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Haciendo el inventario tras un año de la invasión estadounidense de Irak
18/3/2004
Robert Higgs

Un año atrás, los Estados Unidos soltaron a sus fuerzas armadas en una invasión de Irak. Previo a la invasión, la administración Bush ofreció una variedad de justificaciones para lanzar la misma y defendió su plan de guerra contra los críticos que afirmaban que una invasión estadounidense era innecesaria y que sería inmoral o desatinada. Para todos, a excepción de aquellos enceguecidos por la lealtad partidaria a la administración Bush, la verdad es ahora demasiado obvia. La administración estaba equivocada y los críticos estaban en lo cierto.

El presidente, el vicepresidente, los secretarios de defensa y de estado, y otras figuras líderes en la administración Bush insistieron de manera confidencial y reiterada en entrevistas, discursos, y foros públicos que el régimen iraquí alojaba inmensas existencias de armas químicas y biológicas; que el mismo se encontraba desarrollando activamente armas nucleares; que o bien ya poseía o pronto contaría con medios efectivos, incluidos misiles de largo alcance y vehículos aéreos no tripulados, para trasladar a las llamadas armas de destrucción masiva mucho más allá de sus fronteras, incluso hasta los Estados Unidos; que había establecido vínculos con miembros de al Qaeda; y que se encontraba dirigiendo sus esfuerzos militares y conexos para infligir un gran dañó contra los Estados Unidos. A lo largo del trayecto, varias afirmaciones adicionales aparecieron involucrando, entre otras cosas, a un supuesto intento iraquí de obtener un “pastel amarillo”* de uranio de Nigeria; a la procuración de tubos de aluminio para emplearlos, según se informó, en la producción de armas nucleares iraquíes; y a un supuesto encuentro en abril de 2001 en Praga entre el miembro de al Qaeda Mohammed Atta y un agente de la inteligencia iraquí. Los líderes de la administración sostuvieron que la conquista de Irak (oficialmente su “liberación”) lanzaría una reacción en cadena de democratización a través del Medio Oriente.

El 17 de marzo de 2003, sólo dos días antes del inicio de la invasión estadounidense, el Presidente Bush dijo en una alocución vespertina a la nación:

La inteligencia reunida por éste y otros gobiernos no deja dudas de que el régimen de Irak continúa poseyendo y ocultando algunas de las más letales armas jamás fabricadas. . . . El régimen [iraquí] . . . ha asistido, entrenado y cobijado a terroristas, incluidos miembros de al Qaeda. El peligro es claro: Utilizando armas químicas, biológicas o, un día, nucleares obtenidas con la ayuda de Irak, los terroristas podrían cumplir sus ambiciones declaradas y matar a miles o cientos de miles de personas inocentes en nuestro país o en cualquier otro. . . . Antes que el día del horror pueda llegar, antes que sea demasiado tarde para actuar, este peligro será removido. . . . El tirano pronto se habrá ido. [Pueblo iraquí] el día de vuestra liberación está cerca. . . .No podemos vivir bajo la amenaza o el chantaje. La amenaza terrorista a los Estados Unidos y al mundo será reducida desde el momento en que Saddam Hussein sea desarmado. . . . Estamos actuando ahora debido a que los riesgos de la inacción serían mucho mayores. . . . Elegimos enfrentar a la amenaza ahora allí donde la misma surge, antes que pueda aparecer en nuestros cielos y ciudades. . . . Responder a tales enemigos solamente después que ellos hayan golpeado primero no es auto-defensa. Es suicidio. La seguridad del mundo requiere desarmar a Saddam Hussein ahora. . . . Cuando el dictador haya partido, [el pueblo iraquí] puede establecer un ejemplo para todo el Medio Oriente de una vital y pacífica y auto-gobernada nación.

