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¿Pueden las balas y las bombas establecer la justicia en Irak?
8/4/2004
Robert Higgs

El Presidente George W. Bush ha dicho en varias ocasiones que procura “llevar ante la justicia” a aquellos responsables por los ataques del 11 de septiembre contra los Estados Unidos. El 20 de septiembre de 2001, dijo ante una sesión conjunta del Congreso: “Ya sea que traigamos a nuestros enemigos ante la justicia o que le llevemos la justicia a nuestros enemigos, la justicia se hará.” Más tarde, asoció a la invasión de los EE.UU. de Irak con esa misma búsqueda de justicia. En la actualidad, sin embargo, a medida que la violenta resistencia a la ocupación estadounidense se incrementa a través de Irak y a medida que tanto los shiítas como los sunnitas pelean batallas campales con las fuerzas de ocupación, la devoción por la justicia de la administración Bush yace claramente revelada como una declaración sin sustancia.

Pese a que evidencia convincente de la supuesta cooperación entre el gobierno iraquí y quienes llevaron a cabo los ataques del 11/09 nunca fue aportada, nadie duda que el régimen de Saddam Hussein hedía de injusticia, y por lo tanto el derrocamiento estadounidense de ese régimen podía aparecer al menos haber sido consistente con el establecimiento de la justicia. El problema que surgió desde el comienzo, sin embargo, reflejó la elección de los medios militares para obtener el fin deseado. A pesar de todas las afirmaciones realizadas en nombre de las armas de precisión, la guerra moderna siempre se disemina desde el culpable al inocente. Ciertamente eso hizo en Irak, donde decenas de miles de hombres, incluidos muchos no combatientes, así como también miles de mujeres y niños sufrieron la muerte o lesiones como resultado de las acciones militares de los EE.UU.. Así fueron cometidas nuevas injusticias en el proceso de derrocar a aquellos responsables por las viejas injusticias.¿Un beneficio neto para la justicia?

Para las autoridades estadounidenses el interrogante pareció nunca surgir. En las raras ocasiones en las que reconocieron que su invasión había causado algunos males, siempre insistieron en que esos males implicaban tan solo un costo pequeño con relación a los grandes beneficios a ser disfrutados por el liberado pueblo iraquí una vez que el alboroto inmediato del combate hubiese cesado. Todo el tiempo, sin embargo, estuvo claro que muchos iraquíes sostenían un punto de vista diferente. De hecho, muchos estaban tan opuestos a la presencia estadounidense en su país que no arrojaron las publicitadas flores de bienvenida sino granadas propulsadas con cohetes y proyectiles de mortero a sus auto-ungidos liberadores. El régimen de Saddam Hussein fue rápidamente despachado, y de esa manera cumplida la declarada meta de los EE.UU., no obstante ello las fuerzas estadounidenses luego se establecieron para una estancia indefinida, y muchos iraquíes continuaron combatiéndolos con dientes y uñas aún a gran riesgo para ellos mismos y sus lugares de residencia.¿Qué se hizo de la justicia?

Escuchando al pro cónsul estadounidense L. Paul Bremer contar la historia, jamás sospecharíamos que algo merezca ser anunciado en Irak aparte de la dulzura y la claridad de la “reconstrucción” estadounidense de la infraestructura destrozada del país y de las instituciones no democráticas. Respondiendo a preguntas acerca de la violencia recientemente propagada, Bremer declaró: “Se que si ustedes tan sólo informan sobre esos pocos lugares, luce caótico. Paro si usted viaja alrededor del país. . . lo que encuentra es una economía activa, individuos abriendo comercios a diestra y siniestra y que el desempleo ha caído.” Tal vez sea así, tal como después del 11 de septiembre, 2001, casi todo en los Estados Unidos (excepto las aerolíneas) continuó operando igual que como lo había hecho antes—unos pocos edificios magullados aquí y allá y cuatro aeronaves perdidas de una flota de miles no agregaron mucho, por decirlo, a una colina frijoles. Uno sospecha, sin embargo, que Bremer y otros líderes de la administración Bush rechazarían vehemente esta manera analógica de poner las cosas en perspectiva. Después de todo, han insistido firmemente en que los sucesos del 11/09 lo “cambiaron todo.”

Hablando del clérigo shiíta Muqtada al-Sadr, cuyos seguidores se han recientemente unido al combate en varias ciudades, Bremer describió al predicador como “un individuo que fundamentalmente tiene una visión inapropiada del nuevo Irak.” Esta afirmación exige un análisis inmediato. He aquí el jefe residente de una potencia conquistadora hablando al parecer como si estuviese envestido para decir lo que es apropiado para Irak. ¿Qué se ha hecho del gobierno por el consenso de los gobernados? Claramente, a pesar de que al-Sadr pueda tener poca autoridad para hablar por el pueblo iraquí, Bremer no tiene ninguna. Al-Sadr, declaró Bremer, “cree que en el nuevo Irak, como en el viejo Irak, el poder debería de estar con el individuo que detenta las armas. Esa es una visión inaceptable para Irak.” Exigió un montón de temeridad para Bremer, quien preside sobre Irak exclusivamente en virtud del masivo poder de fuego de las fuerzas estadounidenses allí, poner en duda la validez del poder que fluye del cañón de un arma. Bremer no posee en absoluto legitimidad alguna como el pivote central de Irak, y se favorecería por lejos muchos más si limitara sus declaraciones a tópicos tales como los de reparar los sistemas de agua y de alcantarillado.

