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Una política exterior a la que solamente Tarzan podría amar
12/2/2007
Ivan Eland

El Presidente de Rusia Vladimir Putin atacó recientemente de manera brusca a la política exterior de los Estados Unidos. En una conferencia sobre seguridad internacional y en presencia del Secretario de Defensa estadounidense Robert Gates, refiriéndose a las acciones de los Estados Unidos en la arena internacional, Putin dijo, “Hoy estamos atestiguando una hiper-utilización de una fuerza prácticamente incontenible en las relaciones internacionales—la fuerza militar”. Sostuvo que las intervenciones militares de los EE.UU., a las que denominó “unilaterales” e “ilegitimas”, tampoco “han sido capaces de resolver ninguna de las cuestiones” y solamente han generado más inestabilidad y peligro, especialmente en el Medio Oriente. Concluyó que, “Primariamente los Estados Unidos han sobrepasado sus límites nacionales, en todas las áreas”. Además de reprochar las amenazas y acciones de los militares estadounidenses, criticó también a los Estados Unidos por construir una defensa misilística “ofensiva”, expandiendo la alianza de la OTAN hasta las fronteras de Rusia, y apoyando a grupos que procuran derribar a los gobiernos en la esfera de influencia histórica rusa.

Desde su discurso, Putin ha sido escoriado en la prensa estadounidense. Como de costumbre, tal intensa virulencia está reservada para personas que plantean verdades inconvenientes acerca de la política de los EE.UU.. Por supuesto, Putin no dijo nada que fuese falso, y esa es la razón para la intensa bronca en los Estados Unidos.

Los estadounidenses nunca han sido muy buenos al mirar a su gobierno en el espejo. Ven las convincentes y expresivas palabras de George Washington, Thomas Jefferson, y James Madison sobre nuestro sistema de gobierno y llegan a la conclusión de que los Estados Unidos no pueden hacer algo equivocado en la arena internacional porque poseen uno de los mejores sistemas del mundo en el país. No obstante, los dos no tienen nada que ver con el otro.

A esta actitud incondicional cuando se trata con otros países la denomino la “política exterior a lo Tarzan”, la cual asume que “nosotros buenos, ustedes malos”. En otras palabras, en este distorsionado esquema mental, las agresivas acciones estadounidenses no serían toleradas si otro país las cometiese.

Por ejemplo, si el usual golpeteo del pecho de los ciudadanos y legisladores estadounidenses “patrióticos” es descartado, y las cosas son analizadas más desapasionadamente, uno podría estar perturbado por la circunstancia de que Saddam Hussein tenía un motivo mejor para invadir Kuwait que el que tenían los Estados Unidos para invadir Irak. A pesar de que no estoy avalando en modo alguno la brutal invasión de Saddam de ese pequeño país árabe, al menos tenía alguna razón tangible para hacerlo: Los kuwaitíes estaban robando el petróleo iraquí al perforar de manera inclinada los depósitos a través de la frontera entre Irak y Kuwait.

Pero en el caso de la invasión estadounidense de Irak, antes de la invasión, los inspectores internacionales de armas le dijeron a la administración Bush que no pudieron hallar ningún arma de destrucción masiva. Además, la administración Bush engaño al público estadounidense y manipuló a la inteligencia para intentar vincular a Saddam con los ataques del 11 de septiembre. Si usted acepta con un rostro serio el objetivo declarado de la administración de democratizar a Irak y al Medio Oriente—solamente enfatizado cuando las otras dos justificaciones fallaron en materializarse—la meta fue socavada por las acciones de los EE.UU. después de la invasión y perfectamente podrían haberse alcanzado sin la guerra. Inicialmente, tras la invasión, una verdadera democracia no era la primera elección de la administración en Irak. En cambio, el pensamiento era que un sistema de asambleas electorales—en el cual los Estados Unidos y el Concejo de Gobierno Iraquí designado por los EE.UU. nominaría a los participantes—era preferido. Solamente las protestas masivas ordenadas por el Ayatollah Ali al-Sistani, el principal clérigo islámico para la mayoría chiíta del país, obligaron a la administración a aceptar los comicios generales. Incluso si el principal objetivo estadounidense era deshacerse del despótico Saddam, según Woodward en su libro Plan of Attack, Saddam realizó algunos tanteos indirectos a través del hijo del presidente de Egipto Hosni Mubarak para marchar al exilio. Bush, sin embargo, deseaba la guerra y no dio lugar a esta solicitud por detrás de la escena.

