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El regreso del idiota
3/5/2007
Alvaro Vargas Llosa
Foreign Policy

A lo largo del siglo 20, los líderes populistas latinoamericanos enarbolaron estandartes marxistas, insultaron a los imperialistas extranjeros y prometieron sacar a sus pueblos de la pobreza. Una tras otra, sus políticas ideológicamente motivadas probaron ser indolentes y miopes. Sus fracasos llevaron a una retirada temporal de los dictadores. Pero ahora, una nueva generación de auto-proclamados revolucionarios está intentando revivir los erróneos métodos de sus predecesores.

Hace diez años, el escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza, el escritor cubano Carlos Alberto Montaner y yo escribimos el Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano, un libro que criticaba a los líderes y los intelectuales que se aferraban a mitos políticos funestos en contra de los dictados de la realidad. La especie del “idiota”, sugerimos, era responsable del subdesarrollo de América Latina. Sus creencias —la revolución, el nacionalismo económico, el odio a los Estados Unidos, la fe en el gobierno como un agente de la justicia social, la pasión por el poder dictatorial por sobre el Estado de Derecho— se originaba, en nuestra opinión, en un complejo de inferioridad. A finales de la década del 90, parecía que el idiota finalmente estaba en retirada. Pero la retirada tuvo corta vida. Hoy día, la especie ha regresado con fuerza bajo la forma de los jefes de estado populistas que están desenterrando las fallidas políticas del pasado, líderes de opinión de todo el mundo que les están confiriendo nueva credibilidad y seguidores que están dando nueva vida a ideas que parecían extinguidas.

Debido al paso inexorable del tiempo, los jóvenes idiotas latinoamericanos de hoy día prefieren las baladas pop de Shakira a los mambos de Pérez Prado y ya no entonan más himnos izquierdistas como “La Internacional” o “Hasta Siempre Comandante”. Pero aún son descendientes de emigrantes rurales, de clase media y profundamente resentidos ante las frívolas vidas de los ricos exhibidas en las atractivas revistas que discretamente hojean en las esquinas. Las universidades estatales les proporcionan una visión de la sociedad basada en la estratificación por clases sociales que sostiene que la riqueza es algo que debe ser recuperado de manos de quienes la han robado. Para estos jóvenes idiotas, la condición de América Latina es el resultado del colonialismo español y portugués, continuado por el imperialismo estadounidense. Estas creencias básicas proporcionan una válvula de escape para sus quejas contra una sociedad que ofrece escasas oportunidades para la movilidad social. Freud podría decir que poseen egos deficientes que resultan incapaces de mediar entre sus instintos y su idea de la moral. En cambio, suprimen la noción de que la depredación y el rencor son un desacierto y racionalizan su agresividad con elementales nociones de marxismo.

Los idiotas latinoamericanos se han identificado tradicionalmente con los caudillos, esas descomunales figuras autoritarias que han dominado la política de la región, vociferando contra la influencia extranjera y las instituciones republicanas. Dos líderes en particular inspiran al idiota de hoy: El Presidente Hugo Chávez de Venezuela y el Presidente Evo Morales de Bolivia. Chávez es visto como el perfecto sucesor del cubano Fidel Castro (a quien también admira el idiota). Llegó al poder a través de las urnas, lo que lo exonera de la necesidad de justificar la lucha armada, y tiene petróleo en abundancia, lo que significa que puede predicar con el ejemplo cuando se trata de abogar por causas sociales. El idiota también reconoce a Chávez con el político más progresista de todos; un jefe que pone a los militares, ese paradigma del gobierno oligárquico, a trabajar en programas sociales.

Por su parte, el boliviano Evo Morales posee un encanto indigenista. A ojos del idiota, el ex cocalero es la reencarnación de Túpac Katari, un rebelde indio aymara del siglo 18 que, antes de su ejecución por las autoridades coloniales españolas, prometió: “volveré y seré millones”. Le creen a Morales cuando profesa hablar en favor de las masas indígenas que, del sur de México a los Andes, buscan una reparación por la explotación infligida en su contra por 300 años de gobierno colonial y otros 200 años de gobierno de la oligarquía republicana.

