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Ser el gobierno significa nunca tener que disculparse
30/3/2004
Ivan Eland

La disculpa de Richard Clarke, el consejero en jefe sobre contraterrorismo de las administraciones Clinton y Bush, por el fracaso del gobierno estadounidense en proteger a sus ciudadanos el 11 de septiembre contrasta severamente con el procedimiento operativo estándar de los EE.UU.. Los funcionarios gubernamentales en el cargo, ya sea en las administraciones demócratas o republicanas, raramente se disculpan por algunas de las transgresiones estatales, sin importan cuan gravosas sean

Por ejemplo, el Departamento de Justicia de Clinton jamás se disculpó oficialmente con Richard Jewel, el hombre acusado erróneamente de colocar una bomba en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996. Más recientemente, varios jóvenes encarcelados en la prisión de máxima seguridad estadounidense en Guantánamo, Cuba, fueron liberados con una mera disculpa privada tras años de cautiverio sin tener siquiera cargos incoados contra ellos. De manera similar, cinco ciudadanos británicos fueron también liberados tras estar detenidos en las mismas instalaciones durante dos años sin ser acusados. En lugar de la apropiada respuesta de arrodillarse, disculparse profusamente y pedirles perdón, el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld, en una conferencia de prensa en el Pentágono, se refirió a la experiencia de estas personas con un tratamiento al estilo totalitario de la siguiente manera en tono de mofa: “Por lo tanto fueron interrogados por un par de años. Entonces en algún punto usted dice que creemos tener lo que necesitamos de esta multitud—cinco individuos—y los dejamos ir.”

Tanto las administraciones Clinton como Bush le deben al público estadounidense una disculpa por los ataques del 11 de septiembre, pero los funcionarios de ambas han notoriamente rehusado darlas. La más obvia evasión de responsabilidad fue hecha por nadie más que el propio Rumsfeld. En la estela de la disculpa de Clarke, le fue preguntado a Rumsfeld en el programa del canal PBS Lehrer NewsHour con Jim Lehrer, si él falló en la preparación para el 11 de septiembre. Su respuesta fue la esquiva defensa burocrática de que su departamento se encontraba preocupado solamente en combatir las amenazas externas, no a los terroristas que se infiltran en el país y lo atacan desde adentro. Sin embargo, informes publicados indican que antes del 11 de septiembre, el Departamento de Defensa interceptó un tráfico de mensajes que hubiese proporcionado alguna alerta sobre los ataques si los mismos hubiesen sido traducidos prontamente. Ese episodio es uno de las más graves acusaciones de la falla gubernamental antes del 11 de septiembre.

En una entrevista con el programa “60 Minutes” de la cadena CBS, Condoleeza Rice, la Consejera de Seguridad Nacional del Presidente Bush, también eludió disculparse por las fallas del gobierno con anterioridad al 11 de septiembre. Dijo, “No creo que haya alguien que no lamente esta terrible pérdida que estas familias sobrellevaron, y, de hecho, quien no siente la profunda tragedia por la que padeció el país el 11 de septiembre. Considero que es importante que nos mantengamos concentrados en quién nos hizo esto, porque, después de todo, este fue un acto de guerra.” Por supuesto, Rice está intentando distraer la atención de los medios y del público estadounidense hacia un enemigo extranjero desde su reciente enfoque sobre la falla gubernamental en cumplir su razón de ser número uno— proteger a sus ciudadanos. Pero usted tiene que haber estado en coma durante los últimos tres años para no haberse concentrado en los monstruos que perpetraron los ataques del 11 de septiembre. El gobierno nos lo recuerda todos los días. Los terroristas mataron a muchas personas inocentes y precisan pagar el precio por lo que hicieron. Pero esa no es la cuestión.

Y, sorprendentemente, tampoco es la cuestión principal la de qué se podría haber hecho para detectar y desbaratar los ataques del 11 de septiembre—aunque achicar, en lugar de incrementar, el número y el tamaño de las burocracias de la inteligencia reduciría probablemente las posibilidades de repetir el fiasco en compartir la información que plagó a las actividades contraterroristas del gobierno previas al 11 de septiembre.

La verdadera cuestión es si el gobierno estadounidense contribuyó al odio que causaron los ataques del 11 de septiembre. El más grande, y el menos examinado, fracaso en aceptar la responsabilidad le pertenece al propio presidente. Calculadoramente ha sostenido que los terroristas nos atacan porque “odian nuestra libertades.” No obstante ello, los mismos no parecen atacar a Suiza o a Suecia, países que son igualmente libres. Además, pese a que los terroristas están matando a civiles inocentes, se encuentran en verdad atacando los objetivos estadounidenses debido a que detestan la política exterior del gobierno de los Estados Unidos hacia el Medio Oriente. Encuesta tras encuesta en los países islámicos indican que la cultura, la tecnología y las libertades estadounidenses son populares pero no lo es la política exterior de los EE.UU.. Pero no tenemos que depender de la información de las encuestas generales para comprender por qué los terroristas están atacando a los Estados Unidos. Tan sólo debemos prestar atención a lo que ellos están diciendo. Osama bin Laden, en sus escritos y declaraciones a los medios, no fulmina contra la decadente cultura estadounidense, la alta tecnología o las libertades políticas o económicas. Está primariamente disgustado con el apoyo de los EE.UU. a dictadores corruptos en las naciones islámicas y al entremetimiento estadounidense en el Medio Oriente.

En el corto plazo, los métodos de Al Qaeda son atroces, y la misma debe ser neutralizada. En el largo plazo, el gobierno de los EE.UU. debería embarcarse en una tranquila introspección acerca de si sus políticas en el exterior—es decir, sus innecesarias intervenciones militares, tales como la invasión de Irak – están abanicando las llamas del odio anti-estadounidense en gran parte del mundo islámico, lo que en ultima instancia pone en peligro a los ciudadanos de los EE.UU..

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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