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Prestemos atención a las advertencias rusas sobre la expansión de la OTAN
1/12/2008
Ivan Eland

Tras la elección de Barack Obama, los rusos amenazaron a los aliados de los EE.UU. respecto de su aceptación de un sistema estadounidense de defensa misilística. Al mismo tiempo, Rusia envió recientemente su primera gran fuerza militar a América Latina desde finales de la Guerra Fría a fin de participar en ejercicios navales en las costas venezolanas. ¿Se trata de un liso y llano examen a un nuevo e inexperimentado presidente, en gran medida como Nikita Khrushchev probó al neófito John F. Kennedy cuando asumió el cargo en 1961?

Lo más probable es que el comportamiento ruso meramente esté anoticiando al nuevo presidente de que Rusia es ahora más fuerte y ya no puede ser más maltratada—tal como lo fue durante las administraciones de Clinton y George W. Bush. Mientras tanto, el tropel del “pato rengo” Bush se encuentra aún lustrando sus botas para pegar otra patada.

A pesar de que las investigaciones realizadas por agrupaciones de derechos humanos indican que Georgia inició la reciente guerra ruso-georgiana y el testimonio parlamentario prestado por Erosi Kitsmarishvili, un ex embajador georgiano en Moscú y confidente del presidente georgiano Mikheil Saakashvili, de que Georgia inició el conflicto, la administración Bush tuvo el tupé de exigirles a sus aliados de la OTAN que admitan a Georgia y Ucrania en la alianza sin cumplir con las habituales exigencias de reformas en materia de defensa y mejoramiento de sus capacidades militares. La principal razón por la que Georgia inició la guerra al atacar a la separada región de Osetia del Sur, según Kitsmarishvili, fue que Saakashvili pensaba que contaba con el respaldo estadounidense para su agresivo ataque. Si se le proveyese con el escudo de seguridad de la OTAN, el beligerante Saakashvili podría tornarse incluso más temerario e involucrar a los Estados Unidos en una confrontación con una potencia que cuenta con armas nucleares.

Sin embargo, la guerra ruso-georgiana debería haber vuelto cautelosas tanto a Ucrania como Georgia de depender enteramente para su seguridad de una lejana nación, dada la realidad de la superioridad militar convencional de Rusia en el plano local y su fuerza disuasoria nuclear. En última instancia, si se trata de sacrificar a las ciudades estadounidenses en una guerra nuclear con Rusia a fin de salvar a estos dos países no estratégicos, los Estados Unidos ciertamente se equivocarían. La opinión pública ucraniana aparentemente ha enfrentado esta realidad—oponiéndose a la adhesión a la OTAN—y el tambaleante gobierno ucraniano difícilmente pueda conseguir que se apruebe el ingreso de Ucrania en la alianza incluso si los Estados Unidos lograsen convencer a las renuentes Alemania, Italia, Francia, España y otros aliados de la OTAN de que acepten admitir a ambas naciones.

Cuando Rusia era más débil, en los años 90 y durante la década actual, los Estados Unidos empujaron a la potencialmente hostil alianza de la OTAN hacia las fronteras de Rusia, establecieron bases en los ex estados soviéticos de Asia Central para contener a Rusia y China, separaron a Kosovo del aliado serbio de Rusia y modificaron el recorrido de las tuberías de energía alrededor del territorio ruso. Estas acciones agresivas en la esfera de influencia de Rusia humillaron a esa nación y han dado lugar a los ejercicios navales rusos con Venezuela “en tu hemisferio” y amenazas contra los aliados de los EE.UU. que alberguen defensas misilísticas estadounidenses en sus territorios.

Algunos medios noticiosos estadounidenses han sostenido que Rusia está empezando a comportarse como si la Guerra Fría todavía estuviese en pie. Estas fuentes son ciegas al hecho de que en los círculos políticos de los EE.UU. la mentalidad de la Guerra Fría jamás fue abandonada. Tras prometerle al líder soviético Mikhail Gorbachev que si Alemania era reunificada dentro de la OTAN, la alianza no se expandiría, los Estados Unidos rompieron luego esta promesa e intentaron tomar todo el territorio en Europa que pudieron antes de que el oso ruso una vez más se volviese fuerte. Eso no ha ocurrido y la humillada y ofuscada opinión pública rusa se encuentra presionando a los dirigentes de Rusia para que asuman una posición firme frente a los Estados Unidos.

Las amenazas contra los aliados que acepten el equipamiento para la defensa anti misiles y los ejercicios navales en la esfera de influencia de los EE.UU. son el modo de Rusia de señalar que una expansión adicional de la OTAN para incluir a vecinos claves de Rusia encontrará una férrea resistencia. El hasta ahora abstraído gobierno de los EE.UU. necesita finalmente prestarle atención a estas advertencias. Más importante aún, la entrante administración Obama y el público estadounidense debería ponderar si en definitiva desea mantener a sus ciudades como rehenes de un holocausto nuclear a fin de preservar la integridad territorial de estos dos estados lejanos y para nada estratégicos. La respuesta debería ser un enfático “no”.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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