A su vez, la visión del mundo que posee el idiota encuentra eco entre distinguidos intelectuales de Europa y los Estados Unidos. Estos pontífices apaciguan sus afligidas conciencias mediante la adhesión a causas exóticas en las naciones en vías de desarrollo. Sus opiniones atraen a simpatizantes entre los jóvenes del Primer Mundo a quienes la fobia contra la globalización proporciona la oportunidad perfecta para hallar satisfacción espiritual en el lamento populista del idiota latinoamericano contra el Occidente malvado.

No hay nada de original en el hecho de que los intelectuales del Primer Mundo proyecten sus utopías sobre América Latina. Cristóbal Colón tropezó con las costas americanas en una época en la que las ideas utópicas del Renacimiento estaban en boga; desde el inicio, los conquistadores describieron esas tierras como paradisíacas. El mito del Buen Salvaje —la idea de que los nativos del Nuevo Mundo encarnaban una bondad prístina e impoluta por los males de la civilización— impregnó la mente europea. La tendencia a utilizar al continente americano como una válvula de escape para la frustración contra el bienestar insufrible y la cornucopia de la civilización occidental continuó durante siglos. En las décadas de 1960 y 70, cuando América Latina estuvo inundada de organizaciones terroristas marxistas, estos grupos violentos gozaron de un apoyo masivo en Europa y los Estados Unidos entre gente que nunca hubiese aceptado en su país un gobierno autoritario al estilo castrista.

El actual renacer del idiota latinoamericano ha precipitado el regreso de sus homólogos: los condescendientes idiotas estadounidenses y europeos. Una vez más, importantes académicos y escritores están proyectando su idealismo, sus conciencias culposas o sus reclamos contra sus propias sociedades sobre la escena latinoamericana, prestando sus nombres a nefastas causas populistas. Premios Nobel, incluidos el dramaturgo británico Harold Pinter, el novelista portugués José Saramago y el economista estadounidense Joseph Stiglitz; lingüistas estadounidenses como Noam Chomsky y sociólogos como James Petras; periodistas europeos como Ignacio Ramonet y muchos corresponsales extranjeros de medios como Le Nouvel Observateur en Francia, Die Zeit en Alemania y el Washington Post en los Estados Unidos, están propagando, una vez más, disparates que forjan las opiniones de millones de lectores y santifican al idiota latinoamericano. Este desliz intelectual sería inocuo si no tuviese consecuencias. Pero, en la medida en que legitima el tipo de gobierno que se encuentra en realidad en la raíz del subdesarrollo político y económico de América Latina, constituye una forma de traición intelectual.

UN ASUNTO EXTERIOR

El ejemplo más notable, hoy día, de la simbiosis entre ciertos intelectuales occidentales y los caudillos latinoamericanos es el affaire amoroso entre los idiotas estadounidenses y europeos y Hugo Chávez. El líder venezolano, a pesar de sus tendencias nacionalistas, carece de escrúpulos cuando se trata de citar a extranjeros en sus discursos a fin de fortalecer sus posiciones. Considérese, como botón de muestra, el discurso de Chávez ante las Naciones Unidas en septiembre pasado en el cual elogió el libro Hegemony or Survival: America’s Quest for Global Dominance de Chomsky.

Asimismo, en presentaciones en el Massachusetts Institute of Technology, Chomsky ha señalado a Venezuela como un ejemplo para el mundo en desarrollo, alabando las políticas sociales que han alcanzado el éxito en materia de educación y asistencia médica y rescatado la dignidad de los venezolanos. Ha expresado también admiración por el hecho de que “Venezuela desafió con éxito a los Estados Unidos, y a este país no le agradan los desafíos, mucho menos si son exitosos”.

