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Hemos perdido la guerra en Afganistán. Deberíamos marcharnos ya.
14/8/2017
Ivan Eland

En una reciente reunión, el presidente Trump les dijo acertadamente a sus generales que estaban “perdiendo” la guerra en Afganistán, rechazó su estrategia propuesta y los envió a la mesa de dibujo para crear una nueva.

Como ocurre con el alcoholismo crónico, del compulsivo entrometimiento estadounidense en los asuntos de otros países sólo se puede salir admitiendo que el problema existe en primer lugar.

El presidente Trump ha logrado parcialmente este primer paso al reconocer lo que ha sido evidente durante años, pero una conclusión aún más iluminada sería que la guerra ha estado “perdida” desde hace bastante tiempo y que la única solución es retirar a las fuerzas estadounidenses tan pronto como sea posible.

Sin embargo, esa no es la nueva estrategia que los generales probablemente pergeñarán. En cambio, como en Vietnam, seguirán diciendo—y probablemente incluso lo crean—que un cambio de rumbo es posible. Han tenido 16 años para “ganar” la guerra, pero abyectamente han fallado en hacerlo.

En cualquier guerra de contrainsurgencia, si los insurgentes no están perdiendo, están ganando. Combatir al estilo guerrillero significa que los insurgentes emplean tácticas de atropello y fuga contra los puntos débiles de un enemigo generalmente más fuerte (usualmente un gobierno o fuerzas extranjeras) y luego huyen antes de que el bando más fuerte pueda atraparlos.

Con el tiempo, los guerrilleros esperan agotar a la parte más fuerte, y si se trata de un ocupante extranjero, tornar la guerra tan costosa en vidas y dinero que ese participante eventualmente regrese a su casa.

Los guerrilleros talibanes en Afganistán no solo están ganando al no perder y al aguantar, están ganando absolutamente al capturar y mantener más porciones del territorio del gobierno afgano.

Así, después de 16 años de lucha, aproximadamente 2.400 militares estadounidenses muertos, más de 20.000 heridos, 1.200 contratistas civiles de los Estados Unidos muertos y un enorme medio billón de dólares (trillón en inglés) desperdiciado en este atolladero, en lugar de recortar sus pérdidas, la administración Trump parece estar dispuesta a dejar que los militares vuelvan a escalar la guerra enviando de 3.000 a 5.000 efectivos estadounidenses adicionales.

Tales fuerzas continuarán “asesorando y asistiendo” a las crónicamente analfabetas, incompetentes, corruptas y desertoras fuerzas de seguridad afganas. Y a pesar de lo que puntualiza la descripción de sus tareas, las fuerzas de los Estados Unidos libran combate y aún continúan sufriendo bajas.

Si 100.000 efectivos estadounidenses no pudieran doblegar a Afganistán, la única manera que las fuerzas afganas entrenadas por los EE.UU. podrían hacerlo es si fueran fuerzas impecablemente honestas y competentes que conociesen el pulso del pueblo afgano—de modo tal que pudiesen obtener buena inteligencia acerca de quiénes son los insurgentes clandestinos y neutralizarlos. No obstante, no vale la pena ni siquiera fantasear con esta quimera.

Pero si los Estados Unidos se retirasen completamente de Afganistán, ¿no volvería el país a caer en el caos y sería un refugio para futuros ataques terroristas contra los Estados Unidos? Después de todo el ISIS se encuentra actualmente en Afganistán, y algunas fuentes afirman que el grupo está ahora cooperando con los talibanes para atacar objetivos estadounidenses y afganos.

También, en el Afganistán occidental, Irán está intentando actualmente mantener inestable a Afganistán mediante el aprovisionamiento a los talibanes de armas, fondos y combatientes para emplearlos contra las fuerzas estadounidenses y afganas. (El aliado de los EE.UU., Pakistán, siempre ha apoyado a los talibanes al este y sur de Afganistán para que hagan lo mismo).

El principal problema de la política exterior estadounidense es que, como un adicto en perpetua negación, no se ha cuestionado antes que nada acerca de por qué Osama bin Laden y al Qaeda perpetraron los ataques del 11 de septiembre desde Afganistán.