En un resumen de prensa del 7 de abril, el Secretario de Defensa Donald H. Rumsfeld describió a los combatientes de la resistencia iraquí como unos pocos “brutos, pandilleros, y terroristas.” Minimizando el alcance de la resistencia, la caracterizó como consistiendo de “un pequeño número de terroristas y milicianos acoplados con algunos manifestantes.” (Rumsfeld rutinariamente habla de todos los iraquíes que se oponen a la ocupación de los EE.UU. como terroristas.) Además, en el resumen, él y el General Richard Meyers, quien preside el Estado Mayor Conjunto, se refirieron repetidamente a al-Sadr como un asesino. No obstante ningún tribunal legítimo ha sentenciado a al-Sadr por homicidio. Para ser ciertos, un determinado tribunal iraquí se dice que lo ha procesado. ¿Qué deberíamos hacer con dicha acusación? ¿quiénes componen ese tribunal, y cómo esas personas obtuvieron sus cargos? Claramente, el tribunal no posee facultad alguna para hacer cumplir cualquier decisión excepto con la aprobación y la cooperación de las fuerzas estadounidenses de ocupación. Uno podría haber pensado que el mundo ha visto suficientes tribunales simulados durante los días de Stalin y de Hitler como para haber adquirido alguna sospecha de la integridad judicial en circunstancias extraordinarias. Sin embargo las autoridades de los EE.UU. no exhiben ninguna apreciación de lo que la genuina justicia requiere tanto para su determinación como para su aplicación. No existe absolutamente ningún estado de derecho en Irak; las fuerzas de los EE.UU. simplemente hacen los que les place.

Evidencia adicional de este desentendimiento por la justicia proviene de una fuente anónima a la que el Wall Street Journal describe como un “funcionario senior del Pentágono.” Hablando de deliberaciones estadounidenses previas respecto de cómo tratar con al-Sadr, este funcionario destacó: “Siempre hemos tenido verdaderamente desavenencias respecto de cómo lidiar con Sadr. ¿Lo capturamos o lo matamos y lo convertimos en un mártir, o lo ignoramos y esperamos que los chiitas se alejen de él?” Bien, si uno procura establecer la justicia, uno lo trata como las reglas de la justicia lo exigen. Si se encuentra razonablemente sospechado de haber cometido un crimen, debería ser arrestado y brindársele un juicio justo. En ninguna circunstancia, sin embargo, alguien a quien que le desagraden sus sermones o sus opiniones políticas está facultado a matarlo perentoriamente—evidentemente una opción actual en las discusiones entre los líderes de los EE.UU., de acuerdo con este anónimo funcionario. ¿Qué clase de justicia es la de simplemente matar a un predicador impopular? De hecho, tal muerte sería vista en sí misma como un acto de homicidio que clama que sus perpetradores sean llevados ante la justicia.

Mientras tanto, aquí en los tranquilos confines de los Estados Unidos, los perros de la guerra continúan aullando en la corriente mayoritaria de los medios, y a la igual que las autoridades de los EE.UU. en Irak y en Washington, D.C., están bramando por un baño de sangre adicional, no por la justicia. (Como el Teniente Coronel del Ejército de los EE.UU. Ray Millen lo explicara recientemente: “‘Los corazones y las mentes’ no son aplicables durante una campaña militar; esa es una solución a largo plazo.”) Así, los directores del Wall Street Journal opinaron el 6 de abril que “lo que es necesario ahora es una reafirmación de la resolución estadounidense. . . . Habiendo dejado crecer a la milicias del Sr. Sadr, la coalición no tiene ahora ninguna alternativa que no sea fraccionarlas.” Además, no conformes con prescribir mayores dosis de violencia de los EE.UU. en Irak, los directores del Journal aprovecharon la ocasión para agitar también su puños contra Irán, “Los mullahs de Irán le temen a una democracia musulmana en Irak,” aseveraron, “porque ello es una amenaza directa para su propio gobierno. Si advertencias a Teherán desde Washington no los impresionan, quizás algunos mísiles crucero apuntados al emplazamiento nuclear de Bushehr concentrará sus mentes.”

Nadie puede negar, por supuesto, que mísiles crucero entrantes concentran la mente—las aeronaves comandadas y convertidas en mísiles guiados el 11/09 ciertamente tuvieron ese efecto sobre los líderes de la administración Bush. Los misiles crucero, sin embargo, como las bombas de 500-libras y los tanques M1-A1 siendo empleados para vigilar Irak en la actualidad, no son instrumentos eficaces para el establecimiento de la justicia . No hubo justicia alguna en los ataques del 11/09 contra la Ciudad de Nueva York ni la hubo siquiera en dosis mínimas en la invasión y ocupación estadounidense de Irak; ni hay ninguna en expectativa si la administración Bush debiese soltar su potencia de fuego gratuitamente contra Irán. Tal empleo de la fuerza y de la violencia indiscriminada puede lograr ciertas cosas—esparcir la muerte y la destrucción por sobre todas ellas—pero por su propia naturaleza la misma no puede establecer la justicia. De hecho, su efecto más visible es el de alentar a recurrentes rondas de ataques y contra ataques. ¿Puede realmente alguien creer que los recientes ataques en un arco que se extiende desde hasta Estambul y hasta Madrid fueron otra cosa que venganza contra pueblos cuyos gobiernos habían cooperado con las acciones militares estadounidenses en el Medio Oriente? Hasta que los líderes del gobierno de los EE.UU. vengan a reconocer la distinción entre pelear la guerra y establecer la justicia, el mundo permanecerá en riesgo de mucho sufrimiento y aflicción innecesaria.

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Investigador Asociado Senior en Política Económica y Editor General, The Independent Review, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.




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