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Prosperidad sin polución
1/3/1996
John Semmens

Recientemente tuve la oportunidad de participar en un “debate” de la World Future Society, acerca de si estaríamos en condiciones de reducir la polución sin tener al mismo tiempo que disminuir nuestro bienestar económico. El corriente mayoritaria afirma que, al menos, debemos sacrificar algo de nuestra prosperidad a efectos de proteger al medio ambiente. Un panelista en el debate de la World Future Society insistía en que debemos reducir la población de manera dramática, vivir en casas hechas con barro y paja (al parecer no conciente del destino de uno de los “Tres Chanchitos” que lo probó), y trasladarnos a nuestros empleos en bicicleta.

Afortunadamente, este pensamiento mayoritario está errado. Podemos tener tanto una economía en crecimiento como un medio ambiente que mejora. En verdad, lo probable parecería ser que una economía en crecimiento bien puede proporcionar los medios necesarios para mejorar el medio ambiente. El “sacrificio” puede no ser solamente innecesario, puede incluso ser contraproducente. En síntesis, existe una buena razón para ser optimista acerca del “destino del planeta.”

Si vamos a superar el pesimismo institucionalizado del credo medio ambientalista mayoritario, debemos antes disipar sus premisas erróneas.

Premisa Errónea N° 1: Lo Natural es mejor que lo artificial.

Lo natural es la supervivencia del apto. La condición natural es la de que el débil, el lisiado y el enfermo sean exterminados sin misericordia por los depredadores y por el clima. El morir de vejez no es algo natural. En un estado de naturaleza, la mayoría de los decesos son violentos, dolorosos, o agonizantes. Las formas más comunes de muerte son el ser asesinado y engullido o el morir a causa del hambre.

El mundo natural no es el “patio de juegos” descrito por los dibujos animados de Disney. Es la lucha constante por la supervivencia percibida por Charles Darwin. El 99 por ciento de las extinciones que han ocurrido sobre este planeta, acontecieron antes de que los seres humanos existieran. El medio ambiente no preserva a las especies o al hábitat. Si se lo deja solo, el medio ambiente está gobernado por un solemne principio de “la fuerza hace al derecho.”

La civilización es algo artificial. Esta creación de la especie humana ha modificado la regla de la naturaleza de “la fuerza hace al derecho.” La institución artificial del derecho ayuda a canalizar los instintos humanos depredatorios hacia propósitos más humanos. Uno no precisa ver demasiados documentales sobre la naturaleza antes de tener en claro que el robo, la agresión física, la violación y el homicidio son comportamientos comunes en el reino animal. La naturaleza no tiene ley alguna que respete la propiedad. El fuerte desposee al débil. El abandono, el exilio, y la muerte son el destino de aquellos que no pueden competir en la lucha darwiniana.

La tecnología es artificial. Las mentes curiosas de la especie humana han descubierto o creado los medios para posibilitar la supervivencia del débil, del lisiado y del enfermo. La medicina ha reducido los índices de mortalidad para la enfermedad, los accidentes y la violencia. Los mejores métodos de producción han vuelto a las hambrunas una causa relativamente rara de muerte en el mundo occidental. Dispositivos como los anteojos o las sillas de ruedas han ayudado a contrarrestar las discapacidades que hubiesen puesto en peligro la supervivencia en un estado de naturaleza. Como resultado, tenemos la oportunidad de encarar vidas que son menos violentas, dolorosas, y precarias de lo que serían naturalmente.

El “medio ambientalismo” es en sí mismo un artilugio de la civilización. La abundancia generada por nuestra civilización tecnológicamente avanzada le permite a los individuos contemplar más y no tan sólo sobrevivir. Las criaturas que viven en un estado natural de subsistencia no pueden darse el lujo de abstenerse de la explotación desenfrenada del medio ambiente. Por ejemplo, sin la abundancia, el desierto es una barrera para que los humanos la superen o eludan. Con la abundancia, el desierto puede ser percibido como algo que merece ser preservado.

Premisa Errónea N° 2: Los recursos son finitos.

El propio concepto de qué constituye un recurso es una creación de la mente humana. Ninguna “cosa” es un recurso por decreto de la naturaleza. Todos los “recursos” son “hechos por el hombre.”