El Presidente George Bush W. nos dijo que al Qaeda nos había atacado debido a nuestras “libertades”, las cuales enfurecían a bin Laden, quien entonces retóricamente preguntó por qué él en cambio no había atacado a Suecia.

Nadie quiso escuchar lo que bin Laden seguía repitiendo: atacó a los Estados Unidos debido a la presencia militar estadounidense en la tierra santa islámica de Arabia Saudita y al trato dado por los Estados Unidos a los países musulmanes—el entrometimiento estadounidense en el Medio Oriente.

El hecho de comprender la motivación de bin Laden para los atentados no es para condonar tales atrocidades brutales sino para intentar encontrar un discreto cambio en política de los Estados Unidos que pudiese quitarle presión a la yihad islamista.

El gobierno estadounidense debería haber arribado introspectivamente a la conclusión de que el intervencionismo de los Estados Unidos en el Medio Oriente había ayudado a generar el problema, o al menos lo había exacerbado, y dirigido más contra los Estados Unidos.

Donald Rumsfeld, entonces secretario de Defensa de George W. Bush, oportunamente preguntó después del 11 de septiembre, “¿Estamos creando a más terroristas que los que estamos matando?”.

Nunca nadie ha contestado esa pregunta, pero la respuesta correcta era y es “Sí”, especialmente después de la invasión de suelo musulmán en Irak y las guerras aéreas contra los terroristas en Pakistán, Yemen, Somalia, Libia y Siria que actualmente han abarcado tres administraciones presidenciales estadounidenses.

Incluso antes de eso, las administraciones de Carter y Reagan ayudaron a crear al Qaeda mediante la financiación de los mujahidines, guerrilleros radicales afganos, en la década de 1980 y George H.W. Bush motivó a bin Laden para comenzar su guerra con los Estados Unidos al dejar innecesariamente a las fuerzas militares estadounidenses en Arabia Saudita después de la primera guerra del Golfo.

Los Estados Unidos también crearon lo que eventualmente se convirtió en ISIS, el cual surgió como una resistencia a la invasión estadounidense de Irak. En Pakistán, la guerra de Estados Unidos en Afganistán se deperdigó en ese país y así creó a los talibanes pakistaníes.

En Somalia, el apoyo estadounidense para una invasión etíope de Somalia generó virulentamente el grupo islamista Al Shabab.

En Yemen, la documentación empírica ha demostrado que el bombardeo de los Estados Unidos de al Qaeda en la península arábiga (AQPA es la sigla como se la conoce en inglés) ha aumentado el número de combatientes que están siendo reclutados por el grupo.

Actualmente, los Estados Unidos están en guerra en por lo menos siete países islámicos. El hecho de que fuerzas no musulmanas estén combatiendo en tierra musulmana enoja incluso a los musulmanes moderados.

Antes del boom estadounidense del fracking, aun cuando los Estados Unidos eran más dependiente del petróleo extranjero, no resultaba rentable utilizar fuerzas militares masivas para “salvaguardar” aquello que era proporcionado de una manera mucho mejor por el mercado mundial de petróleo, pero actualmente esa política es aún más absurda.

Si alguien duda de que un perfil más bajo de los Estados Unidos en los países musulmanes podría reducir el terrorismo revanchista, el caso del Líbano en la década de 1980 debe ser examinado. El grupo islamista chií Hezbolá atacaba regularmente objetivos estadounidenses, pero después de que los Estados Unidos retiraron sus fuerzas de ese país, los ataques gradualmente se atenuaron.

Los Estados Unidos necesitan salir de Afganistán para bien y terminar sus otras guerras aéreas en los países musulmanes. Ninguno de estos países resulta estratégico para los Estados Unidos, y las guerras allí meramente generan una retaliación no deseada. Estas guerras menores, resabios de la Guerra contra Terror, en verdad aumentan el terrorismo, distraen y quitan recursos de los esfuerzos estadounidenses para contrarrestar un potencial problema mucho más importante para la política exterior: una China en ascenso.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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