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Mejores relaciones con Irán exigen un cambio en el pensamiento y la política estadounidense
15/6/2009
Ivan Eland

Una elección en Irán no modificará de manera significativa las relaciones entre los EE.UU e Irán—solamente un cambio en el pensamiento y la política estadounidense lo hará.

Históricamente, el gobierno de los Estados Unidos, tanto bajo presidentes republicanos como demócratas, ha caratulado a regímenes relativamente pobres del tercer mundo que no cuadran con la línea del imperio como “malos”—Moammar El-Gadhafi de Libia en los años 80, Saddam Hussein de Irak en la década del 90, el reino eremita de Corea del Norte desde la década de 1950 y el Irán islamista desde la Revolución Iraní en 1978. La gran mayoría de estas tierras distantes no han planteado—ni es factible que lo hagan—una gran amenaza concreta para al territorio de los EE.UU. o los estadounidenses que lo habitan. Pero durante y después de la desaparición de la Unión Soviética, a fin de justificar el hinchado imperio estadounidense abarcador del mundo y el abultado “establishment” militar, estos regímenes autocráticos de poca relevancia debían ser demonizados y sus amenazas magnificadas.

El problema es que los Estados Unidos luego empiezan a creerse su propia retórica recalentada y deciden que la amenaza de estos patéticos países exige una drástica acción militar. En 1950, después de que Corea del Norte invadió a Corea del Sur—por entonces una nación pobre y para nada estratégica (créanlo o no, incluso en la actualidad siendo mucho más rica, todavía no es muy estratégica para los Estados Unidos) a la que el Comando en Jefe de los EE.UU. consideraba que caería bajo la influencia natural de la cercana Unión Soviética—los Estados Unidos entraron en pánico, enviaron tropas a Corea del Sur y se involucraron en una empantanada guerra.

En los años 80, necesitando un enemigo para justificar los grandes incrementos en el presupuesto de defensa estadounidense, Ronald Reagan empezó a acosar a Libia, algo que tan solo consiguió como resultado ataques terroristas contra objetivos de los EE.UU. a modo de represalia. Por supuesto, el acrecentamiento estadounidense del monstruo de Saddam había quedado en el olvido hasta que el monstruo se tornó desagradable e invadió a la diminuta nación de Kuwait. Aun cuando Saddam hubiese invadido Arabia Saudita, el petróleo habría fluido debido a que este “commodity” es valioso, Saddam se encontraba en grandes aprietos financieros y habría tenido que venderlo. Después de que los Estados Unidos inutilizaron severamente a un Irak mucho más pequeño en el primera Guerra del Golfo—removiendo cualquier amenaza exagerada que podía quedar para el petróleo del Golfo Pérsico—los EE.UU. no pudieron contenerse de sacar provecho del 11 de septiembre para desacerase del malvado Saddam de una vez por todas.

Tal como el gobierno estadounidense ha hecho con los regímenes autoritarios de todos estos países, ha demonizado de manera excesiva a los gobernantes fundamentalistas de Irán, pero a diferencia de los demás, nunca han ido directamente a la guerra con Irán. Muchos temían que la administración de George W. Bush atacaría o invadiría a Irán, pero uno de los aspectos positivos de los horribles atolladeros en Irak y Afganistán fue que Bush careció de suficientes recursos militares sobrantes para ir tras los corruptos mullahs de Irán.

Después de que los EE.UU. demonizan a los gobernantes de un país, generan luego normalmente excesivas esperanzas de cambio en esos países. Con la apertura hacia Irán del Presidente Obama y los comicios iraníes, ya comenzaron a aparecer ingenuas esperanzas de un cambio genuino en Irán y en sus relaciones con los Estados Unidos. El verdadero problema es que incluso si Obama desea negociar con Irán, todavía comparte el irrealista concepto de Bush de hacia dónde desea que se dirija Irán.

A los Estados Unidos les gustaría que Irán se volviese más democrático, ayude a estabilizar a Afganistán e Irak, abandone su programa nuclear y termine con su apoyo a Hamas y Hezbollah—los enemigos de Israel. Pese a que sus elecciones no son perfectas, Irán ha sido—y aún lo es—el país más democrático del Medio Oriente a parte de Israel. Los Estados Unidos están avergonzados de que su diabólico enemigo sea mucho más democrático que sus autocráticos y represivos aliados de Arabia Saudita y Egipto.

Aborreciendo al Talibán de Afganistán, en el pasado Irán ha trabajado reservadamente con los Estados Unidos en Afganistán para estabilizar a esa nación. En Irak, no obstante que los intereses estadounidenses e iraníes a veces difieren, ambos países tienen interés en que haya estabilidad allí (es un país contiguo a Irán), y ambas naciones están apoyando al gobierno dominado por lo chitas.

Es improbable que Irán abandone su programa nuclear en virtud de que la totalidad del espectro político—desde los fundamentalistas a los reformistas—lo apoya. Pese a que Irán se encuentra encaminado a obtener la capacidad de producir un arma nuclear y un misil de largo alcance que podría transportarla tan lejos como hasta los Estados Unidos, todavía le falta un trecho por recorrer y debe también diseñar a la ojiva de modo tal que sea lo suficientemente pequeña como para que quepa en el misil. Incluso si Irán alcanzase todos estos objetivos, solamente contaría con un número ínfimo de ojivas para cualquier ataque contra los Estados Unidos, el cual podría ser disuadido con los miles de ojivas que posee el arsenal nuclear más poderoso del mundo.

Es dudoso que el gobierno iraní le entregue algún tipo de armamento nuclear a los grupos militantes a los que apoya—Hamas y Hezbollah—en razón de que pagó mucho dinero para desarrollar las ojivas y porque si los grupos utilizasen las armas, ello sería una segura invitación a una venganza catastrófica contra Irán si se descubre que el rastro lleva hasta ese país. Al igual que para todos los gobernantes autocráticos, el objetivo más importante de la conducción fundamentalista de Irán es permanecer en el poder y ser atacado con armas atómicas hasta quedar reducido a cenizas no es algo que facilite esa meta.

El verdadero motivo por el cual el gobierno estadounidense se encuentra tan preocupado respecto de Irán no es su amenaza para los Estados Unidos sino su amenaza para Israel—tanto nuclear como no-nuclear a través de su apoyo a favor de los grupos militantes. Pero francamente, ese no debería ser un problema de los contribuyentes de los EE.UU.. La Constitución de los Estados Unidos permite al gobierno estadounidense “proveer a la defensa común” de los Estados Unidos, no proveer una defensa para Israel.

Resumiendo, los Estados Unidos podría llevarse mejor con Irán—sin importar quién sea el presidente de los Estados Unidos o de Irán—si las expectativas estadounidenses de cambio en Irán fuesen más realistas y la percepción de amenazas de Irán por parte del gobierno de los EE.UU. disminuyeran a través del pensamiento racional.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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