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La descentralización del poder en Irak es la única esperanza para la paz y la prosperidad
27/1/2005
Ivan Eland

La administración Bush nos llevó a creer que la captura de Saddam Hussein, la nominal transferencia de poder desde la autoridad de ocupación estadounidense a un gobierno interino iraquí el pasado verano boreal, y la más reciente invasión de los EE.UU. de Falluya, mitigarían—cada uno a su turno—la insurgencia. Sin embargo, pese a todos estos “logros,” la rebelión se ha intensificado. Actualmente, la administración está esperando que la elección iraquí—la que probablemente resulte en una exigua representación para los sunnitas en la asamblea que redactará una nueva constitución—reducirá la insurgencia. Esta ingenua esperanza debiera sumarse a la ya larga lista de proyecciones excesivamente optimistas de la administración para Irak.

¿Qué podrían entonces hacer los Estados Unidos para sofocar a la insurgencia y evitar una potencial guerra civil? Algo a lo que la administración Bush y el "establishment" de las relaciones exteriores en Washington han eludido como a una plaga: el rápido retiro de las tropas estadounidenses y una genuina y completa auto-determinación para los iraquíes.

Probablemente, la auto-determinación iraquí daría lugar a la partición de Irak o al menos a la creación de una desperdigada confederación en la cual los kurdos, los sunnitas y los shiítas gobernarían de manera autónoma sus propios asuntos. Si la administración Clinton hubiese permitido la sensible partición de la multi-étnica Bosnia, los Estados Unidos y otras naciones probablemente no hubiesen cargado con la responsabilidad de la tarea de mantener la paz durante nueve años en este continuo polvorín después de que los Acuerdos de Dayton fueron suscriptos. Si quienes mantienen la paz se retirasen hoy, el combate entre los grupos étnicos de Bosnia seguramente se reanudaría.

Al adoptar la auto-determinación para los iraquíes, la administración tendría que renunciar a su fantasía de que el estado artificial de Irak debería ser único y democrático en el sentido occidental. La auto-determinación lidiaría con la raíz de las causas de la insurgencia y daría a los grupos guerrilleros algún incentivo para dejar de luchar y para que se contengan de provocar una guerra civil.

Los guerrilleros sunnitas se encuentran combatiendo para repeler a un invasor extranjero y para evitar represalias de su electo gobierno chiita. Los chiítas, quienes constituyen el 60 por ciento de la población iraquí, han sufrido años de opresión bajo la minoría sunnita, y es probable que triunfen en cualquier elección que se celebre en todo Irak.

Incluso los kurdos, actualmente el grupo minoritario más amistoso a los Estados Unidos, pueden malhumorarse si no se les permite conservar al menos la autonomía de la que han disfrutado durante los últimos 13 años. La Revolución Estadounidense comenzó cuando el Rey Jorge intentó quitarle a los colonos en América del Norte los tradicionales derechos ingleses. Quitar la libertad es siempre más peligroso que jamás haberla concedido.

Si los Estados Unidos retiran sus fuerzas y se le permite a cada grupo gobernarse a sí mismo en su propio país o región autónoma, los incentivos para la violencia contra el invasor extranjero y contra otros grupos iraquíes declinaría rápidamente. Los sunnitas ya no lucharían contra el invasor ni estarían inquietos respecto de represalias de parte de los chiítas. Los kurdos conservarían la autonomía que han tenido por más de una década. En síntesis, un gobierno central muy debilitado o inexistente—la formidable institución en la historia iraquí que ha sido utilizada por un grupo para oprimir a los otros—disminuiría la posibilidad de que los distintos grupos luchen por controlarlo. Cada grupo podría gobernar su propio territorio y convertir a sus propias milicias en fuerzas de seguridad regionales.

Hay contratiempos para tal resultado. Primero, los Estados Unidos tendrían que convivir con gobiernos que no encajen bien en el modelo democrático occidental. Segundo, Turquía no se alegraría de la influencia de la autonomía kurda o de la soberanía que tendría sobre su propia—e inquieta—minoría kurda. No obstante, Turquía ha tolerado de facto la auto-determinación kurda en el norte de Irak durante más de una década y probablemente no invadiría a un Kurdistan autónomo o independiente por temor de torpedear su muy deseado ingreso a la Unión Europea. En tercer lugar, los chiítas iraquíes podrían ser cooptados por parte de los chiítas de Irán. Los temores respecto de ese resultado han mermado a medida que los shiítas árabes de Irak han evidenciado independencia de sus hermanos persas y puntos de vista diferentes sobre la separación de la iglesia y el estado. Debido a que los sitios más sagrados de los chiítas islámicos se encuentran en Irak, y no en Irán, los clérigos iraquíes tienen tanto o más prestigio que sus contrapartes iraníes-disminuyendo de ese modo el dominio religioso que Irán pudiese tener sobre los shiítas de Irak.

El permitirles a los iraquíes una auto-determinación rápida y completa no es una panacea. pero es la solución que le posibilita a la administración Bush el único camino viable para declarar la victoria y liberarse del bebé de alquitrán iraquí, mientras que al mismo tiempo le ofrece a los iraquíes la mejor oportunidad para tener un futuro pacífico y próspero.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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