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Después del 30 de junio: Cortejando al desastre en Irak
18/6/2004
Ivan Eland

La estrategia para Irak tras bambalinas del Presidente Bush es ahora clara. En los combates por la ciudad sunnita de Falluya y por las shiítas al sur de Bagdad, la administración Bush esencialmente capituló—esperando reducir, hasta que hayan finalizado las elecciones en los EE.UU., las imágenes de los combates, las mutilaciones y de la sangre estadounidense fluyendo hacia el público de los Estados Unidos.

En Falluya, los militares de los EE.UU. han retirado sus fuerzas, y la ciudad está siendo conducida por las guerrillas antiestadounidenses y por un ex general del régimen de Hussein. De manera similar , los Estados Unidos han acordado retirar a la mayor parte de sus efectivos de las ciudades en el sur y permitir a los milicianos rebeldes de Moktada al-Sadr permanecer armados e intactos.

Pese a que existe una orden de arresto para al-Sadr, existen incluso rumores de permitirle participar en la corriente mayoritaria de la política iraquí. Esta realidad es un cambio súbito de los alardes iniciales de la administración Bush de “matar o capturar” a al-Sadr y de “destruir” a su milicia. De hecho, en una admisión implícita de que un Irak unificado y democrático nunca tendrá lugar, los Estados Unidos han elegido evitar el riesgo de desarmar a numerosos milicianos en todo el país.

Por supuesto, en el largo plazo, la estrategia de esta administración no hace nada por crear un Irak estable y pacífico. El plan es meramente un camino para, en el corto plazo, detener la hemorragia del presidente en las encuestas en el país y maximizar sus atenuadas posibilidades de una reelección. Entonces esta invasión se trató siempre menos acerca de hacerle la vida mejor a los iraquíes que de mejorársela a los neo-conservadores que secuestraron al gobierno de los EE.UU. para su provecho en un proyecto de ingeniería social en ultramar.

Existe una manera mejor y más honorable de que la administración Bush se desenrede del atolladero iraquí lo suficientemente pronto como para que los recuerdos se esfumen antes de las elecciones de noviembre en los Estados Unidos, y que al mismo tiempo les otorga a los iraquíes la mejor oportunidad para la paz y la eventual prosperidad. Una verdadera e inmediata auto-determinación para todas las facciones en Irak.

Cada localidad podría enviar un representante a una convención constitucional sin la presencia de miembro alguno de las fuerzas armadas estadounidenses o de la autoridad de ocupación. De esta forma, la convención sería representativa de los puntos de vista de la sociedad iraquí. Los delegados no solamente negociarían la futura estructura del gobierno sino también cuestiones claves tales como la futura distribución de los ingresos petrolíferos.

Los iraquíes ratificarían luego mediante un referéndum lo que la convención produjo. Más que probablemente, la convención constitucional produciría algún tipo de confederación o de frágil federación—otorgándoles sustancial autonomía a los diversos grupos, tribus o regiones—o incluso tres o más estados independientes

Varias facciones iraquíes es probable que mantengan a sus milicias armadas debido a que le temen a la dominación por parte de los otros grupos que podrían obtener el control del aparato gubernamental central de un Irak unificado tras la ocupación.

Recientemente, demostraciones callejeras de los shiítas indican que las tensiones se han incrementado considerablemente entre la shía y los sunnitas. De manera similar, tras examinar la última resolución de la ONU sobre un Irak posterior al 30 de junio, los kurdos amenazaron con retirarse del nuevo gobierno interino tras volverse sospechoso que la autonomía duradera pudiese peligrar debido a la mayoría shiíta. Tales temores podrían provocar una guerra civil.

Pero la creación de una confederación, de una frágil federación o de una nación fraccionada reduciría dichos temores y disminuiría las posibilidades de un conflicto sanguinario. Por supuesto, ninguna garantía de paz tiene mucha posibilidad después de que la administración Bush abriera tontamente la Caja de Pandora al remover la única cosa que mantenía unido a este país faccioso y artificial—el dictador Saddam Hussein. Pero la auto-determinación es la mejor esperanza que queda.

Para aquellos que afirman que tal acuerdo de “vivir y dejar vivir” entre las facciones iraquíes no podría ser alcanzado, tan sólo precisamos echarle una mirada a los recientes desarrollos en el sangriento conflicto en Sudan. El islámico gobierno sudanés y el principal grupo cristiano rebelde alcanzaron recientemente un marco para la paz que descentralizaría el poder en el país para los estados individuales, lo cual les daría a los rebeldes el control efectivo sobre la parte sur del país. Incluido en el acuerdo se encuentra un referéndum sobre la secesión a celebrarse dentro de seis años en varias partes del país. Las dos facciones convinieron también compartir los ingresos petrolíferos.

A pesar de que el acuerdo negociado de la guerra civil de Sudán no es perfecto—el mismo no incluye a todas las facciones en el país—el episodio demuestra que la posibilidad de un gobierno descentralizado entre grupos étnicos o religiosos puede brindarles a los combatientes armados suficiente comodidad como para negociar la paz. Pese a que los sunnitas oprimieron a los kurdos y a los shiítas bajo el gobierno de Saddam, la mala sangre entre los grupos en Irak no está para nada próxima al nivel del padecimiento provocado por el brutal conflicto sudanés (con más de 2 millones de víctimas).

Si el bienestar de los iraquíes fuese la meta suprema de los líderes de los EE.UU., la política exterior estadounidense en Irak estaría diseñada para evitar una similarmente desagradable guerra civil. En cambio, la estrategia conducida políticamente de la administración Bush de retener a un gobierno iraquí unificado, mientras apacigua a las facciones armadas que eventualmente intentarán obtener el control del mismo, es una receta para dicho desastre.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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