Reunificación familiar, pero ante una reja
Por Eileen Truax
La Opinión, Los Angeles
Familias pasan un rato juntas con un ‘invitado de hierro’ entre Tijuana y EE.UU.
Podría ser un día en la playa como cualquier otro: la familia llevó comida, toallas que acomodó sobre la arena, sombrillas para protegerse del sol, sandalias, lentes y sombrero.
Leo y Lucía, cada uno sentado en una silla, platican tomados de la mano, con un único inconveniente: uno de ellos está en México, el otro en Estados Unidos y los separa una reja de barrotes de acero de siete pulgadas de grosor.
Como Leo y Lucía, decenas de familias con integrantes de uno y de otro lado de la frontera se citan cada fin de semana en el Border Field State Park, del lado estadounidense, y Playas de Tijuana, del lado mexicano.
Paradójicamente, antes de la construcción de la reja el parque se llamaba Friendship Park (Parque de la Amistad), y la gente podía pasar libremente de un lugar al otro.
Ahora, los familiares de uno y otro lado conversan, comen algo juntos y se toman de la mano así, sin abrazos.
“Nos hablamos por teléfono y nos ponemos de acuerdo; buscamos la manera de estar juntos”, explica Lucía, quien vive en Tijuana.
Leo, su esposo desde hace seis años, vive en Los Ángeles, trabaja en una empresa que fabrica partes electrónicas para la NASA y para los mísiles que utiliza el Ejército estadounidense. Él es residente legal de Estados Unidos.
Lucía tenía una visa láser que le permitía visitarlo algunos fines de semana, pero hace un mes cruzaron la frontera en un auto con una persona que utilizaba documentos falsos. Ellos dicen que no lo sabían.
El Servicio de Inmigración y Ciudadanía (USCIS) les quitó sus documentos. Lucía ya no puede entrar a EU y Leo espera una cita en un tribunal para ver si será deportado o no. Mientras se resuelve su situación, los fines de semana se ven de esta manera.
“El muro que está enfrente de nosotros divide mucho, no se puede entender”, dice Leo, quien no suelta la mano de su esposa.
“Es algo que a nadie se le desea. Tener un muro, cuando el aire y el agua son lo mismo y todos sufrimos igual, güeros, blancos, morenos; de todas las razas somos sensibles, somos humanos”.
La situación de Leo y Lucía es común en esta zona, en la que el muro de 10 millas de longitud, que forma parte del proyecto Triple Border Fence, se convierte en reja y permite a las familias platicar.
Durante una tarde regular se puede apreciar a pequeños grupos reunidos en este punto, bromeando, contándose un secreto o comprando con dólares una paleta helada que venden en un carrito del lado de Tijuana. La paleta sí cabe por la reja.
Lucía sabe que en Washington se discute una posible reforma migratoria, pero no cree que los legisladores sepan de una situación como la de la gente que viene a este sitio a buscar una reunión familiar.
“Ellos están con su familia en Estados Unidos. Todos juntos, no se pueden imaginar lo que es para una familia estar separados”.
Ellos sí tienen ún “férreo”; amor fraternal
Víctor, quien se encuentra del lado estadounidense, se quita los zapatos y se los pasa a un hombre tijuanense para que los bolee del otro lado.
Mientras espera descalzo, platica con su hermano Miguel Ángel, a quien no veía desde hace un año. Víctor no puede salir de Estados Unidos y Miguel Ángel no tiene visa.
A través de la reja, Miguel Ángel carga a la pequeña Evelyn, de 2 años, quien parece preguntarse cómo es que el tío no se pasa para acá.
“Nomás sabe que es su tío, pero como que sí se le hace triste que nomás nos vemos, pero no nos podemos tocar por el muro”, dice Miguel Ángel, quien vino a este punto acompañado de su esposa y sus dos hijas.
“Vengo a visitar a mi hermano por la reja, que es como podemos vernos”, explica.
“A veces es un poco deprimente, porque no hay nada como darle un abrazo, estrechar su mano, estar en contacto físico con él. Pero ahora, como está la situación, no más es verbal”, dice.
El bolero le regresa los zapatos a Víctor a través de la reja; todos ríen ante lo absurdo de la situación. “No más los zapatos vinieron a México”, dice Miguel Ángel.
Unos metros más adelante, la reja de gruesos barrotes se desliza sobre la arena y se introduce en el mar. Pero no llega más allá. Unos niños nadan alrededor de ella y pasan libremente de un lado al otro, bajo la mirada indiferente de un agente de la Patrulla Fronteriza que vigila desde una colina. Dos niños hacen un hoyo en la arena en territorio mexicano; otros tres chapotean en suelo estadounidense.
Alguien relata que hace tres semanas se veían “delfines brincando a lo lejos”, también pasando de un lado al otro. “Y nadie les pedía los papeles”, dicen riendo.
“Hay mucha gente del lado americano con muchos años sin arreglar sus papeles”, dice Miguel Ángel. “Es un poco denigrante poner un muro, si somos vecinos; ellos ocupan tanto de uno, como uno de ellos”.
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