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Es hora de deshacernos de la FEMA
12/9/2011
David B. Skarbek, Emily C. Skarbek

En las últimas dos semanas, tanto un terremoto de 5,9 grados de magnitud como el huracán Irene sacudieron la Costa Este de los EE.UU.. Inmediatamente, los políticos empezaron pregonan el papel crucial que la FEMA (Sigla en inglés de la Agencia Federal de Gestión de las Emergencias) desempeñaría en la reconstrucción de estas comunidades y la necesidad de una respuesta del gobierno federal al desastre. Sin embargo, estas presunciones se basan principalmente en las equivocadas nociones de que el gobierno federal puede redirigir los recursos necesarios de manera eficiente y que la empresa privada es incapaz de hacer el trabajo. Las evidencias históricas y contemporáneas demuestran que ninguno de estos supuestos está justificado.

Políticos de todos el espectro político coinciden en que el trabajo de la FEMA tras el paso del huracán Katrina fue un fracaso espectacular. Los esfuerzos y recursos de ayuda fueron despachados demasiado lentamente, a las personas equivocadas, y en niveles insuficientes. A esto se añade la forma en que la FEMA impidió que grupos de beneficencia como la Cruz Roja Americana ingresaran a Nueva Orleáns para relevar a sus propios esfuerzos fallidos. Desafortunadamente, el fracaso de la FEMA en Nueva Orleans fue bastante más allá de los disparatados errores de unos pocos burócratas ineptos. Su incapacidad para ser eficaces era el síntoma de un problema mucho más profundo.

La FEMA responde constantemente a la influencia política antes que a las necesidades de las víctimas. Los economistas Thomas Garrett y Russell Sobel estudiaron las políticas de la FEMA y descubrieron que los gastos a causa de los desastres se encuentran fuertemente determinados por el hecho de si los estados afectados son importantes para la reelección del presidente o no y si los representantes parlamentarios locales son miembros de los comités de supervisión de la FEMA o no. En su estudio, Garrett y Sobel hallaron que casi la mitad de todos los gastos están determinados por consideraciones políticas en vez de por la identificación y ejecución de una respuesta apropiada basada en la necesidad.

Algunos temen que en ausencia de la FEMA, los individuos quedaran sin los canales adecuados para recibir ayuda en la estela de grandes desastres naturales. Esto simplemente no es cierto. El pueblo estadounidense tiene un enorme deseo de ayudar a otros cuando un desastre azota. Nuestra nación se encuentra edificada sobre una fuerte sociedad civil, compuesta por grupos de caridad y agrupaciones sin fines de lucro cuyas misiones se basan en la prestación del respaldo organizacinal para apoyar los esfuerzos individuales de cuidar de los demás. Por ejemplo, a una semana del paso del huracán Katrina, la Cruz Roja Americana había enviado miles de voluntarios a las zonas de desastre, abrió 275 refugios en nueve estados, y se encontraba proporcionando casi 500.000 comidas calientes a las víctimas del desastre todos los días.

El registro histórico para la respuesta ante un desastre en ausencia de la FEMA y de una operación federal centralizada también da fe de la capacidad de la empresa privada para proporcionar un alivio más eficaz de manera más eficiente. El Gran Incendio de Chicago de 1871, uno de los desastres más devastadores del siglo 19, es un ejemplo particularmente convincente. El fuego mató a cientos de personas, dejó a un tercio de la ciudad reducida a cenizas, y a más de cien mil personas sin hogar. La FEMA no estaba allí para dirigir la respuesta ante la emergencia, y, en verdad, en virtud de que no existía el impuesto a la renta, la gente carecía del incentivo de la deducción de impuestos en concepto de caridad para dar.

A pesar de la ausencia total de ayuda federal, los historiadores han documentado cuan notablemente rápida y extensa fue la asistencia tras el Gran Incendio de Chicago. Las donaciones de empresas, particulares, asociaciones de voluntarios, y la ayuda de los pequeños gobiernos municipales llegaron de inmediato y financiaron la totalidad del esfuerzo de recuperación. Una organización de beneficencia privada, la Chicago Relief and Aid Society (Sociedad de Socorro y Asistencia de Chicago), administró todas las contribuciones y coordinó el esfuerzo masivo. Dentro de un mes después del incendio, la Sociedad construyó viviendas desde cero para más de 30.000 personas—completas con hornos, vajilla, y ropa de cama. En el transcurso del siguiente año, la Sociedad proveyó a más de 150.000 personas con raciones semanales, incluido el combustible y carne vacuna fresca, administró más de 70.000 dosis de vacunas antivariólicas gratuitas, asistió a la gente en la búsqueda de empleo, y proporcionó transporte gratuito en los ferrocarriles para las personas que buscaban reubicarse.

Las empresas, las organizaciones benéficas, y los ciudadanos proporcionaron la mayor parte de los recursos a aquellos afectados en el Gran Incendio de Chicago. Estas mismas fundaciones de caridad siguen existiendo en la actualidad, y la sociedad civil tiene tanto el deseo como la capacidad de suministrar los recursos necesarios para ayudar a las víctimas de desastres naturales. Por el contrario, la FEMA es costosa, está paralizada por trabas burocráticas, y rseponde más a los intereses políticos que a las necesidades de una emergencia. Resolvamos el actual desastre fiscal federal reduciendo el presupuesto de 6 mil millones (billones en inglés) de dólares de la FEMA y permitamos que la sociedad civil reasuma su papel en el suministro del verdadero alivio para el sustento de una democracia vibrante.

Traducido por Gabriel Gasave


David Skarbek es Ph.D. estudiante de economía en la George Mason University y pasante en The Independent Institute.




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