Relaciones entre EE.UU., China y América Latina: Retos y oportunidades
Publicado originalmente en
(Austin)
2 de julio, 2025
Tras la caída del Muro de Berlín, Francis Fukuyama acuñó la famosa frase “el fin de la historia” para caracterizar una nueva época marcada por la democracia liberal y el triunfo del capitalismo estadounidense sobre el comunismo soviético. Sin embargo, varias décadas después, esta afirmación parece cada vez más cuestionada, pues Estados Unidos ya no ostenta un dominio indiscutible en el escenario mundial de las ideas y la geopolítica.
El fin del “fin de la historia”
China -junto con Rusia, que afirma su influencia desde su posición euroasiática- se ha posicionado cada vez más como un desafío al liderazgo mundial, antaño indiscutible, de Estados Unidos. Considerada en su día como la “niña mimada” de Occidente, la adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001, con el apoyo de Estados Unidos, marcó un momento crucial en su ascenso. Hoy, la potencia asiática se disputa abiertamente la autoridad estadounidense en la escena mundial. Es esencial reconocer que la herencia de la civilización china se remonta a más de 5.100 años, mucho antes del establecimiento de la República Popular en 1949. En las últimas décadas, China se ha convertido en una potencia económica en rápido crecimiento, que atrae importantes inversiones extranjeras directas, sobre todo de Estados Unidos, debido a su estabilidad política, fiabilidad manufacturera, alta productividad y competitividad de costos en relación con las economías occidentales.
Esta sólida base económica ha permitido a China pasar de una postura defensiva a un papel global más asertivo y expansionista. Su compromiso geopolítico y geoeconómico en América Latina ejemplifica una estrategia deliberada a largo plazo destinada a ampliar su influencia global. Bajo el liderazgo de Xi Jinping, China es cada vez más consciente de su imperativo estratégico de asegurarse el acceso a los mercados y a los recursos naturales para mantener a sus más de 1.400 millones de habitantes, casi una quinta parte de la población mundial. Al mismo tiempo, el sistema político chino, basado en un modelo autoritario, contrasta con las democracias republicanas occidentales. Diversas evaluaciones internacionales, como las elaboradas por la organización no gubernamental Freedom House, califican sistemáticamente a China de “no libre” en términos de libertades civiles y políticas. Esta evaluación subraya la profunda divergencia ideológica entre el modelo chino y las normas democráticas que defienden muchas naciones occidentales.
En cambio, Estados Unidos ha seguido una política exterior moldeada por los imperativos de transparencia y las limitaciones institucionales inherentes a su sistema democrático, en el que cada administración entrante cambia a menudo de prioridades y estrategias. En este marco, principios como el de “América para los americanos”, en el que se basó la Doctrina Monroe de 1823, pretendían limitar la implicación europea en el hemisferio occidental. Con el tiempo, sin embargo, esta doctrina evolucionó hacia una política más centrada en fomentar la cooperación del sector privado, especialmente en el contexto del compromiso de Estados Unidos con América Latina.
En la actualidad, Estados Unidos sigue siendo la principal fuente de inversión extranjera directa (IED) en América Latina, seguido de España y los Países Bajos. En 1994, Estados Unidos trató de profundizar la integración económica en todo el hemisferio mediante la propuesta del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Sin embargo, la iniciativa no pasó de su fase inicial y provocó una intensa reacción nacionalista en varios países, sobre todo en Venezuela, donde el presidente Hugo Chávez denunció el ALCA como “un nuevo intento de invasión y colonialismo”. Su infame frase, “¿ALCA? ¡Al carajo!”, se convirtió en emblema de la oposición generalizada en algunas partes de la región. A raíz de este revés, Estados Unidos cambió su planteamiento, persiguiendo una serie de acuerdos comerciales bilaterales y regionales. Entre los más importantes figuran el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) con México y Canadá, y el Tratado de Libre Comercio entre la República Dominicana, Centroamérica y la República Dominicana (CAFTA-DR), que incluye a Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y la República Dominicana.
El nuevo juego de Trump
Estas iniciativas estadounidenses se basaban en la lógica posterior a la Segunda Guerra Mundial de que el libre comercio sería el embajador más eficaz de la nación, promoviendo la paz y la prosperidad y reduciendo el atractivo mundial del autoritarismo. Sin embargo, el ascenso de China ha introducido una estrategia de desarrollo mucho más rápida y asertiva que contrasta claramente con los enfoques diplomáticos más cautelosos que las potencias occidentales han favorecido tradicionalmente. La falta de limitaciones institucionales y la ausencia de separaciones claras entre sus ramas de poder han permitido a China actuar con mayor rapidez y decisión que Estados Unidos. Las inversiones estratégicas chinas en importantes infraestructuras -como puertos, almacenes frigoríficos, ferrocarriles y proyectos energéticos- subrayan su compromiso de construir una “ruta global de la seda” destinada a ampliar su influencia económica y geopolítica.
Desde la elección de Donald Trump para un segundo mandato, la política comercial estadounidense ha dado un marcado giro hacia el proteccionismo. La retirada de su administración del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TTPC) y la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) reflejan un cambio más amplio hacia la priorización de los intereses económicos nacionales sobre los compromisos multilaterales. Este enfoque de “América primero” ha introducido cierto grado de incertidumbre, especialmente en América Latina, donde muchos gobiernos temen que la reducción del acceso al mercado estadounidense pueda afectar negativamente a sus economías, impulsadas por las exportaciones.
América Latina se encuentra en una encrucijada ante la creciente influencia de China y el giro proteccionista de Estados Unidos, lo que sitúa a la región en una posición compleja y delicada. Los países latinoamericanos se ven cada vez más obligados a navegar entre potencias mundiales competidoras para diversificar sus alianzas económicas y políticas. China ofrece inversiones a gran escala con menos condiciones de gobernanza y transparencia de las que suelen exigir las democracias occidentales, pero Estados Unidos sigue siendo un socio comercial y de inversión clave, aunque con una postura más aislacionista. El reto de la región consiste en gestionar esta rivalidad estratégica sin comprometer su autonomía y su capacidad para negociar acuerdos equilibrados que sirvan a los objetivos de desarrollo de América Latina, sin tornarse excesivamente dependiente de ninguna de las dos superpotencias. Caminar con éxito por esta cuerda floja será fundamental para garantizar la prosperidad y la estabilidad geopolítica de la región a largo plazo.
El original en inglés fue publicado por el Civitas Institute de The University of Texas at Austin el 2 de julio de 2025.
Gabriel Gasave es director del Centro para la Prosperidad Global en el Independent Institute y miembro de BeLatin. Obtuvo su maestría en economía y administración de empresas en la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas (ESEADE) en Buenos Aires, y su título de abogado en la Universidad de Buenos Aires.
Martin Simonetta es director ejecutivo de la Fundación Atlas para una Sociedad Libre. Es licenciado en Relaciones Internacionales (Universidad del Salvador) y tiene una maestría en Política Económica Internacional (Universidad de Belgrano). Además, completó un Programa de Posgrado en Psicología Positiva (Fundación Foro).
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