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La revancha de Aristide
10/2/2006
Alvaro Vargas Llosa

Los comicios realizados esta semana en Haití confirmaron lo que ya se sabía: una mayoría de haitianos apoyan a Jean-Bertrand Aristide, el populista autoritario acusado de graves abusos de los derechos humanos que se exilió hace dos años en Sudáfrica, tras un sangriento levantamiento. Es una incógnita si René Préval, quien parece haber ganado en la primera vuelta por un margen muy amplio, se comportará o no como un protegido de Aristide una vez que asuma el mando. Pero la percepción de gran parte de aquellos que votaron a favor o en contra de él (en este último caso apoyando a Leslie Manigat o a Charles Henri Baker, el héroe blanco de las elites empresariales, de entre un grupo de más de treinta candidatos) es que se trata de un hombre de Aristide.

El contexto en el cual todo esto ha tenido lugar —la misión de la ONU conocida como MINUSTAH, basada en una fuerza de estabilización multinacional de 9.000 efectivos— tiene algo que ver con lo que ha acontecido. Esa misión ha fallado en el cumplimiento de su cometido, convirtiéndose en el catalizador de un resurgimiento popular de los partidarios de Aristide y de la horripilante violencia de muchos de sus seguidores, incluidos los temibles “chimères” (“quimeras”). La circunstancia de que los adversarios de Aristide, conocidos como los “emprendedores burgueses”, son cualquier cosa menos burgueses y emprendedores—y ciertamente tampoco democráticos o pacíficos-le ha dado asimismo a Aristide un impulso importante en los barrios pobres de Cité Soleil y Bel-Air, donde no impera ninguna ley.

Según un estudio reciente realizado por Amnistía Internacional, un hospital registró 1.400 haitianos con heridas de bala en 10 meses. 1.500 personas han sido asesinadas en los dos últimos años. Un promedio de 10 secuestros tienen lugar cada día. Las pandillas criminales rondan las calles, especialmente en lugares como Cité Soleil, aterrorizando a la población, y cada facción parece contar con su propia estación de radio. Debido al caos reinante, las elecciones tuvieron que ser pospuestas en cuatro oportunidades. Los soldados de la ONU y el gobierno interino del Presidente Boniface Alexandre y del Primer Ministro Gerard Latortue han sido incapaces de desarmar a los haitianos. No me sorprende que el general Urano Bacellar, ex jefe militar de las fuerzas de la ONU, se suicidara unas pocas semanas atrás. Lo que resulta sorprendente es que no perdiera las esperanzas mucho antes.

Si Aristide —el ex presidente que abandonó el país en 2004 cuando su palacio estaba a punto de ser asaltado por matones opositores— lo hubiese planeado todo, las cosas no podrían haberle salido mejor. La misión internacional ha fracasado y su propio hombre, René Préval, quien gobernó el país entre dos administraciones de Aristide, es ahora el legítimo ganador (aún si debe ir a una segunda vuelta, que será una mera formalidad). Ha dicho en reiteradas ocasiones que Aristide es libre de regresar—lo cual es constitucional y legalmente cierto. Sin embargo, a efectos de tranquilizar a las elites que miran este caos desde lo alto en sus residencias en Piétonville, Préval ha afirmado también que no protegerá a Aristide frente a investigaciones penales, si regresa. Pero, dada la verdadera situación en las calles, ¿qué garantía ofrece esta promesa?

El telón de fondo de esta pesadilla política es la extrema miseria y la ausencia de ley. Haití fue alguna vez la colonia más próspera del Nuevo Mundo. Tanto que Napoleón albergaba la extravagante idea de utilizarla como la base de un imperio mundial (el rebelde negro Toussaint Louverture logró inflingirle una derrota militar a Napoleón mucho antes de que Wellington lo derrotara en Waterloo). Actualmente el ingreso per cápita es de $390 y la población es en un 50 por ciento analfabeta. Cualquier intento por resolver esta tragedia social debe comenzar por el establecimiento de instituciones muy básicas en un clima de coexistencia razonablemente pacífica. Y eso, precisamente, es lo que los once gobiernos que Haití ha tenido en los últimos 20 años—es decir, desde el colapso de la tiranía de Baby Doc—no pudieron conseguir.

El único presidente que logró finalizar su mandato es el mismo individuo que salió primero en los comicios del martes, excepto que gobernó bajo la sombra de Aristide y que fue sucedido por él. Por supuesto, Aristide, quien tuvo la mejor oportunidad de fundar una nueva república —con una legitimidad popular abrumadora, enorme apoyo internacional y una educación que debería haberle indicado lo que debía hacer y no hacer- optó en cambio por una forma de despotismo que resulta singular aún en un hemisferio que es una enciclopedia de déspotas: se comportó como un personaje salido de El reino de este mundo, la famosa novela sobre Haití de Alejo Carpentier.

¿Existe una solución? El objetivo más importante—sustituir la república de las pistolas por una república de leyes—no es realista en el futuro cercano. Lo mejor que podemos esperar—y es una posibilidad dudosa—es que René Préval obtenga la suficiente legitimidad personal como para poder desprenderse de la sombra de Aristide sin sucumbir ante los secuaces de aquel y que al mismo tiempo mantenga a raya a los herederos de la era de Duvalier. Eso le permitirá comenzar a desarmar a las distintas milicias y provocar una erosión de su base social.

¿Es todo esto, que en última instancia depende de que Préval se comporte con independencia frente a Aristide lo mismo que frente a las elites y a la propia misión de la ONU, remotamente posible? Sí, remotamente.


Alvaro Vargas Llosa es Académico Asociado Senior del Centro Para la Prosperidad Global en The Independent Institute y editor de Lessons from the Poor.




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