados culpables de traición a la patria por el juez Roland Freisler, quien presidía aquel “Tribunal del Pueblo de Alemania”, quien los condenó a ser ejecutados en la guillotina ese mismo día. Y en cuanto a quienes se incriminó haber ayudado al grupo y por haber recolectado dinero para socorrer a la viuda del profesor y a sus hijos, recibieron sentencias entre los seis meses y los diez años… Al finalizar la guerra y desaparecer el régimen de Hitler, la Rosa Blanca pasó a representar la oposición a la tiranía en la psique alemana al no haber perseguido fines que involucraran a sus miembros con la búsqueda del poder. Hoy, en una Alemania que resurgió de las cenizas en las que la sumergió el engendro nazi, signada por una adhesión total a la democracia, la libertad y la justicia, se han dedicado dos plazas ubicadas en el campus de la Universidad de Munich, en recuerdo de Hans y Sophie, sus compañeros y el profesor Huber. Asimismo, varios colegios, calles y lugares en toda Alemania poseen nombres in memoriam de los miembros de la Rosa Blanca. Igualmente, el cine alemán contemporáneo ha producido filmes dedicados a la gesta de estos jóvenes amantes de la libertad, los héroes de la Sociedad de la Rosa Blanca…
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