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Amenazas de nuestra autoría
18/2/2008
Ivan Eland

Desde hace mucho que el Pentágono viene teniendo un conflicto de intereses. El Departamento de Defensa construye los armamentos de guerra (aunque de un modo groseramente ineficiente al emplear a una industria de defensa cautiva que es una protegida del Estado). No obstante el departamento también supervisa y financia el 85 por ciento del esfuerzo de la inteligencia para identificar las amenazas a las que esos armamentos, al menos teóricamente, están diseñados para contrarrestar.

Así, la presión política a favor de más negocios de parte de los estados y distritos parlamentarios que cuentan con industrias de defensa lleva al gobierno de los EE.UU. a inflar las amenazas externas a fin de justificar un gasto de defensa siempre creciente. El Pentágono ayuda a generar dicha presión política al distribuir contratos y subcontratos de defensa, no sobre la base de las mejores o más eficientes compañías de defensa, sino a compañías en tantos estados y distritos parlamentarios como sea posible. Tal es la forma en que el complejo militar-industrial—identificado por el Presidente y ex General Dwight Eisenhower—trabaja.

Por supuesto, resulta mucho más sencillo encontrar nuevas amenazas que resaltar sí usted mismo ayuda a crearlas. Un caso clásico de generación de amenazas ocurrió con la expansión de la OTAN. La OTAN, la Organización del Tratado del Atlántico Norte, fue creada originalmente tras la Segunda Guerra Mundial como una alianza defensiva contra el posible expansionismo soviético en Europa. Después de la Guerra Fría, a pesar del eclipse de su razón de ser, la OTAN comenzó a expandir su territorio y misión. La alianza admitió a los ex aliados soviéticos en Europa Oriental y a las repúblicas de la difunta USSR, que implantaron una alianza hostil en el umbral de la puerta de una Rusia debilitada. La OTAN se tornó incluso aun más amenazante para Rusia porque, al mismo tiempo, la alianza cambio su misión de defender el territorio de los países miembros a misiones ofensivas fuera del área del tratado—por ejemplo, bombardear Bosnia, Kosovo y Serbia.

Toda esta expansión de territorio y misión fue realizada bajo el disfraz de lograr la transición de los nuevos miembros europeos desde sociedades comunistas a capitalistas y de estabilizar otras áreas en Europa y el mundo. Por supuesto, la admisión de los países del este europeo a una Unión Europea orientada económicamente hubiese sido suficiente para alcanzar este último objetivo; la admisión de las nuevas democracias a la OTAN meramente provoco que estos países deficientes en recursos gastasen más en defensa. Al igual que para ese último objetivo, resulta cuestionable si la OTAN ha estabilizado a los países a través de su ataque u ocupación. La verdadera razón para la expansión de la OTAN fue la de expandir la influencia estadounidense en Europa mientras Rusia estuviera debilitada.

Durante los debates sobre la expansión de la OTAN a mediados de la década de los 90, mucha gente, incluido yo, alertó que al patear al oso ruso cuando se encontraba echado éste podría regresar y morder a los Estados Unidos. Los Estados Unidos siguen profundizando sus lazos en la ex esfera de influencia soviética al proponer que un sistema de defensa misilística sea instalado en Polonia y la República Checa para defenderse de manera ostensible contra los misiles iraníes de largo alcance, los que esa nación no tendrá por mucho tiempo. Sin embargo el oso ya no está más hibernando. La Rusia actual—estimulada por los ingresos generados por los precios del petróleo y el gas natural más elevados, el crecimiento económico y un líder más asertivo— ya no es la débil Rusia de los años 90.

No obstante, la nueva determinación de Rusia, las amenazas de un acrecentamiento militar y una estridente oposición a la instalación de una defensa misilística estadounidense en Europa están siendo reflejadas como que emergen de la profundización de la autocracia del régimen de Putin. Están siendo utilizadas también para justificar la necesidad de mantener una vigorosa alianza de la OTAN. Por ejemplo, Michael Gerson, un ex redactor de discursos de la ex administración Bush devenido en columnista del Washington Post, escribió recientemente, “...parecería sabio mantener una alianza militar de democracias en Europa, con Rusia convencida de manera creciente de que una Guerra Fría no fue suficiente”.

Esta impactante nueva descripción de la historia ignora los antecedentes posteriores a la Guerra Fría de unos EE.UU. entrometiéndose en la ex esfera de influencia soviética a fin de reducir la influencia de Rusia y expandir la de los Estados Unidos. En contraste, Rusia no se ha entrometido en la esfera de influencia de los EE.UU. en América Latina. A diferencia de la primera Guerra Fría, cuyos orígenes fueron borrosos, la culpa por cualquier nueva Guerra Fría con Rusia debería ser dejada firmemente sobre la puerta de entrada de los EE.UU.. Las guerras estadounidenses contra terroristas y guerrilleros relativamente primitivos resultan insuficientes para justificar la construcción de nuevas generaciones de armamentos sofisticados—donde la mayor parte del dinero es para los contratistas de la defensa—de modo tal que una amenaza de un competidor que sea un estado-nación similar tiene que ser inventada. Los columnistas como Gerson están felices de colaborar.

La tendencia hacia la autocracia en Rusia es horrible para el pueblo ruso, pero es una amenaza pequeña para los Estados Unidos. Incluso las autocracias poseen legítimas inquietudes de seguridad, y Rusia ha sido invadida varias veces a través de Europa oriental, razón por la cual los rusos están preocupados respecto de una alianza hostil en sus fronteras. La evidencia empírica demuestra que los regímenes autoritarios no son necesariamente agresivos externamente—por ejemplo, los dictadores en Burma—y que las democracias no son menos beligerantes que las autocracias en sus políticas exteriores. De hecho, la información muestra que la nación más agresiva sobre el planeta después de la Segunda Guerra Mundial han sido los Estados Unidos—no la Unión Soviética—con más de 100 intervenciones militares o encubiertas en otros países.

Gerson se lamenta también de que los aliados estadounidenses de la OTAN no cargan con su parte del gasto de defensa o en Afganistán, el más reciente proyecto de edificación de naciones de la OTAN. Escribe, “Durante los últimos quince años, Europa ha obtenido dividendos en materia de paz tan masivos que el menor esfuerzo militar la deja doblada y sin aire”. Gerson está en verdad minimizando el problema. Esos aliados se han venido beneficiando gratis durante todos estos sesenta años o más después de la Segunda Guerra Mundial. Pero, ¿puede culpárselos? Sí los Estados Unidos son lo suficientemente tontos como para subsidiar la defensa de estas naciones prósperas a través de la alianza de la OTAN, ellas serían tontas de no gastar el dinero en otras áreas.

Como en el caso de Afganistán, los aliados de la OTAN pueden estar poco entusiastas respecto del esfuerzo debido a que colaborar con la ocupación estadounidense de tierras musulmanas puede llevar a un terrorismo vengativo en su suelo—por ejemplo, los ataques contra España y Gran Bretaña por ayudar a los Estados Unidos a ocupar Irak. Nuevamente aquí, el complejo militar-industrial estadounidense está ocupado generando nuevas amenazas para que las fuerzas armadas de los EE.UU. y sus aliados contrarresten.

A la mayoría de las empresas les encantaría ser capaces de generar demanda para sus productos. Desafortunadamente, el Pentágono y el complejo militar-industrial se dan este lujo y con regularidad desperdician carradas de dólares de los contribuyentes haciendo a los ciudadanos estadounidenses menos seguros.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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