¿Quién es Gordon Brown?
Por Ian Davidson
Diario Las Americas
Por fin Gordon Brown recibe de manos de Tony Blair el cargo de primer ministro de Gran Bretaña, concretando así su ambición de toda la vida, como por derecho. Ese es su primer problema. No ha sido elegido por nadie -ni por el Partido Laborista, ni por los votantes británicos; simplemente se topó con una herencia que durante mucho tiempo creyó que le correspondía.
¿Cómo hará, entonces, Brown para adquirir legitimidad como nuevo líder de Gran Bretaña? Lo único que queda claro es que no ganará legitimidad si sólo entrega más de lo que Blair ha estado ofreciendo los últimos diez años.
El segundo problema de Brown es la imagen espejo del primero. Como alto funcionario del gobierno de Blair en todo su mandato, comparte responsabilidad por todo lo que Blair ha hecho. Los analistas políticos suelen asegurar que detectan diferencias importantes en sus actitudes políticas subyacentes. Sin embargo, en la práctica, Brown permaneció en las sombras, administrando hábilmente la economía, pero manteniéndose silencioso y enigmático sobre cuestiones políticas vitales y, aparentemente, respaldando todo lo que hizo Blair.
Si Brown quiere ganar legitimidad, debe ofrecer algo nuevo; pero sólo puede hacerlo si se distingue del legado de Blair de maneras claramente perceptibles –y, por ende, bastante radicales-. Esta será una tarea difícil de llevar a cabo.
Quizá la única cuestión interna más importante que enfrenta Brown tiene que ver con dónde está parado en el equilibrio entre el libre mercado y los reclamos de política social. El gobierno de Blair desplazó al Partido Laborista bastante a la derecha de sus prioridades tradicionales de proteger a los desamparados, y para justificar el cambio rebautizó al partido “Nuevo Laborismo”.
En muchos sentidos, el apoyo del gobierno de Blair a las políticas de libre mercado resultó ser un cambio sagaz y productivo. La economía de Gran Bretaña creció más sostenida y rápidamente de lo que lo había hecho durante varias generaciones, y el ingreso fiscal generado por el crecimiento le permitió al gobierno dedicar dinero a la educación y al Servicio Nacional de Salud. Pero esto tuvo un costo, o más bien varios.
En primer lugar, la desigualdad aumentó en ambos extremos de la escala de ingresos. En el extremo inferior, la proporción de la población con un ingreso por debajo de la línea de pobreza aumentó del 13% al inicio del gobierno de Blair al 20% actualmente. Esta situación es mucho peor entre las minorías étnicas. Y, a pesar de los esfuerzos del gobierno, la pobreza infantil también aumentó en el gobierno de Blair.
En el extremo superior, los ingresos de los mega-ricos se dispararon, con repercusiones predecibles, especialmente en el mercado inmobiliario. La preocupación pública sobre esta cuestión se ha agravado mucho más debido a los reclamos de que los ricos se enriquecen aún más al pagar pocos impuestos.
En un momento se pensaba que Brown creía en los valores tradicionales del Partido Laborista. ¿Era verdad? ¿Es verdad ahora? ¿Qué dirá sobre la desigualdad?
Desafortunadamente, se percibe que Blair y su gobierno están contaminados por algunas de las características menos atractivas del capitalismo de libre mercado. El propio Blair parece preferir tener “amigos” que son muy ricos y que le prestarán sus mansiones de veraneo en la Toscana. Esta “cercanía” llevó a la policía a investigar denuncias de que algunos donantes del Partido Laborista han sido recompensados con honores políticos. En resumidas cuentas, el gobierno de Blair exuda un aura de corrupción política y amiguismo. ¿Puede Brown demostrar que es diferente?
La peor parte del legado de Blair, por supuesto, es la guerra en Irak. Muchos predijeron, y hoy todos lo pueden ver, que la decisión de invadir era un error desastroso; que está teniendo consecuencias catastróficas, no sólo para Irak, sino también para Estados Unidos y Gran Bretaña. La cuestión más crítica que enfrenta Brown es si elige distanciarse del argumento autosuficiente e ilusorio de Blair de que la invasión de Irak era “lo que había que hacer”.
Gran Bretaña ya redujo sus fuerzas en el sur de Irak y está en proceso de reducirlas aún más a medida que depositen la “seguridad” en manos de la policía y el ejército de Irak. En realidad, por supuesto, la guerra civil y de guerrillas que se está llevando a cabo en el resto de Irak significa que cualquier seguridad en el sur sólo puede ser una ilusión temporaria. La opción que enfrenta Brown es aferrarse silenciosamente a la política existente, con la vana esperanza de que el problema desaparezca, o reconocer explícitamente la participación de Gran Bretaña en el desastre.
Esto, en parte, tiene que ver con qué hacer ahora en Irak; pero también tiene que ver con la relación de Gran Bretaña con Estados Unidos. En retrospectiva, es evidente que la participación de Gran Bretaña en la guerra de Irak se vio propiciada exclusivamente por la decisión de Blair de adherirse como lapa a Estados Unidos. Brown cree, y lo ha dicho, que Gran Bretaña siempre debe ser buena amiga de Estados Unidos; y obviamente eso es lo que hay que creer y decir. Pero, ¿está preparado para dejar en claro que existe una diferencia entre ser un amigo cercano e ir a una guerra ilegal y desastrosa sólo para complacer a George W. Bush?
Hasta el momento, no hay ningún indicio de que lo vaya a hacer. Si bien públicamente lamentó los errores en la inteligencia británica sobre Saddam Hussein, ésta es simplemente una manera de trasladar la culpa del gobierno a los servicios de inteligencia. Pero no fueron los servicios de inteligencia los que decidieron ir a la guerra; fue Tony Blair, con el apoyo de Gordon Brown.
Ian Davidson es asesor y columnista del European Policy Centre, en Bruselas. También fue columnista del Financial Times y su libro más reciente es Voltaire in Exile (Voltaire en el exilio). Copyright: Project Syndicate, 2007. www.project-syndicate.org Traducción de Claudia Martínez
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