El 19 de marzo, habiéndoles ordenado a la fuerzas de los EE.UU. comenzar la invasión, el presidente dijo en un discurso nocturno:

No tenemos ninguna ambición en Irak, excepto la de remover una amenaza y restaurar el control de ese país para su propio pueblo. . . . Nuestra nación ingresa en este conflicto de manera renuente, no obstante que nuestro propósito sea seguro. El pueblo de los Estados Unidos y sus amigos y aliados no vivirán a merced de un régimen ilegal que amenaza la paz con armas de muertes masivas. . . . Enfrentaremos a esa amenaza ahora con nuestro Ejército, Fuerza Aérea, Armada, Guardia Costera e Infantería de Marina, de modo tal que no tengamos que enfrentarla más tarde con ejércitos de bomberos y policías y médicos en las calles de nuestras ciudades.

Pese a una prolongada renuencia a admitir públicamente y en lenguaje sencillo durante el pasado año que ninguna de las afirmaciones del presidente acerca de las amenazas iraquíes ha resistido frente a los hechos, la administración ha cesado en defenderlas y en cambio ha recurrido a negar que el propio presidente empleó la frase “amenaza inminente”; a culpar a la inteligencia defectuosa por inducir a error al presidente; y a justificar la guerra sobre la base de que sin importar cuál otra cosa hubiese podido ser la causa, Saddam Hussein era un dictador brutal. Además, pese a que la ocupación estadounidense de Irak ha convertido a ese país en una imán para los guerreros santos islámicos, los bombarderos suicidas, y los que colocan a la vera de los caminos IED (siglas en inglés para artefactos explosivos improvisados) y pese a que los terroristas han llevado a cabo horrendos ataques revanchistas con bombas en Arabia Saudita, Marruecos, Indonesia, Turquía, y España, entre otros lugares, el Presidente Bush persiste en su valentía de vestuario y declara que la invasión y la ocupación estadounidenses de Irak han hecho del mundo “un lugar más seguro y más libre.”

En la actualidad, varias predicciones de la preguerra pueden ser contrastadas con los verdaderos resultados del conflicto bélico. Sabemos en la actualidad, por ejemplo, que las fuerzas estadounidenses no han sido bienvenidas–al menos, no por mucho tiempo o por mucha gente–en Irak. Pero en vista de las cientos de muertes que provocaron tanto entre los civiles como entre los soldados iraquíes, las incontables personas de todas las edades y de ambos sexos a las que lesionaron, la basta destrucción de propiedad que infligieron, y el difundido saqueo que provocaron para luego permanecer observándolo, ¿por qué habrían de haber sido bienvenidos? Muchos iraquíes, especialmente los shiitas y los kurdos, están contentos de haber sido liberados de Saddam Hussein y su régimen, pero pocos de ellos gustan de la ocupación de su país por parte de las tropas de los EE.UU. o de su subyugación a un poder extranjero. En la ciudad portuaria de Umm Qasr, el director del hospital Dr. Akram Gataa brindó un testimonio representativo para la región sureña cuando afirmó: “Todos estaban felices cuando los soldados llegaron aquí a deshacerse del viejo régimen pero ahora la gente se está preguntando qué es esta supuesta libertad que les han traído.” El Dr. Gataa informó que el animo de la gente local fue pasando rápidamente de la frustración al resentimiento y la bronca, y agregó: “Todos nosotros los combatiremos si permanecen aquí demasiado tiempo. Ningún iraquí aceptará este cambio hacia la ocupación de su país.”

Ni tampoco los propios efectivos estadounidenses disfrutan de oficiar como blancos en los cúmulos de intentos hechos diariamente para matarlos. Como lo dijera un soldado, “Los funcionarios de los EE.UU. precisan sacar nuestros traseros de aquí. No tenemos nada que hacer aquí. . . . Todos lo que somos aquí es potenciales individuos para ser asesinados y blancos fáciles.” Casi 600 han muerto hasta ahora, miles han sido seriamente heridos, y varios han tenido sus estados mentales reajustados para peor–aproximadamente mil de los efectivos estadounidenses evacuados al Centro Médico Regional Landstuhl en Alemania estaba padeciendo de problemas mentales, de acuerdo con la comandante del hospital Coronel Rhonda Cornum. La violencia puede lograr ciertas cosas, pero ni la “edificación de naciones” ni la promoción de la adecuada salud mental se encuentran entre ellas.