Es decir, es solamente la aplicación de la valoración humana a los objetos la que los vuelve recursos. Si los humanos no le dan valor alguno a un objeto el mismo no será considerado un recurso. Su oferta en un estado de naturaleza excederá la demanda por el mismo. Un ejemplo de una “cosa” que ha experimentado una transición desde ser un no-recurso a ser un recurso altamente valorado es el del petróleo crudo. En algún momento, en un pasado no demasiado distante, el petróleo era visto principalmente como algo que arruinaba la agricultura. En los pocos lugares donde el petróleo borboteaba a la superficie, el mismo aparejaba peligros para el ganado y los cultivos. Sin embargo, durante el siglo diecinueve, la inventiva humana descubrió un medio para emplear a esta sustancia con fines útiles.

Incluso una sustancia con un precio tan elevado como el petróleo crudo no es valiosa en sí misma. Por el contrario, es valorada por el servicio que la misma puede prestar para satisfacer deseos humanos. Si alguna otra sustancia llegase a ser descubierta o creada, que ofrezca un servicio mejor o más barato, la misma suplantará al petróleo crudo, así como el petróleo crudo suplantó al aceite de ballena en el siglo diecinueve.

La circunstancia de que alguna otra sustancia será eventualmente descubierta o creada parece altamente probable. Los altos precios de los recursos escasos estimulan la búsqueda de alternativas mejores o más baratas a fin de satisfacer los mismos deseos humanos. Por lo tanto, en el análisis final, no es la condición finita de alguna sustancia la que es crítica. El factor critico es el alcance de la imaginación humana. Este alcance parece estar ampliándose. El ritmo acelerado del progreso tecnológico debería darnos confianza acerca de que, vedando la puesta en práctica de un entremetimiento gubernamental opresivo, no estamos proclives a quedarnos sin recursos intelectuales en un futuro previsible.

Premisa Errónea N° 3: El aumento de la población es un problema.

Un participante en el debate de la World Future Society mostró un gráfico del crecimiento de la población mundial al que describió como “aterrador.” Francamente, vería a un gráfico mostrando un salto comparable en la población mundial como algo que esta lejos de ser aterrador.

El crecimiento de la población que ha caracterizado a la era moderna se debe primariamente a las tasas de mortalidad más bajas. Menos personas están muriendo a una edad temprana. Más están viviendo vidas más largas. Para la mayoría, la perspectiva de vivir una vida más larga no sería considerada un acontecimiento temible. El temor está más apropiadamente asociado con el padecimiento de una inoportuna enfermedad temprana.

El temor al crecimiento de la población pareciera estar conducido por la noción de que, eventualmente, habrá demasiada gente en el planeta para mantener. Dicho temor se encuentra exagerado de manera grosera. La mayoría de aquellos que están familiarizados con el concepto de “capacidad de carga” concuerdan en que dado el actual nivel de la tecnología, la cifra de la población humana sustentable se encuentra en un rango de 30 a 40 mil millones.

Como la población actual está por debajo de los 6 mil millones y ningún pronóstico creíble proyecta una marca aún cercana a la cifra de 30 mil millones para los próximos siglos, el planeta pareciera estar lejos de sobrecargarse.

Además, a medida que las tasas de mortalidad han caído en las áreas industrializadas del globo, también lo han hecho las tasas de natalidad. Una vez que los progenitores están más seguros de que sus hijos sobrevivirán hasta la adultez, la necesidad de producir una descendencia suficiente para compensar una alta tasa de mortalidad se ve morigerada. Obviamente, la reproducción humana esta influenciada por factores más complicados que el puro instinto sexual.

No es la población per se la que podría presentar un problema para la humanidad, sino las instituciones políticas y sociales que afectan el comportamiento humano. En este sentido, el paternalista estado de bienestar es un serio problema. Los programas gubernamentales que facultan a la gente a consumir sin tener que producir los convierte en zánganos y parásitos. La conservación de la energía es un importante rasgo de la supervivencia. Los individuos que obtienen más bienes a un costo menor tenderán a prosperar. El estado de bienestar seduce a los individuos a adoptar patrones de comportamiento que explotan este rasgo de supervivencia, pero al costo de imponer cargas extras sobre los individuos productivos.

