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Chertoff emplea comparaciones totalitarias para defender a la Guerra contra el Terror
23/4/2007
Ivan Eland

Michael Chertoff, el Secretario de Seguridad Interior del Presidente Bush, trató desesperadamente de refutar la contundente acusación de Zbigniew Brzezinski de que la administración ha exagerado a la “guerra contra el terror” para promover una “cultura del temor” en un reciente artículo editorial en el Washington Post. Además de difamar de un modo vergonzoso a Brzezinski, ex Consejero de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, al asociarlo con la opinión marginal de que la administración tramó los ataques terroristas del 11/09, Chertoff declaró también, “Al-Qaeda y su clase poseen una visión mundial que es comparable con las de las ideologías históricas totalitarias pero adaptada a la red global del siglo 21”. Esta retórica los hace aparecer como si al-Qaeda fuese más peligroso que Adolfo Hitler o José Stalin. Cuando se efectúan comparaciones con estos titanes rufianescos, deberíamos ser suspicaces.

Las mismas clases de compariciones han sido utilizadas antes. Cuando Bill Clinton deseaba bombardear a Slobodan Milosevic en Serbia y Saddam Hussein en Irak, comparó a ambos líderes con Hitler. En los comienzos de la invasión de Irak, el Presidente George W. Bush también utilizó la misma comparación. Sin embargo, los pequeños países de Serbia e Irak, así también como la desarrapada agrupación al-Qaeda, no tienen ni de cerca los recursos de una Alemania Nazi y no han tratado de invadir por completo a un importante y próspero continente.

La retórica acalorada de Chertoff no se detiene allí. Añade no obstante otra comparación implícita—con el comunismo. Opinó, “Los grupos islamistas extremos de hoy día tales como al-Qaeda no buscan meramente la revolución política en sus propios países. Aspiran a dominar a todos los países. Su meta es un imperio totalitario y teocrático que sea alcanzado librando una guerra perpetua contra soldados y civiles por igual”. Aquí la comparación implícita es con el movimiento comunista universal, que procuró diseminar su revolución alrededor del mundo.

Si bien Osama bin Laden trata de asesinar tanto a soldados como civiles—y está considerado justificadamente un terrorista malicioso—su verdadero objetivo no es dominar a “todos los países” mediante el fomento de una revolución islamista. Si bin Laden tuviese a este como un objetivo genuino, sería risible pensar que pudiese conseguir algún apoyo público significativo en los países judíos, cristianos, budistas o hindúes a favor de una revolución para convertirlos en un draconiano gobierno islámico. De hecho, su objetivo declarado oficialmente de recrear un califato que pusiese a todos los diversos países islámicos bajo un gobernante es lo suficientemente disparatado en sí mismo. Incluso Chertoff admite que la idea de los extremistas islamistas es “grandilocuente”. Si alguna vez bin Laden crease un califato así, carecería del poder económico o militar de la Alemania Nazi o de la Unión Soviética. El propio Chertoff reconoce que su propia comparación es débil: “Sin duda, tal como lo observa Brzezinski, el alcance geográfico de esta red no los coloca [sic] en la misma categoría que a los nazis o estalinistas cuando alcanzaron un poder militar de primera clase”.

A pesar de la exagerada retórica de bin Laden, sus verdaderas ambiciones—las cuales son también apoyadas por muchos musulmanes de la corriente mayoritaria—son remover la presencia militar no-musulmana de los territorios islámicos y compeler a los Estados Unidos para que dejen de apoyar a los que bin Laden ve como regímenes corruptos en el Medio Oriente. La gran mayoría de los musulmanes de la corriente predominante, si embargo, rechazan los despreciables medios de bin Laden de atacar a civiles para lograr sus objetivos.

La no-musulmana intervención y ocupación de tierras musulmanas ha impulsado a la violencia islamista en Chechenia, Somalia, Irak, Afganistán (tanto durante la ocupación soviética como la actual de los EE.UU.), y en el Líbano (durante las invasiones israelíes y la misión estadounidense de edificar una nación durante la administración Reagan). La presencia militar estadounidense en el Golfo Pérsico inicialmente motivó a bin Laden a atacar objetivos de los E.UU., resultando eventualmente en el horror del 11/09.

Los ataques del 11/09 fueron traicioneros actos de terrorismo, pero Chertoff y la administración Bush, el establishment de la política exterior estadounidense y los medios de comunicación de los Estados Unidos actúan como si fueron el comienzo de la historia. Solamente en materia de religión y de la física quántica existen sucesos sin una causa. La mayor parte de los estadounidenses no se percatan del historial de su gobierno de un entremetimiento innecesario y desenfrenado en los asuntos de países por todo el Medio Oriente. Por su propia protección y seguridad, los estadounidenses no pueden seguir ignorando que el veneno islamista que desembocó en el 11/09 estaba enraizado en esta política exterior intervensionista y cuasi-imperial de los Estados Unidos.

En lugar de perpetuar el mito de que los Estados Unidos están en guerra con “fanáticos” que tienen un odio reflexivo para con los Estados Unidos, el jefe de la seguridad interior de la nación podría emplear mejor su tiempo examinando el verdadero motivador para dicho terrorismo—la política exterior estadounidense—y recomendar una política de restricción militar en el Medio Oriente para reducir las posibilidades de ataques terroristas en el país. Si queda alguna duda acerca de que esta estrategia funcionará, el caso del Líbano durante los inicios de la década del 80 debería ser analizado. Después del ataque con bombas a las barracas de los Infantes de Marina y el retiro de Ronald Reagan de las fuerzas estadounidenses de ese país, el número de ataques contra los EE.UU. por el grupo islamista Hezbollah se desplomó. Pero quizás la creación de una “cultura del temor”, tal como lo expresó Brzezinski, resulta políticamente más útil para la administración Bush que realmente cumpla con la que debería ser la primera y principal responsabilidad de cualquier gobierno—la protección de su pueblo.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Asociado Senior y Director del Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.



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