Por lo tanto sí estos no fueron los motivos para la Guerra de Irak, entonces debe haber sido para ayudar a Israel, para saldar viejas cuentas con Saddam, o para asegurarse que el petróleo barato continuase fluyendo hacia la economía de los Estados Unidos. Ninguna de estas razones insignificantes califican como defendiendo los intereses vitales de los EE.UU.. La última es la que más se aproxima, pero muchos economistas destacan que el mercado internacional del petróleo en verdad funciona y que los países productores de petróleo, que no tienen mucho más que exportar, precisan vender petróleo tanto como los Estados Unidos necesitan adquirirlo. Gastar todos esos miles de millones de dólares para defender algo que no precisa ser defendido carece de sentido. En el plano moral, emplear a las fuerzas armadas estadounidenses para echarle el guante al petróleo sospechosamente se asemeja a lo que los japoneses imperiales hicieron para comenzar la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico—después de que los Estados Unidos cortaron las exportaciones de petróleo a esa nación.

¿Pero qué hay respecto de la invasión estadounidense de Afganistán? Puede discutirse que los Estados Unidos tenían que invadir para neutralizar a bin Laden y expulsar al régimen Taliban que estaba cobijándolo. Como siempre, tales aventuras en el exterior rara vez resultan como se suponía que lo harían. Los Estados Unidos lograron lo segundo, pero no lo primero, porque desplazaron muchos recursos militares y de inteligencia claves para la invasión que se avecinaba de Irak. También, en vez de marcharse tras deponer al Taliban, los Estados Unidos han permanecido allí para “edificar la nación”, lo que históricamente jamás ha funcionado, y actúa como un pararrayos para un resurgimiento del Taliban. Incluso sí uno acepta las invasiones de Irak y Afganistán (una proposición dudosa), la continuada ocupación extranjera estaba destinada a desencadenar la resistencia nativa. En Afganistán, la típica misión de infiltración es tan mala que la administración Bush está ahora tratando de erradicar el comercio de opio para ganar puntos en el país—y de esa manera empujando a los barones de la droga afganos a financiar al Taliban.

Los republicanos, sin embargo, estarán felices de saber que George W. Bush no debería ser culpado exclusivamente por esta agresiva política exterior estadounidense. Pese a que enredó a los Estados Unidos en significativos atolladeros en el terreno en Afganistán e Irak, la moderna política exterior intervencionista de los Estados Unidos se remonta a la administración demócrata de Truman después de la Segunda Guerra Mundial. De todos los países durante el periodo posterior a la guerra, incluida la autoritaria Unión Soviética, los Estados Unidos han sido, por lejos, la nación más agresiva del planeta con sus fuerzas armadas. Incluso durante la Guerra Fría, de las dos superpotencias, los Estados Unidos fueron primeros entre pares y tomaron ventaja de ello para intervenir militarmente en todas partes del mundo. Los Estados Unidos utilizaron la lucha contra el comunismo para adelantar sus tentáculos imperiales en países remotos, tales como Corea, Vietnam, Angola, Nicaragua, etc.

En la conferencia sobre seguridad internacional, el suave Secretario de Defensa Gates rechazó las especificas acusaciones sin respuesta de Putin contra la defensa misilística de los EE.UU. en Europa, la expansión de una alianza hostil de la OTAN hacia las fronteras de Rusia, y el entrometimiento estadounidense en la tradicional esfera de influencia de Rusia al afirmar que los Estados Unidos sentían que “una Guerra Fría fue lo bastante suficiente”. Sin embargo, Putin estaba en lo correcto al sostener que los Estados Unidos están buscando otra Guerra Fría, esta vez una no definida, tanto contra Rusia como contra China.

En su crítica más astuta de la política exterior de la superpotencia solitaria, Putin destacó que el poder amasado por una potencia global “la destruye desde adentro”. Aludiendo a la agresiva política exterior militarista de los Estados Unidos, Putin señaló correctamente que, “la misma, por supuesto, no tiene nada en común con la democracia”. Sorprendentemente, Putin, el mismo un autócrata en el plano interno, parecería ver lo que los padres fundadores de los EE.UU. sabían, pero que los ocupantes de la presidencia imperial posterior a la Segunda Guerra Mundial no han sido capaces de comprender. Durante la República romana, la concentración de poder asociada con una política exterior militarizada condujo a la desintegración de la propia república. Lo mismo está aconteciendo actualmente en los Estados Unidos. Así, para salvaguardar uno de los más grandes sistemas a nivel doméstico en el mundo, los ciudadanos y legisladores estadounidenses deberían dejar la política exterior a lo Tarzan y retornar a la política de los padres fundadores de una mínima interferencia en los asuntos de otras naciones.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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