Cuanto más generosos los beneficios del bienestar, mayor el número de personas que serán incorporadas a este parasitario modo de existencia. En cierto punto, la carga de la porción parasitaria de la población puede abrumar la capacidad de generar resultados de la porción productiva. Esto implica que lo que resulta crucial aquí es la ratio entre los individuos parasitarios y los productivos, no el tamaño total de la población.

Ante la ausencia de un paternalismo que induzca al comportamiento parasitario, una población más grande podría ofrecer significativas ventajas. Más gente significa más mentes. El tener más mentes trabajando sobre los problemas humanos mejora las oportunidades de hallar soluciones. Hay más oportunidad para la especialización y para la profunda pericia que la especialización conlleva. La dramática aceleración en la ciencia y en la tecnología en nuestra era de alta población es evidencia de las potenciales ventajas de una población creciente.

Premisa Errónea N° 4: El medio ambiente está empeorando.

En resumen, el medio ambiente está mejorando. Considérese el caso del transporte. El motor de combustión interna es con frecuencia singularizado como el principal culpable de la polución del medio ambiente. No obstante ello, el vehículo con motor de combustión interna es claramente menos contaminante que el transporte impulsado con animales al que vino a suplantar. Un caballo produce 45 libras de abono por día. Esta emisión, en un contexto urbano, generaba típicamente un horrible olor y revoltijo. Además, el mismo proporcionaba un caldo de cultivo para los insectos, las alimañas y las enfermedades asociadas con la mugre. En contraste, las emisiones de los vehículos propulsados con motores de combustión interna plantean una amenaza mucho más pequeña para la salud humana.

Tampoco debería ser ignorado el aspecto de la eficiencia. Un vehículo movido a gasolina puede viajar más lejos en una hora que un caballo en un día. Así, en función de las emisiones por milla transitada, los automóviles son menos contaminantes que los caballos.

La tecnología automotriz no ha permanecido remoloneando desde que suplantó al viaje impulsado por animales. Los autos duran más, viajan más rápido y emplean menos combustible por milla en la actualidad de lo que lo hacían cuando fueron inventados. En términos de la polución emitida durante el funcionamiento de los autos, las emisiones nocivas del vehículo por milla han bajado entre un 70 a un 95 por ciento desde 1970. En la mayoría de las ciudades, el aire del ambiente es más limpio ahora de lo que era hace 20 años atrás.

Premisa Errónea N° 5: La solución es más control gubernamental.

El asombroso poder ejercido por el gobierno ha persuadido a muchos de que el mismo debería ser el instrumento a elegir para lidiar con los problemas medio ambientales. Plausible como puede parecer en principio, el acudir a los asombrosos poderes del gobierno, la experiencia pareciera indicar que esta sería una pobre elección.

La primera fuente de dificultad para aquellos que desean confiar en las soluciones gubernamentales, es la de que el gobierno es inherentemente irresponsable. Debido a que el gobierno posee la facultad de compeler el cumplimiento de lo que ordena, se cercena a sí mismo de una retroalimentación esencial sobre el éxito o fracaso de sus esfuerzos.

La coerción del gobierno no le hace el más mínimo caso a los diferentes valores. Su estándar “universal” ignora las diferentes necesidades de los diversos individuos. El equilibrio de valores que típicamente ocurre en el mercado es suprimido. En su lugar, medidas costosas y frecuentemente ineficaces son impuestas.

La circunstancia de que el gobierno es financiado mediante impuestos incrementa las posibilidades de que los programas gubernamentales fracasen en alcanzar sus objetivos anunciados. Los impuestos cortan el vínculo entre los costos y los beneficios. Esto genera el “problema de los comunes.”

El “problema de los comunes” es el de que todos tienen un incentivo para demandar más de lo que puede ser proporcionado con los recursos disponibles. Al mismo tiempo, nadie tiene un incentivo para suministrar más recursos. Aquellos que reciben los beneficios no tienen que pagar por los costos. Aquellos que pagan por los costos no reciben los beneficios. Esta es una fórmula para el fracaso que contribuyó a la desaparición de las sociedades socialistas como la Unión Soviética, Alemania Oriental, y Polonia.

