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La Guerra de Irak—Un éxito catastrófico
21/12/2004
Robert Higgs

“Pues donde ustedes tengan sus riquezas, allí también estará su corazón.”
—San Mateo 6:21

El pasado mes de octubre, durante la campaña electoral, el Vicepresidente Dick Cheney provocó una pequeña conmoción cuando, refiriéndose a la guerra de Irak, declaró: “Considero que hasta el momento, cuando uno observa todo lo que se ha logrado en términos generales, la misma ha sido una historia de destacable éxito.” En vistas de la feroz violencia rampante en Irak, la propagada devastación de los recursos humanos y materiales del país, y las sombrías perspectivas para su paz y prosperidad futuras, la declaración de Cheney parecía bizarra, y los demócratas se aferraron a ella como a otro ejemplo más de la desconexión entre la administración Bush y la realidad.

No obstante ello, observándola más de cerca, podemos ver que la guerra ha sido en efecto un éxito enorme, aunque no exactamente bajo la forma en la que el vicepresidente pretendió plantearla.

Del modo inconsciente que le es característico, el propio Presidente George W. Bush tropezó con una resolución de la supuesta paradoja cuando le expresó, el pasado verano boreal, a un entrevistador de la revista Time que la guerra había resultado ser un “éxito catastrófico.”

Por medio de esa incongruencia, procuró expresar la idea de que en la invasión, las fuerzas militares estadounidenses habían superado al enemigo de una forma inesperadamente rápida, “siendo tan exitosas, tan expeditas, que un enemigo que debería haberse rendido o tornado exhausto, se escapó y vivió para pelear en otro día.” Pese a que esta hipótesis parece ser ofrecida como una explicación de la naturaleza y de la extensión de la resistencia que actualmente está siendo librada contra las fuerzas estadounidenses de ocupación y sus colaboradores en Irak, el termino “éxito catastrófico” expresa con precisión el carácter de la guerra. Tan sólo debemos tener en mente que la catástrofe aflige a un grupo de individuos, mientras que el éxito le es adjudicado a otro grupo enteramente distinto.

Además, para apreciar el éxito de la guerra, debemos de mantener a la vanguardia de nuestro pensamiento a la racionalidad instrumental de sus perpetradores. Debemos preguntarnos: ¿Quiénes cargan con la responsabilidad de haber iniciado y de continuar con la guerra? ¿Qué es lo que pretenden conseguir esas personas? ¿Y han alcanzado, en los hechos, sus objetivos? Si respondiésemos correctamente a estos interrogantes, estaríamos obligados a concluir que la guerra ha sido un enorme éxito para quienes la provocaron, aunque la misma, sin embargo, ha sido desastrosa para muchos otros, especialmente para el infortunado pueblo de Irak.

Un breve listado de los perpetradores de la guerra debe incluir al presidente y a sus consejeros cercanos; a los intrigantes neoconservadores que atizaron y continúan alimentando el apoyo para la guerra tanto por parte de las elites como de la opinión pública; a los miembros del Congreso que abdicaron de su exclusiva responsabilidad constitucional de declarar la guerra y autorizaron al presidente a llevar a la nación a la conflagración si le daba en gana, y que luego financiaron la guerra mediante una serie de enormes apropiaciones de la Tesorería; y a ciertas personas políticamente bien ubicadas en las industrias de armamentos y en los grupos de interés que han elegido apoyar, a veces por razones basadas en creencias religiosas, a una guerra a la que perciben como que promueve los intereses de Israel o como que permite el cumplimiento de una profecía bíblica. Cada una de estas partes responsables, se ha beneficiado enormemente con la guerra.

El Presidente Bush buscó por sobre todo ser reelecto. En su campaña de 2004, no dio disculpas por la guerra; en cambio, procuró obtener crédito por iniciarla y por pelearla pertinazmente desde el momento de la invasión. El Vicepresidente Cheney hizo también campaña activamente sobre los mismos fundamentos. Los esfuerzos de Bush y de Cheney les han rendido ahora el premio que buscaban.

