La venta de la Copa América
Por José Mª García-Hoz
ABC
Los lectores de ABC han podido disfrutar de las que, sin duda, han sido las mejores crónicas periodísticas de las sucesivas regatas de la Copa América. Pedro Sardina, entreverando su condición de experto y de periodista, ha ofrecido un relato cargado de pasión, en el que los lectores expertos encontraban elementos técnicos para valorar críticamente el desarrollo de cada ceñida y de cada empopada, pero como el cronista utilizaba un lenguaje de compromiso divulgador, los no iniciados también podíamos entender los diferentes lances de la competición. Pasión, solvencia, divulgación: los elementos del mejor periodismo.
Pero al cronista Sardina se le torcía el gesto cuando hablaba de los acompañamientos sociales a la competición propiamente dicha. No he hablado con él en estos días, que bastante trabajo tendrá, pero al leer alguna de sus columnas de opinión resultaba sencillo imaginar su gesto torcido y su voz tronante, propios del perpetuamente joven viejo lobo de mar: esmóquines por aquí, top models por allá, políticos por acullá… ¡Señores, que esto es una competición deportiva, no una pasarela socio-política! ¡Mantengan al pijerío fuera!
Pobre Pedro y pobres de los que como él creen que la Copa América es una competición deportiva. Cuentan todos ellos con mi respeto y admiración, pero me veo en el penoso trance de comunicarles que aquel espíritu de competición entre sportsmen de la mar naufragó definitivamente en algún punto entre Newport (R.I) y Auckland (Nueva Zelanda). Lo de Valencia no ha sido propiamente una competición deportiva, sino otra cosa, no sé si mejor o peor, pero distinta. Tampoco los Juegos Olímpicos ni el Campeonato Mundial de Fútbol son lo que eran: hace tiempo que estas competiciones deportivas punteras se convirtieron en una pieza más del engranaje económico.
Una advertencia inmediata: como el engranaje económico mundial no es una máquina de hacer el mal, ser pieza del mismo tampoco incluye connotaciones perversas o corruptas. Cada quien puede juzgar la transformación como le parezca oportuno, pero el hecho de que la competición por ganar la Jarra de las Cien Guineas haya dejado de ser un asunto privado, reservado a unos pocos miles de pringadillos de la vela, y haya pasado a movilizar en cada edición miles de millones de dólares, miles de personas y millones de televidentes, no significa necesariamente que la Copa América vaya a peor.
La Copa América ha fijado decididamente rumbo a convertirse en una plataforma publicitaria del estilo de otros grandes eventos deportivos internacionales. Al fin y al cabo, si hay empresas que anualmente fabrican millones de coches, o de teléfonos, o de ordenadores, o de que lo que sea, resulta del todo lógico que esas compañías busquen plataformas publicitarias al nivel de sus necesidades. Salvo el caso de algunos esforzados patrocinadores españoles que estaban allí por razones de compromiso, todos los equipos estaban esponsorizados por empresas multinacionales, con aspiraciones a implantarse o a consolidarse como marcas de nivel y referencia global. A estos efectos, los equipos con nombre y apoyo económico de países como China o Suráfrica tenían el mismo objetivo comercial de las marcas, ser reconocidos mundialmente, aunque sus motivaciones fueran políticas.
Hoy es la Copa América y mañana aparecerá otro evento con pretensiones de convertirnos a todos en apasionados de un deporte que no conocíamos. La demanda de nuevos soportes publicitarios está ahí y existen gestores despabilados capaces de convertir un evento deportivo de larga tradición elitista en un espectáculo de seguimiento masivo. Lo hizo Bernie Ecclestone en la Fórmula-1 y parece que el dueño del Alinghi, Ernesto Bertarelli, está en camino.
Insisto: lejos de mi intención está denunciar algo que no me parece perjudicial, sino dar testimonio de la evolución del sector del marketing, tan importante para dar salida a las producciones masivas del sector industrial y de servicios. Hace sólo cincuenta años, el negocio de los bancos consistía en captar dinero en depósitos y prestarlo en créditos. Ahora el sector bancario es más importante, pero aquella vieja actividad de tomar y prestar representa una parte cada vez más pequeña del negocio. Evidentemente, muchas actividades económicas han dejado de ser lo que eran, pero esa evolución resulta necesariamente negativa, aunque a los románticos como Pedro Sardina les duela.
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