Para muchos de nosotros, ninguno de estos acontecimientos han sido una sorpresa. Antes de la guerra, le dijimos a cualquiera que deseara escuchar que la administración no había hecho un caso convincente para su inminente invasión de Irak y que su pronóstico optimista de las postrimerías de un ataque de los EE.UU. era tan improbable que bordeaba lo fantástico.

Debido a que la prosecución de una guerra sirve de manera espléndida para promover el poder gubernamental y para gratificar las ilusiones de “grandeza” del presidente de ser un líder de guerra (su principal aspiración a la fama en la medida que busca la reelección), sin embargo, uno naturalmente sospecha que la invasión de Irak nunca fue pensada para servir a los propósitos anunciados y que la justificación expresada fue un puro pretexto todo el tiempo. Una mirada cercana a los antecedentes, a las preferencias de políticas enunciadas, y a las acciones de los alcahuetes neoconservadores que desempeñaron un papel prominente en promover la invasión–Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Richard Perle, Paul Wolfowitz, Douglas Feith, y compañía–no hace nada para disminuir tal sospecha. De hecho, si la explicación de puro pretexto no es válida, entonces uno se encuentra presionado para entender cómo el gobierno, con su enorme aparato de inteligencia de varios miles de millones de dólares, dirigió tan mal las cosas mientras que individuos aislados sin ningún acceso privilegiado a la información clasificada e interna, como yo, logramos manejarlas bien todo el tiempo.

Conocida la verdad, esta discrepancia atestigua el carácter de opereta de la totalidad de la empresa. La misma ilumina las muchas maneras en las cuales la administración, la denominada comunidad de la inteligencia, los aparentes pesos y contrapesos en el Congreso y en los tribunales, y los órganos de propaganda enmascarados como los principales medios noticiosos independientes, han estado involucrados, y aún en la actualidad continúan estándolo, en algo semejante a uno de esos enormes salones de baile en el Palacio de Versailles, con cada bailarín moviéndose en perfecta armonía con todos los demás, casi como si el desempeño total hubiese sido–¿me atrevo a decirlo?–coreografiado. Mirando fijamente a través de las ventanas no cerradas del poder a esta grandiosa actuación, los temerosos campesinos perciben a los bailarines elegantemente vestidos y magníficamente peinados a medida que se acoplan y giran y se separan, solamente para acoplarse y girar nuevamente en armoniosa sincronización.

De esta forma, el retador demócrata para la presidencia es representado por su partido y por la prensa como un severo crítico de la guerra, pero uno tiene que preguntarse: ¿dónde estaba su resolución inflexible en octubre de 2002, cuando votó en el Senado cederle al presidente la autoridad que la Constitución le otorga solamente al Congreso de declarar la guerra? Ahora, confundiendo como un político típico, sostiene que fue engañado–Bush “Engañó a cada uno de nosotros,” declara–y que votó como lo hizo porque confiaba en que George Bush iría la guerra solo como un “último recurso.” ¿Puede John Kerry haber sido tan obtuso para no tener idea alguna de quién detentaba las riendas en la administración Bush? ¿No sabía lo qué Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz, Feith, y el resto de la pandilla habían estado cocinando durante décadas tanto en público como en privado? Clarificando su posición, Kerry no sostiene que Bush no debería haber ido a la guerra sino tan sólo que Bush debería haber formado una coalición más grande antes de hacerlo. Evidentemente una guerra inmoral y desacertada es muy satisfactoria si suficientes agresores unen sus fuerzas para pelearla.

Suponer que Kerry es anti-guerra y Bush pro-guerra sería caracterizar erróneamente un caso de Tweedle Tonto y Tweedle Retonto. Como nos lo recuerda una frase utilizada en otra ocasión similar, allá por los años 60, no hay diez centavos de diferencia entre estos dos barones de la oligarquía gobernante. La efusión de charla de la campaña y la elección que misericordiosamente la concluirá en noviembre son todas partes de la danza ritual. En ninguna circunstancia el resultado de la elección afectará materialmente a las realidades de muerte y destrucción que los EE.UU. y las fuerzas títeres están provocando en todo el mundo o a los espasmos de venganza terrorista y de otras variadas consecuencias no queridas que de seguro sobrevendrán. Imaginar cualquier otra cosa equivale a olvidarse de la totalidad de la historia política de este país durante el siglo pasado.