Pero en realidad, los programas sociales de Venezuela se han convertido, con la ayuda de los servicios de inteligencia cubanos, en vehículos para la regimentación política y social y la dependencia con respecto al Estado. Además, su efectividad resulta sospechosa. El Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros, un laboratorio de ideas del sindicato de maestros, informó en 2006 que el 80 por ciento de los hogares de Venezuela tenía dificultad para cubrir el costo de la alimentación—la misma proporción que al momento de asumir Chávez el mando en 1999, y cuando el precio del petróleo era un tercio del precio actual. En cuanto a la dignidad del pueblo, la verdadera historia es que han habido 10.000 homicidios por año en Venezuela desde que Chávez se volvió presidente, dándole al país la más alta tasa de homicidios per-capita del mundo.

Otra nación por la que ciertos líderes de opinión estadounidenses tienen debilidad es Cuba. En 2003, el régimen de Fidel Castro ejecutó a tres jóvenes por el secuestro de una embarcación y el intento de escapar de la isla. Castro envió también a 75 activistas democráticos a prisión por prestar libros prohibidos. En respuesta, James Petras, durante mucho tiempo profesor de sociología en la Binghamton University de la State University de Nueva York, escribió un artículo titulado “The Responsibility of the Intellectuals: Cuba, the U.S. and Human Rights” (“La responsabilidad de los intelectuales: Cuba, los EE.UU. y los derechos humanos”). En su ensayo, que fue reproducido por distintas publicaciones de izquierdas alrededor del mundo, defendía a La Habana por sostener que las víctimas habían estado al servicio del gobierno de los Estados Unidos.

Un destacado simpatizante de Castro, Ignacio Ramonet, el director de Le Monde Diplomatique, un periódico francés que aboga por todas las causas disparatadas originadas en el Tercer Mundo, sostiene que la globalización ha vuelto más pobre a América Latina en años recientes. De hecho, la pobreza ha sido modestamente reducida en los últimos cinco años. La globalización ha dado a los gobiernos latinoamericanos tantos ingresos por la venta de “commodities” y los impuestos abonados por los inversores extranjeros que han repartido subsidios en efectivo a los pobres (algo que no constituye la solución de la pobreza en el largo plazo).

Con dos décadas de retraso, Harold Pinter ofreció un asombroso relato del gobierno sandinista nicaragüense en la conferencia ofrecida al recibir el Premio Nobel en el año 2005. Pensando quizás que una mirada reivindicatoria a los populistas del pasado podría ayudar a los populistas actuales, afirmó que los sandinistas se habían “propuesto establecer una sociedad estable, decente y pluralista”, y que no existía “antecedente alguno de torturas” o de “brutalidad militar sistemática u oficial” bajo el gobierno de Daniel Ortega en los años 80. Uno se pregunta, entonces, por qué los sandinistas fueron desplazados del poder por el pueblo de Nicaragua en las elecciones de 1990. O por qué los votantes los dejaron fuera del poder durante casi dos décadas—hasta que Ortega se volvió un travestido político, declarándose simpatizante de la economía de mercado. Con relación a la negación de las atrocidades sandinistas, Pinter haría bien en recordar la masacre de 1981 de los indios misquitos en la costa atlántica de Nicaragua.

Bajo el disfraz de una campaña de alfabetización, los sandinistas, con la ayuda de grupos de expertos cubanos, intentaron adoctrinar a los misquitos con la ideología marxista. Pero los indios independientes se rehusaron a aceptar el control sandinista. Acusándolos de apoyar a los grupos de oposición con base en Honduras, los hombres de Ortega asesinaron a unos 50 misquitos, encarcelaron a cientos, y reubicaron por la fuerza a muchos más. El ganador del Nobel debería recordar también que su héroe Ortega se convirtió en un millonario capitalista gracias a la distribución de activos gubernamentales y propiedades confiscadas que los dirigentes sandinistas repartieron entre ellos tras perder los comicios de 1990.

