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La cumbre EE.UU.-China deja a la relación estratégica sin ser examinada
24/4/2006
Ivan Eland

La visita del Presidente chino Hu Jintao a la capital de la nación la semana pasada fue un desastre especialmente notable. Una cumbre que debería haber tratado el tema vital de cómo los Estados Unidos pueden reconocer pacíficamente el surgimiento de China como una gran potencia, se concentró en cambio en los temas del comercio limitado y la proliferación y se convirtió en una comedia de embrollos administrativa.

Incluso antes de que Hu arribara en Washington, los exigentes chinos ya estaban enfadados por haber conseguido tan solo un “almuerzo de trabajo” en lugar de una cena completamente estatal de parte del Presidente Bush. Exacerbando la disputa sobre el protocolo estuvo un craso error cometido por el anunciador de la Casa Blanca quien erróneamente llamó a la República Popular de China de Hu por su apodo “República de China”—el nombre oficial de su archienemiga Taiwán. El indignado Ministro de Relaciones Exteriores chino, que siempre lee muy de cerca las hojas de té en las relaciones China-EE.UU.-Taiwán, canceló una reunión informativa con los reporteros a modo de protesta. Si todo eso no fue lo suficientemente controversial, la administración le otorgó credenciales de prensa a un reportero de una publicación Falun Gong, quien aprovechó la ocasión para gritarle a Hu por haber sido un momento antes tironeado por los funcionarios de seguridad. Si esto simplemente se trató de más incompetencia de la administración Bush, uno se pregunta si la Casa Blanca podría algún día admitir a un reportero de un boletín insurgente iraquí o de un website de al Qaeda a un acto presidencial.

Peor aún para el país que las violaciones a la etiqueta de la administración Bush es la política de la administración hacia China. El Sr. Bush—presidente de la principal nación consumidora de petróleo del planeta—se la pasó durante la cumbre castigando a China por su creciente apetito de petróleo y su consecuente renuencia a imponer sanciones contra el productor de petróleo y aspirante nuclear Irán.

El Presidente Bush también le suplicó a China que emplee su influencia a fin de implorarle a Corea del Norte que se deshaga de sus armas nucleares. A pesar de que los chinos no están encantados con una Corea del Norte nuclear, ven al status quo como preferible a que los EE.UU. generen inestabilidad sobre sus fronteras. Sin embargo, en el largo plazo Irán y Corea del Norte probablemente se convertirán o seguirán siendo potencias nucleares, respectivamente, y los Estados Unidos posiblemente serán capaces de hacer poco al respecto.

Finalmente, el gobierno estadounidense, históricamente crítico de la excesiva interferencia del gobierno chino en la sociedad de China, le está ahora diciendo a China cómo manejar su economía. Los Estados Unidos le han solicitado a China que incremente el valor de su moneda, lo que encarecería las exportaciones de China en los mercados estadounidenses. Los Estados Unidos han también presionado a China para que reduzca su crecimiento económico impulsado por las exportaciones y la inversión en favor de un crecimiento originado en el estimulo de la demanda interna. Esos cambios reducirían las exportaciones chinas a los Estados Unidos y posiblemente incrementarían las exportaciones estadounidenses a China—disminuyendo de esa forma el déficit comercial bilateral.

Pero el déficit comercial estadounidense—y especialmente un déficit comercial con cualquier nación, tal como China—no es necesariamente algo malo. Significa que los consumidores en los Estados Unidos son lo suficientemente ricos como para adquirir productos importados. Muchos de estos bienes pueden ser producidos de manera más eficiente y económica en el exterior en países como China. Si el gobierno chino desea mantener su moneda artificialmente baja y llevar adelante un auge económico impulsado por las exportaciones y la inversión, los costos de esta interferencia con el libre mercado recaerán principalmente sobre el pueblo chino. Los consumidores estadounidenses se benefician con las importaciones chinas más baratas. Por su puesto, el libre comercio es mejor para todas las naciones y pueblos, pero si el gobierno chino se está pegando un tiro en el pie y los consumidores estadounidenses se están beneficiando, ¿por qué el gobierno de los Estados Unidos está presionando tan duramente a China para que modifique su política?

El mayor problema con las relaciones EE.UU.-China, la política de contención informal de los Estados Unidos contra China, ni siquiera fue discutido en la cumbre. A pesar de que los Estados Unidos poseen una relación comercial mucho más rica con la China actual que la que tuvieron con la Unión Soviética, estratégicamente la administración Bush está librando una política de contención informal contra China al estilo de la Guerra Fría. Los Estados Unidos han fortalecido las alianzas formales e informales de la época de la Guerra Fría (la que mantiene con Taiwán es la potencialmente más explosiva), incrementado la ya avanzada postura militar estadounidense en el Pacífico occidental, Asia del Este, y Asia Central, y cultivado mejores relaciones con los rivales de China (India y Rusia). Pero China es una potencia creciente y naturalmente deseará más control sobre la seguridad en su vecindario.

En virtud de que un vasto océano separa a China y los Estados Unidos, los EE.UU. podrán darse el lujo de aceptar, sin poner en riesgo su seguridad, las razonables aspiraciones chinas de una mayor esfera de influencia en Asia. Los Estados Unidos deberían retraer su perímetro de seguridad y acomodarse al surgimiento de China como una gran potencia, tal como pacíficamente lo hizo el imperio británico con los Estados Unidos en el siglo 19. Por sobre todas las cosas, el gobierno estadounidense no debería arriesgar la vida de sus 300 millones de ciudadanos frente a un ataque nuclear chino meramente para garantizar la seguridad de la no estratégica y rica isla de Taiwán.


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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