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Las negociaciones con los rebeldes iraquíes son un buen comienzo pero resultan insuficientes
27/6/2005
Ivan Eland

Pese a que el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld negó que los Estados Unidos estén perdiendo la guerra en Irak, admitió que el país se encuentra negociando con importantes grupos de la insurgencia. La búsqueda de tales conversaciones es un buen comienzo pero no resulta suficiente.

En el programa televisivo “Meet the Press” de la cadena NBC, Rumsfeld evidenció su continua aptitud especial para dar “rodeos”: “Las tropas extranjeras no vencerán a la insurgencia. Será el pueblo iraquí el que derrote a la insurgencia junto con las fuerzas de seguridad iraquíes. Así es la naturaleza de una insurgencia, y ello puede llevar tiempo....”

Si, un montón de tiempo. Si el mejor ejercito del mundo no puede derrotar a la insurgencia, es improbable que puedan hacerlo las inexpertas y a menudo desgraciadas fuerzas de seguridad iraquíes. Las negociaciones con los grupos rebeldes implican una admisión tácita de parte de la administración Bush de que la guerra se está perdiendo y se contraponen a la aserción del Vicepresidente Dick Cheney de que la insurgencia se encuentra agonizando. Las conversaciones reconocen implícitamente que la insurgencia no puede ser extinguida mediante el empleo de los medios militares y que el dialogo con los rebeldes es un intento por encontrarle una solución política al conflicto.

Pero los partidarios de la paz deberían permitirle a la administración Bush que cuide su rostro, al menos la parte del mismo que no ha sido impactada con un huevazo. El hecho de admitir—al menos tácitamente—que existe un problema es el primer paso hacia una solución, y en este sentido el negociar con la insurgencia es una movida acertada.

Desgraciadamente, las conversaciones en curso no parecen proclives a triunfar. Los rebeldes árabe-sunnitas están unificados en la exigencia de un cronograma especifico para el retiro de Irak de los efectivos estadounidenses, según el Sunday London Times. Temiendo la pérdida de influencia sobre el futuro de Irak, la administración se ha resistido a asumir dicho compromiso. Idealmente, a la administración le gustaría utilizar al retiro de las tropas estadounidenses como una prenda de negociación a fin de ganar la participación sunnita en el proceso político iraquí.

Los sunnitas se han sentido extremadamente incómodos con el proceso político en virtud de que temen que los chiítas y los kurdos—quienes controlan al régimen iraquí respaldado por los EE.UU.—usarán las facultades del gobierno central para cobrarse por su pasado de un gobierno opresivo de Irak. Los sunnitas, con cierta justificación, temen que la democracia en Irak pudiese dar lugar a una “tiranía de la mayoría.”

Los sunnitas saben que la única cosa que apuntala al gobierno chiíta-kurdo es el poderío militar de los Estados Unidos. Si las fuerzas estadounidenses se retirasen, los sunitas tienen una mejor probabilidad de asumir nuevamente el control del gobierno central y así evitar que el mismo sea empleado en su contra. Si se sienten realmente amenazados, los sunnitas pueden no honrar acuerdo alguno de deponer sus armas tras el retiro de los Estados Unidos. Y ese es precisamente el temor de la administración.

Pero hay una salida para los Estados Unidos. Pese a ser empedernidos batalladores, los guerrilleros sunnitas no volverían a obtener el control del gobierno central de manera automática en un Irak post los Estados Unidos. Los kurdos poseen milicias formidables las que han sido entrenadas por los mejores ejércitos del mundo, y la mayoría chiíta cuenta con sus propias milicias, teniendo algunos de sus miembros experiencia en combate, así como también un conjunto de potenciales reclutas que empequeñece a los otros grupos. No obstante la probabilidad de una guerra civil tras un retiro de los Estados Unidos, la misma podría evitarse si la administración estuviese abierta a nuevas ideas radicales, tal como la de un gobierno descentralizado.

En virtud de que los sunnitas le temen a una dominación chiíta, pueden tener un incentivo para abandonar el combate si este temor fuese eliminado. La única forma de lograr eso es a través de un debilitamiento del gobierno central iraquí o de su desaparición. De ese modo, ningún grupo temerá que algún otro vaya a obtener el control de las fuerzas de seguridad iraquíes y las emplee para oprimir a los demás grupos. En cualquier acuerdo de descentralización, esas fuerzas de seguridad tendrán que ser desmanteladas y la seguridad proporcionada por las milicias locales o por las fuerzas policiales.

El gobierno descentralizado—una confederación o una partición—le daría satisfacción inmediata solamente a los kurdos, quienes experimentaron un estado de independencia de facto con respecto al resto de Irak durante más de una década. Al igual que los sunnitas, los chiítas desearán controlar a todo Irak. Pese a que a los chiítas los números les favorecen, su comunidad se encuentra fraccionada y sus milicias probablemente sean las más débiles. Sin el poderío militar estadounidense, los chiítas no son lo suficientemente fuertes como para dominar a todo el país.

Por lo tanto, si bien un gobierno descentralizado puede no ser visto como la solución perfecta por parte de todos los principales grupos iraquíes, podría ser que los mismos estén deseosos de aceptarlo debido a que si bien individualmente cada uno de ellos es demasiado débil como para controlar a la totalidad de Irak, desean al menos garantizar la seguridad de sus propios pueblos y territorios. Incluso las potenciales reacciones de los vecinos de Irak frente a un debilitamiento controlado del gobierno central, han sido probablemente exageradas. Los turcos seguramente evitarán emprender una imprudente acción militar en razón de su abrumador deseo por ingresar a la Unión Europea, y la exportación desde el Irán persa a un Irak árabe-chiíta de una debilitado gobierno teocrático, tendría eventualmente, en el mejor de los casos, un éxito limitado.

Un gobierno descentralizado no es una panacea. La administración se encuentra hasta ahora frente al trance de que la guerra civil sigue siendo una clara posibilidad. Y temas tales como la participación en los ingresos petrolíferos, el estatus de la ciudad de Kirkuk, y los límites de las áreas de auto-gobierno tendrán que ser resueltos. A pesar de estos desafíos, sin embargo, un retiro estadounidense negociado y un acuerdo entre los grupos iraquíes en favor de una solución descentralizada, son la mejor esperanza para salvar a Irak. Debido a que el público estadounidense exigirá eventualmente un retiro de los EE.UU., una descentralización controlada de Irak es algo mejor que una que tenga lugar más tardíamente y que genere el caos o una guerra civil.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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