El entusiasmo actual con el populismo latinoamericano se extiende a los corresponsales de los principales medios noticiosos. Considérense, por ejemplo, muchas historias presentadas por Juan Forero del Washington Post. Es más equilibrado e informado que las luminarias mencionadas anteriormente, pero, de vez en cuando, deja traslucir un extraño entusiasmo por el populismo que está campeando en la región. En un reciente artículo sobre la generosidad internacional de Chávez, él y el coautor Peter S. Goodman pintan un cuadro más bien positivo del modo en que Chávez está ayudando a algunos países a deshacerse de las limitaciones impuestas por las agencias multilaterales respaldadas por los EE.UU. al proporcionarles el dinero suficiente para cancelar sus deudas. Los partidarios de esta política fueron citados favorablemente y ninguna mención se hizo del hecho de que el dinero por el petróleo de Venezuela pertenece al pueblo venezolano, no a los gobiernos extranjeros ni a las entidades aliadas con Chávez, y de que esos subsidios tienen añadidas ataduras políticas. Adviértase el ataque del Presidente argentino Néstor Kirchner contra los Estados Unidos y su elogio a Chávez durante una reciente visita a la ciudad venezolana de Puerto Ordaz, a cambio del compromiso de Chávez de respaldar otra emisión de bonos de parte de la Argentina.

EL PROBLEMA CON EL POPULISMO

Los observadores extranjeros pierden de vista un aspecto esencial: el populismo latinoamericano no tiene nada que ver con la justicia social. Comenzó como una reacción contra el Estado oligárquico del siglo 19 bajo la forma de movimientos de masas liderados por caudillos que culpaban a las naciones ricas por las penurias de América Latina. Estos movimientos basaban su legitimidad en el voluntarismo, el proteccionismo y una masiva redistribución de la riqueza. El resultado, a lo largo del siglo 20, fue un Estado hinchado, una burocracia asfixiante, la subordinación de las instituciones judiciales a la autoridad política y un sistema económico parasitario.

Los populistas comparten características básicas: el voluntarismo del caudillo como un sustituto del derecho; la impugnación de la oligarquía y su reemplazo con otro tipo de oligarquía; la denuncia del imperialismo (el enemigo siempre son los Estados Unidos); la proyección de la lucha de clases entre ricos y pobres al escenario de las relaciones internacionales; la idolatría del Estado como una fuerza redentora para los pobres; el autoritarismo bajo el disfraz de la seguridad del Estado; y el “clientelismo”, una forma de favoritismo mediante la cual los empleos gubernamentales —y no la creación de riqueza— son el camino a la movilidad social y la forma de mantener un “voto cautivo” en los comicios. El legado de estas políticas es claro: casi la mitad de la población de América Latina es pobre, y más de 1 de cada 5 habitantes vive con $2 o menos por día. Y entre 1 y 2 millones de emigrantes parten en masa a los Estados Unidos y Europa cada año en busca de una vida mejor.

Incluso en América Latina, parte de la izquierda está haciendo una transición y alejándose de la idiotez -—transición similar a la transición mental que la izquierda europea, de España a los países escandinavos, experimentó hace algunas décadas cuando de mala gana abrazó la democracia liberal y la economía de mercado. En América Latina, uno puede hablar de una “izquierda vegetariana” y de una “izquierda carnívora”. La izquierda vegetariana está representada por figuras como Lula da Silva de Brasil, Tabaré Vásquez de Uruguay y Oscar Arias de Costa Rica. A pesar de la esporádica retórica “carnosa”, estos dirigentes han evitado las equivocaciones de la vieja izquierda, incluida la confrontación de rigor con el mundo exterior y el despilfarro fiscal. Han optado por una mansedumbre social-demócrata y están demostrando no estar dispuestos a producir reformas de gran calibre, razón por la cual no se espera que el producto bruto interno (PBI) de Brasil supere el 3,6 por ciento este año, pero significan un avance positivo en la lucha por la modernización de la izquierda.

En contraste, la “izquierda carnívora” está representada por Fidel Castro, Hugo Chávez, Evo Morales, y el Presidente de Ecuador Rafael Correa. Se aferran a una visión marxista de la sociedad y una mentalidad de “Guerra Fría” que separa al Norte del Sur, y procura explotar las tensiones étnicas, particularmente en la región andina. La lluvia de petro-dólares recibida por Chávez está financiando gran parte de este esfuerzo.

