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El incierto destino del MERCOSUR
3/8/2006
Carlos Sabino

Se ha realizado hace unos días en Córdoba, Argentina, una reunión de los presidentes del MERCOSUR que se destacó por su marcado tinte izquierdista. En primer lugar porque a ella fueron invitados varios otros mandatarios de la región pero concurrieron solamente Evo Morales, elegido recientemente en Bolivia, y el veterano dictador Fidel Castro, que gobierna a Cuba desde el primero de enero de 1959. Ni Fidel Castro, ni su homólogo venezolano, Hugo Chávez, dejaron pasar la oportunidad de atacar al “imperialismo” norteamericano y al presidente Bush en manifestaciones a las que concurrió la izquierda radical del país sede, mientras se hablaba abiertamente del carácter político que había que darle MERCOSUR. Lo peor de todo no fue esto, sino la increíble pasividad de gobernantes que se dicen demócratas pero que acogieron al único dictador en funciones de la región y toleraron sus virulentas expresiones, sin duda algo nostálgicas, y las bravatas del aspirante a dictador que ha surgido en Venezuela.

El MERCOSUR es un acuerdo entre cuatro naciones de América Latina que fue creado en los años ochenta, cuando la mayoría de sus miembros retornaban a la democracia después de un período en que predominaron los gobiernos dictatoriales. Lo integraron inicialmente Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay y -durante un cierto tiempo- produjo interesantes resultados prácticos. Hubo una primera fase en que cayeron muchas de las barreras arancelarias que habían implantado sus miembros –todos muy proteccionistas para la época- se incrementó el comercio y se produjo una saludable expansión de esas economías que en esos tiempos desarrollaban reformas favorables al libre mercado. Pero luego, y sobre todo a partir de mediados de los noventa, el MERCOSUR se estancó: su alto arancel externo común frente al resto del mundo impidió que sus economías se diversificaran y puso un tope a los aumentos de productividad interna, mientras surgían disputas entre sus integrantes que nunca terminaron de resolverse por completo.

Ahora, desde junio pasado, el MERCOSUR cuenta con un nuevo miembro, Venezuela, que de la mano de Hugo Chávez ha prometido infinidad de acuerdos y proyectos en el campo energético y ha comenzado a desarrollar su habitual política exterior, que en la práctica consiste en dar donativos o comprar deuda de los países con los que quiere aliarse mientras, de paso, alienta la presencia de grupos extremistas en el resto de la región. Pero Chávez, a pesar de los beneficios económicos que puede aportar, resulta siempre un aliado incómodo y difícil de manejar: lo primero que propuso, el mes de junio pasado, fue que se unieran todos los ejércitos de la región en unas fuerzas armadas conjuntas. Tal idea -un tanto absurda, hay que reconocerlo, porque no se ha llevado a la práctica ni en la Unión Europea- alarmó y molestó a los gobiernos del MERCOSUR, que percibieron en ella un intento de politización inapropiado y además poco realista.

Ahora, en Córdoba, con la presencia de Fidel Castro y de Evo Morales, el MERCOSUR volvió a mostrar la incoherencia creciente que parece ser el resultado de su reciente ampliación. Porque, por una parte, aparece la tradicional agenda comercial de ese bloque, siempre un tanto proteccionista y amenazado así por las nuevas iniciativas que están llevando a una ampliación del comercio en la región: los acuerdos que han firmado los Estados Unidos con Centroamérica, con Perú y con Colombia, por ejemplo, van dejando arrinconado al MERCOSUR a un papel cada vez más secundario en la región. Por otro lado, la obvia intención de Chávez de hacer del acuerdo sureño una punta de lanza en sus proyectos de expansión mundial ha politizado innecesariamente al MERCOSUR. Un paso algo simbólico en esta dirección, aunque no por eso menos importante, resulta la obtención de un escaño no permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Los países sureños han prometido apoyar en la próxima elección a Venezuela, que es fuertemente recusada por los Estados Unidos, México, Centroamérica, Colombia y Perú.

Si bien Uruguay y Paraguay, y en cierta medida Brasil, se muestran renuentes a seguir el camino conflictivo que impulsa el venezolano, no por ello dejan de quedar comprometidos por sus iniciativas y sus provocativas declaraciones. Esos tres países, así como la Argentina, se encuentran entre la disyuntiva de secundar a Venezuela mientras reciben sus favores económicos o permanecer aislados en un bloque comercial que no parece tener perspectivas de crecimiento cierto. Porque hoy, ante los acuerdos que se van consolidando en todas partes del mundo, el MERCOSUR va quedando ya como una economía que en conjunto es de escaso tamaño y, para colmo, atravesado por conflictos internos de no poca monta: por eso sus actores tendrán que definirse, decidir entre sus intereses inmediatos y una política de largo plazo y asumir por fin una posición clara ante los remanentes de una izquierda continental que, todavía, sigue apasionada por el fantasma de un senil Fidel Castro que ha logrado imponer en Cuba la dictadura más larga de los tiempos modernos.


Carlos Sabino es asociado de la Fundación Francisco Marroquín en Guatemala, director en CEDICE, un instituto de políticas públicas en Venezuela, y autor de varios libros sobre el desarrollo.




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