Una de las más claras demostraciones del “problema de los comunes” en al economía estadounidense es el de los sistemas de transporte urbanos. Casi todos los sistemas de transporte urbano en los Estados Unidos son operados bajo condiciones que podrían ser caracterizadas más exactamente como socialistas. Los caminos y los trenes son poseídos y operados por el gobierno. La mayor parte del financiamiento proviene de impuestos. Las decisiones acerca de inversión, servicios, y precios son todas tomadas a través de un proceso político en vez de uno de mercado.

Dado que no tienen que pagar en proporción al costo de obtener acceso a los caminos, los conductores demandan más de lo que puede ser suministrado. Las agencias de carreteras atraviesan recurrentes crisis financieras en un esfuerzo inútil por saciar esta demanda. Mientras tanto, un desperdicio masivo de tiempo es empleado durante cada “hora pico.” Algunos resolverían este desperdicio construyendo sistemas de transporte publico por ferrocarril largamente subsidiados.

Sin embargo, aún con dos tercios del costo de los viajes por transporte publico siendo solventados por los contribuyentes, esta modalidad ha continuado perdiendo pasajeros. El continuar vertiendo más dinero en estos sistemas de transporte publico es la clase de mala asignación irresponsable de los recursos que solamente el gobierno se encuentra propenso a infligir sobre una sociedad. (véase la carta de los “Public Transit Operating Results” para una ilustración de los resultados no auspiciosos de los subsidios gubernamentales al transporte público.)

Una segunda fuente de dificultad para aquellos que miran al gobierno en busca de soluciones, es la de que la planificación gubernamental es inherentemente inepta. La realidad es demasiado compleja para que quepa en cualquier plan que el gobierno pueda pergeñar. El gobierno carece de la información adecuada sobre los valores subjetivos de los individuos, sobre las continuamente cambiantes circunstancias del mundo, y sobre lo que el futuro podría traer aparejado. Además, el gobierno carece de los suficientes incentivos como para evitar cometer errores. La carga de estas equivocaciones recae sobre los demás. Sus fracasos sirven como justificación para entrometimientos ulteriores.

Si concederle más facultades al gobierno no es la mejor manera de alcanzar la prosperidad y reducir la polución, ¿cuál es la solución?

Bien, dado que la consecución tanto de la prosperidad como de un medio ambiente más limpio es probable que dependa de la aplicación de la creatividad humana a los problemas percibidos, una opción obvia parecería ser la de intentar alentar más a la creatividad. La creatividad es probable que sea alentada si los individuos son (1) libres de usar sus mentes y (2) tienen el incentivo suficiente para hacerlo.

Esto es un argumento a favor de reducir el ámbito de la intervención y del control gubernamental sobre la sociedad y de incrementar el ámbito para las interacciones humanas voluntarias. El gasto y la tributación gubernamental debieran ser reducidas. La resultante disminución de la carga sobre las transacciones privadas, permitiría más inversiones en innovaciones y en avances tecnológicos. El aliciente de mayores retornos “libres de impuestos” sobre la inversión proporcionaría un incentivo adicional para las innovaciones y los progresos tecnológicos.

Las empresas socialistas del gobierno, como las autopistas y los sistemas de transporte público, deberían ser privatizadas. Al vendérsele tales operaciones a propietarios en el sector privado, se permitiría que las poderosas fuerzas de los incentivos del mercado dirijan más eficientemente los recursos a fin de satisfacer las necesidades más urgentes de los consumidores.

Un precio más racional de los servicios reducirá el peso muerto de las pérdidas personificado por los congestionamientos de tráfico. Las capacidades fijas de los caminos urbanos serían utilizadas de manera más efectiva y evitaría la necesidad de pavimentar más al medio ambiente.

Los medio ambientalistas que urgen un regreso impuesto por el gobierno a un modo de vida más natural, están percibiendo erróneamente las pasadas y verdaderas implicaciones de lo “natural.”

No hay ningún “Jardín del Edén” al cual puede retornar la humanidad. La creatividad humana es la llave a un futuro que posibilite más la vida, tanto en términos económicos como medio ambientales. Para fomentar la creatividad debemos tener libertar para pensar y para actuar.

Traducido por Gabriel Gasave


John Semmens es Investigador Asociado en el Independent Institute, Gerente de Proyectos de Investigación en el Arizona Department of Transportation Research Center y colaborador como autor del libro del Independent Institute, Street Smart: Competition, Entrepreneurship and the Future of Roads, dirigido por Gabriel Roth.




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