La gastronomía de Kirchner, en Argentina, es ambigua; se encuentra situado en algún lugar del espacio que separa a los carnívoros y los vegetarianos. Ha inflado la moneda, establecido controles de precios y nacionalizado o creado empresas estatales en sectores importantes de la economía, pero ha evitado los extremos revolucionarios y pagado las deudas de su país con el Fondo Monetario Internacional, aunque con la ayuda del crédito venezolano. La ambigua posición de Kirchner ha sido útil para Chávez, quien ha llenado el vacío de poder en el MERCOSUR para proyectar su influencia sobre la región.

Extrañamente, muchos “vegetarianos” europeos y estadounidenses apoyan a los “carnívoros” en América Latina. Por ejemplo, Joseph Stiglitz ha defendido distintos programas de nacionalización en la Bolivia de Morales y la Venezuela de Chávez. En una entrevista con Radio Caracol, en Colombia, Stiglitz afirmó que las nacionalizaciones no deberían provocar alarma en virtud de que las “empresas públicas pueden ser muy exitosas, como el sistema jubilatorio de la Seguridad Social en los Estados Unidos”. Stiglitz no ha pedido la nacionalización de las principales compañías privadas que operan en la bolsa en su propio país (el sistema de la Seguridad Social fue creado partiendo de cero), y parecería no percatarse de que, al sur del Río Grande, las nacionalizaciones están en la raíz de las desastrosas experiencias populistas del pasado.

Stiglitz ignora también el hecho de que en América Latina no existe una verdadera separación entre las instituciones del Estado y la administración del gobierno, por lo que las empresas estatales rápidamente se vuelven el mejor camino para el clientelismo político y la corrupción. La principal empresa de telecomunicaciones de Venezuela ha sido una historia exitosa desde que fue privatizada a comienzos de la década de 1990; el mercado de las telecomunicaciones ha experimentado un crecimiento cercano al 25 por ciento solamente en los últimos tres años. En cambio, el gigante estatal petrolero ha visto declinar a su producción sistemáticamente. Venezuela produce hoy día cerca de un millón de barriles de petróleo menos que los que producía en los primeros años de esta década. En México, donde el petróleo también está en manos gubernamentales, el proyecto Cantarell, que representa casi dos tercios de la producción nacional, perderá la mitad de su producción en los próximos dos años debido a una capitalización insuficiente.

¿Importa realmente que la intelectualidad estadounidense y europea aplaque su sed por lo exótico mediante la promoción de los idiotas latinoamericanos? La respuesta inequívoca es sí. Una lucha cultural está en curso en América Latina entre aquellos que desean colocar a la región en el firmamento global y verla surgir como un contribuyente importante a la cultura occidental a la cual su destino ha estado ligado durante siglos, y aquellos que no pueden reconciliarse con la idea y se resisten a ella. A pesar de algunos avances en años recientes, esta tensión está retrasando el desarrollo de América Latina en comparación con otras regiones del mundo –como el este de Asia, la península ibérica o Europa central—que hasta no hace mucho eran ejemplos de tercermundismo. El crecimiento anual del PBI de América Latina ha promediado el 2,8 por ciento en las últimas tres décadas, cifra bastante inferior al 5,5 por ciento del sudeste asiático o al promedio mundial del 3,6 por ciento.

Este lento desempeño explica por qué cerca del 45 por ciento de la población todavía es pobre y por qué, tras un cuarto de siglo de gobiernos democráticos, las encuestas aún dejan traslucir una profunda insatisfacción con las instituciones democráticas y los partidos tradicionales. Hasta que el idiota latinoamericano sea confinado a los archivos —algo que será difícil de lograr mientras tantos espíritus condescendientes en el mudo desarrollado sigan brindándole su apoyo— eso no cambiará.

Traducido por Gabriel Gasave

Este trabajo fue originalmente publicado en inglés por la revista Foreign Policy bajo el titulo de The Return of the Idiot en su edición de mayo/junio de 2007.


Alvaro Vargas Llosa es Académico Asociado Senior del Centro Para la Prosperidad Global en The Independent Institute y editor de Lessons from the Poor.



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