Al reconstituir a su gabinete para un segundo mandato, el presidente ha retenido al beligerante Donald Rumsfeld como Secretario de Defensa. Paul Wolfowitz, Douglas Feith, y otros belicistas claves permanecen en sus altos cargos en el Pentágono, mientras otros guerreros de escritorio neoconservadores, tales como Lewis “Scooter” Libby, el Jefe del Staff de Cheney, y Elliott Abrams, Asistente Especial del Presidente en el Consejo de Seguridad Nacional, conservan sus cargos importantes en otras áreas del gobierno—un éxito continuo para todos ellos.

Incluso George “Pato Rengo” Tenet, quien renunciara como Director de la Central de Inteligencia por su propia decisión, y no debido a que el presidente lo responsabilizara por los manifiestos fracasos de los esfuerzos de la inteligencia estadounidense durante su gestión, emergió recientemente una vez más para aceptar la Medalla Presidencial de la Libertad en reconocimiento de lo que el presidente describió como “los incansables esfuerzos” de Tenet para servir a la nación—Dios nos ayude si los incansables esfuerzos del próximo jefe de la inteligencia brindan resultados igual de fatales.

Los miembros del Congreso no se arrepienten ni de haber autorizado a Bush para atacar a Irak ni de continuar financiando generosamente la guerra. Estos políticos de carrera ansiaban nada más que su anhelada reelección al cargo, y prácticamente todos los titulares que buscaron la reelección en los comicios del 2004 alcanzaron este objetivo supremo: todos, excepto uno (Tom Daschle), de los 26 senadores que volvieron a postularse y todos, excepto seis, de los 402 representantes nuevamente postulados triunfaron—resultados que implican un índice de reelección superior al 98 por ciento para los titulares de cargos en ambas cámaras combinadas.

El respaldar la guerra ha demostrado obviamente ser algo enteramente compatible, cuando no absolutamente esencial, con la búsqueda por parte de los legisladores de continuar en sus puestos.

Si como consecuencia de estas acciones políticas, miles de niños iraquíes han perdido su vista o sus piernas o incluso sus vidas, bien, c’est la guerre. La política no es un lugar para timoratos.

Al autorizar incrementos monumentales en el gasto militar durante los últimos cuatro años, los miembros del Congreso se han servido generosas raciones de fondos públicos proporcionados por las leyes de apropiaciones para la defensa que ellos habían sancionado.

De acuerdo con Winslow T. Wheeler del Center for Defense Information en Washington, D.C., “para la época en que el Congreso había concluido con la ley [de apropiaciones para el Departamento de Defensa para el ejercicio fiscal 2005] en el mes de julio [2004], los miembros de la Cámara de Representantes y del Senado habían añadido más de 2.000 de estos ‘apartados’” para proyectos en sus respectivos distritos, y de esta forma se otorgaron a sí mismos “un record de $8900 millones en fondos públicos” para emplear en la compra de votos de sus electores. En este saqueo diario a los contribuyentes, enteramente en beneficio propio, las palomas al igual que los halcones parlamentarios, tanto demócratas como republicanos, se dan el gusto de tener la oportunidad de actuar como halcones ávidos de negociados.

Entre los años fiscales 2001 y 2004, los desembolsos para la defensa nacional, definidos escuetamente en los informes oficiales del gobierno, se elevaron cerca de un 50 por ciento (aproximadamente un 40 por ciento tras el ajuste por inflación.) Este arrebato continuo se encuentra al mismo nivel de las grandes concentraciones militares de los años 60 y 80. La belleza de todo este exagerado dispendio radica, por supuesto, en que cada dólar del mismo aterriza en el bolsillo de alguien. Aquellos a los que les pertenecen esos bolsillos hacen una práctica del ejercicio de la presión política en favor de un gasto militar creciente, y se encuentran preparados para compensar de distintas formas, algunas legales y otras no, a los políticos y burócratas que dirigen el dinero hacia su camino.