Mientras tanto, el baile prosigue. Una comisión de notables aprobada parlamentariamente, a pesar de que fue repetidamente obstruida por la negativa del presidente a cooperar plenamente, prueba enérgicamente el desastre del 11 de septiembre anticipando su eventual preordenado encubrimiento de la responsabilidad presidencial o de la administración. Otro panel bipartidista y presidencialmente designado, cuyo informe ha sido convenientemente agendado para que aparezca bien después de la elección de noviembre, escarba entre la “inteligencia defectuosa” sobre la cual la administración se apoyó antes de su invasión de Irak. El buscador de armas, David Kay ha admitido ya que “estábamos casi todos equivocados” y que el objetivo de la comisión es por supuesto el de “llegar al fondo” de este asunto–como si, a esta fecha, el mundo entero no supiese exactamente cómo los neoconservadores hilaron todo lo involucrado a fin de contar una historia plausible en nombre de su bienamada guerra. En el Capitolio, los comités parlamentarios celebran audiencias que fingen ser serias, efectuando ademanes de buscar los hechos acerca de las fallas de inteligencia, los desconciertos militares, y los cómodos acuerdos en el complejo militar-industrial. Estos dedicados servidores públicos son siempre estremecidos–¡estremecidos!–cuando sucede que tropiezan con la verdad, pero como bailarines que han ensayado bien puede esperarse de ellos que no tropiecen de esa manera con frecuencia. Si Juan Público considera que algo de su actividad investigativa oficial le proporcionará información confiable acerca de cómo trabaja realmente el gobierno, o incluso acerca de cómo intenta trabajar, está sacrificando una buena oportunidad de irse de pesca. Es todo para el espectáculo.

Si usted cree que estoy fuera de foco, entonces tome el siguiente examen. Repase el elenco de personajes de un año a esta parte, de cinco años a esta parte, de diez años a la actualidad. Observe quien prosperó y quien no lo ha hecho. Vea las cabezas de quienes han rodado (no espere muchas) por mal desempeño o irregularidades en la función pública. Controle si muchos políticos que llegaron a su cargo sin gran fortuna no obstante dejaron su puesto riquísimos. Explore también acerca de los amigos y los familiares. Percátese respecto de los hijos de quienes han sido muertos o heridos por los IED a los lados del camino en cualquier agujero miserable del Tercer Mundo que los Estados Unidos hayan invadido y ocupado más recientemente (no espere encontrar a los descendientes de algunos miembros importantes del gobierno entre aquellos que volaron en pedazos o enloquecieron por el stress del combate). Verifique si los Estados Unidos han logrado traer un glorioso régimen mundial de democracia, paz, y prosperidad y si los pueblos del mundo están aclamando al Tío Sam con alabanzas y regando sus senderos globales con flores en gratitud por su benéfica intervención (no contenga su respiración esperando por este resultado a menudo prometido). Estoy preparado para equivocarme. Si me equivoco, traeré un dólar por cada una de sus donas.

Lo que vemos en Irak un año después de la invasión podría haber sido previsto, y de hecho fue previsto, por cualquiera que se preocupó de tomarse la molestia de mirar la cuestión sin anteojeras ideológicas o religiosas y con un módico conocimiento de los antecedentes históricos sobre la conducta de la política exterior de los Estados Unidos durante el siglo pasado . Esta guerra, al igual que todas las otras, no ha sido un caso de quién sabía qué y cuándo, de errores bien intencionados y de desaciertos trágicos. La misma ha sido más un caso de quién dijo qué mentiras a quiénes, para servir qué fines personales, políticos e ideológicos; de quién pagó el precio en sangre y fortuna y quién emergió oliendo como una rosa; de la mendacidad y la irresponsabilidad en las altas esferas y de una colosal credulidad pública en el rostro del despiadado oportunismo político. Como lo afirma el dicho, cuanto más cambian las cosas . . .

*Nota del Traductor:
Uranio “pastel amarillo” se refiere al mineral de uranio tras ser procesado

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Investigador Asociado Senior en Política Económica y Editor General, The Independent Review, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.




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