La obtención de bienes y servicios de parte de contratistas privados ha sido el rubro central en el incrementado gasto militar de los años recientes. En el ejercicio fiscal 2000, los diez principales contratistas recibieron en conjunto selectos contratos por $50.600 millones; tan sólo tres años más tarde, en el ejercicio fiscal 2003, obtuvieron $82.700 millones—un aumento del 63 por ciento (bien por encima del 50 por ciento incluso tras un generoso ajuste por inflación).

Lockheed Martin, Boeing, Northrop Grumman, General Dynamics, y Raytheon son los muchachotes del barrio por estos días, pero en caso de que alguien piense que un colega más pequeño no puede aspirar a jugar en esta categoría, dejemos que Halliburton sirva como un inspirador ejemplo en contrario.

Allá por el ejercicio fiscal 2001, esta compañía ocupaba el puesto 37 entre los principales contratistas del Departamento de Defensa. Gracias a la guerra y al pie en la puerta que Halliburton posee como experta en la atención de campos petroleros y como proveedora de alimentos para las tropas en Irak y sus entornos, la empresa escaló hasta el puesto 7 en la tabla de posiciones en el año fiscal 2003, con contratos primordiales en ese año valuados en $3900 millones. Además, incluso este éxito empresarial extraordinario pareciera no haber sido otra cosa que un trampolín para logros mayores. Para finales de 2004, los contratos de Halliburton por tareas en Irak habían acumulado aproximadamente $10.800 millones, con más por hacer aún.

No obstante el suceso que Halliburton, Bechtel, Dyncorp, y otros “viejos muchachos” contratistas de servicios han logrado en conexión con la guerra de Irak, el dinero militar realmente grande aún se canaliza hacia los proveedores de destellantes plataformas de armamentos y de bienes relacionados: aeronaves, cohetes, embarcaciones, tanques y otros vehículos de combate, satélites y comunicaciones y otro equipamiento electrónico, junto con software, mantenimiento, entrenamiento y actualizaciones para los productos previos.

En esta arena de amiguismo institucionalizado, emergen los muertos vivos del cementerio de la Guerra Fría para rondar por los salones del Congreso siempre que los subcomités de apropiaciones para la defensa se encuentran en sesión. Usted podría preguntarse cómo los militares emplearán, digamos, un avión de combate F/A-22, un bombardero B-2, o un submarino de ataque SSN-774 para protegerlo de un maletín nuclear o de una ampolleta de ántrax deslizados en el país junto con los numerosos cargamentos de bienes de contrabando que ingresan sin ser vistos por los agentes gubernamentales. Pero no importa; sólo sigamos repitiendo: hay una conexión entre la Guerra contra el Terrorismo y los cientos de miles de millones que están siendo gastados en armamento inservible de la Guerra Fría. Es importante para el Congreso, el Pentágono, y los grandes contratistas que usted haga esta conexión.

Al igual que los soldados cristianos (con un designio divino) que marchan hacia la guerra—en este caso, es más que una metáfora—a fin de mitigar las tribulaciones del “Pueblo escogido de Dios” respecto de los vecinos hostiles de Israel o para acelerar la gloriosa mutilación del profetizado “fin de los tiempos,” basta con decir que estos fundamentalistas trabajaron duro para llevar a la presidencia a su hombre favorito, y tuvieron éxito al lograrlo. En verdad, uno difícilmente pueda imaginar a un político nacional viable que estuviese más cerca de satisfacer a este grupo de interés que George W. “Basado en la Fe” Bush.

En síntesis, cuando nos preguntamos quiénes llevaron a los Estados Unidos a la guerra en Irak (y los mantienen allí involucrados) y qué esperaban ganar con ello esos individuos, apreciamos rápidamente que esta aventura ha sido, y continúa siéndolo, un formidable éxito para todos ellos.

Sin embargo, en vista de la muerte y destrucción sin fin que está siendo infligida sobre el desventurado pueblo de Irak, para no mencionar a la colosal y creciente cantidad de decesos, de heridos y de enfermos mentales entre los efectivos estadounidenses en esos campos de la muerte mesopotámicos, bien podríamos describir a esta aventura como un éxito catastrófico.

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Asociado Senior en Política Económica en The Independent Institute, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.



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